
Ya sé que la corriente filosófica a la que me refiero, el hedonismo, no fue fundada por ningún tal Hedón, sino por el llamado grupo de los cirenaicos y, después, continuada por Epicuro de Samos, hacia el siglo IV a. C. Pero no se me ocurre una forma más sencilla de resumir lo que implica pasar en unos días de Jerusalén a Landete. De la Ciudad Santa a mi pequeño pueblo conquense, la llamada Ciudad sin Ley. Del espacio de las ideas, de la búsqueda de la trascendencia, al sucumbir al simple goce de las pasiones terrenales, no ya bajas, sino subterráneas.
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Reconozco que mi barbarie madridista me impide, en ocasiones, sentir como propia la castiza plaza de Neptuno, refugiándome en demasía en mi pasión por doña Cibeles. Pero hoy, hoy todo ha sido diferente. Neptuno representaba lo mejor de un Madrid que es poesía al compás de un latido de festival. Han sido apenas tres o cuatro minutos, de paso fugaz hasta la Carrera de San Jerónimo, allí donde nació la Madre Maravillas y, dicen, está canalizada la soberanía popular.
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Después del fiasco del Madrid ayer, siendo eliminado de la Copa del Rey de baloncesto por el Barça, salí del goyesco Palacio de los Deportes con la cicatriz indomable de la gran decepción. Los exabruptos, el ron y un purito sofocaron el desasosiego. Pero eso fue anoche. Hoy, el cabreo seguía intacto. Hasta que, al releer el texto de Javi ‘el Grande’ sobre Estambul, he recordado con una sonrisa lo que viví hace un año. Cuando después he ojeado las tres crónicas que escribí a la vuelta Estambul, el contraste; Estambul, la espiritualidad y Estambul, el surrealismo–, una sonrisa más amplia se ha desplegado con la última, reviviendo lo que sin duda fueron dantescas aventuras. Para los que quieran viajar a lo que fue Constantinopla y busquen lo que se esconde tras lo visible y evidente, les invito a leer lo que allí nos ocurrió. Y a los que lo leyeran el año pasado (si es que queda alguno), perdón por la burda autocopia repositiva:
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Para alguien que, como yo, pasa casi cuatro horas al día en distintos medios de transporte, la visión acelerada del paisaje es lo más normal. En el autobús, la fría primera hora de la mañana anhela el sabor a café, mientras la ventana, resguardada por las legañas y los bostezos, muestra un laberinto de fábricas, árboles y coches... y más coches. El metro y el tren son diferentes: la opacidad exterior es la que te hace clavar la vista en el libro o el diario gratuito, sin perder ripio de jugosas conversaciones ajenas y, quién puede evitarlo, de las hipotéticas protagonistas de la portada del próximo número de FHM. Aunque tal vez sea el sueño el que juega una mala pasada y nuble la vista para ocultar a quienes no habrían sino ser la primera plana de El Jueves... Me lo dice mucha gente: debería dormir más.
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¿Qué es la vida? Ufff, ¿bailas?, azul especiado, glocalización, hirsuto por preferencia, madera reseca a la par que dulce, ¡mamma mía!, Monica Bellucci, la niebla en la verbena, declaración letal por ser la respuesta inicial y que ya deja sin esperanzas, ¿no? ¡Yes, we can!
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Sumergido en un profundo sueño acabo de ser secuestrado por el apabullante poder del genio malévolo. A base de bandazos, arrastrándome de un lado a otro, de un estado a otro, me hace revivir algunos de los pasajes que han conformado lo que es mi vida. Con una autoridad desconocida para un cantamañanas como yo, sus órdenes suenan así:
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Levántate y anda, blog adormecido. Tras unos días de parón y necesario descanso, se me acabaron las vacaciones y retorno a la vida diaria. Y a La hora de la verdad, mi olvidado espacio de desfogos en el que me reúno con algunos de mis amigos. ¿Dónde he estado? En la playa... y en un lugar recóndito, al otro lado de la civilización: Landete. Sí, mi pueblo, ese oasis de fantasía alucinada. Si alguna vez lo buscas está en Cuenca, a 100 kilómetros de la capital, ya en la frontera con Valencia. Pero ten cuidado, es peligroso. Bajo ese nombre entrañable e ingenuo se esconde un lugar oscuro, no apto para vigías del orden establecido. Ciriaco de Málaga, no lo seas de Landete. O perecerás.
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Fue un 22 de mayo de 2004. Para más señas, el día del enlace real entre el Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Doña Leticia Ortiz, periodista y, si ‘El Jueves’ y Carod quieren, futura Reina de España.
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