
Santísima Trinidad hay solamente una. Pero trinidad, con minúsculas, terrenal y mundana, es también únicamente una. Y de Madrid: Raúl, Sabina, José Tomás. España es país cabrón en el que homenajeamos a los muertos con el dintel de la onomatopeya rendida e incondicional. Los vivos, ésos, como no se han muerto, son simplemente admirados o despreciados. Madrid, siempre Madrid, ha roto el molde y ha premiado con su Medalla de Oro a los componentes de la trinidad laica. Y, como debe ser, en cita cañí. Fue ayer, 15 de mayo. San Isidro, patrón y cierra España. Chotis, rosquillas, bocata de gallinejas, mantón de manila, chinchón, zarzuela en la Plaza Mayor. Madrid en esencia. Romántica, excelsa, guapa, cachonda. Madrid.
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Acabo de darme cuenta. ¿Cómo ha podido llevar un año y medio de vida ‘La hora de la verdad’ y no estar presente uno de mis fragmentos cinematográficos favoritos? Pertenece a ‘Volver’, una de las grandes películas del manchego inmortal. Lo tiene todo: el genio de Almodóvar, la belleza de Penélope Cruz (durante años fue mi musa favorita, por lo que dentro de poco tendrá su propio escrito en uno de mis rincones preferidos de este espacio digital), la pasión de una Carmen Maura sufriente por el amor de su hija y la voz rota de Estrella Morente... ¿Se puede pedir más? Sí, que me calle y os deje disfrutando de esta maravillosa escena. Para mí, la escena perfecta.
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Se dice de él que es el mejor cantaor de todos los tiempos, que revolucionó el flamenco en todos los sentidos, que marcó una época y que nunca la historia nos dará alguien como él. Como José Monje, más conocido como el Camarón de la Isla. Estas líneas van dedicadas a él, siendo el primer relato conjunto escrito con mi gran amiga landetera, Sara López Hernández. O lo que es lo mismo, mi oveji.
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Dicen que hoy se van de verdad, que esta noche dan su último concierto en el Madison Square Garden de Nueva York... ¿Será verdad? De todas formas da igual. Jamás, jamás se irán. Yo los vi hace un mes en el Rock in Río que tuvo lugar en Arganda, donde vivo. Y lo sé, jamás se irán. ¿Cómo podré olvidar el instante preciso en el que cantaron Roxanne o Message in a bottle?
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Fue un 13 de julio de 2008. En la ciudad que para mí, odiada y amada a medias, siempre será el lugar en el que de por vida querré estar. Pongamos que hablo de Madrid. Y ella. Recental, sublime, alucinante, increíble. Musa. Mariza. ¿Cabe mayor conjunción de armonía que Mariza en Madrid, haciendo temblar a Madrid? Pues los que ayer por la noche estuvimos en el Patio del Conde Duque, estremeciéndonos ante el estupor del fado, sabemos que no hay nada que lo supere. ¿Nada? Bueno sí, el día que Mariza baile flamenco, muy despacio, a la vez que cierre los ojos cantando como un trueno un fado roto, ese día... ese día será el fin: la culminación del arte.
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Aquí he escrito (y escribiré) sobre varias musas. Finas estatuas de hielo, piel tostada, tez aceitunada, mirada penetrante, cabellos finos en lo infinito, exhuberancia cálida, oceánicos ojos verdes, impacto... Todo eso son las musas. Sin embargo, ninguna de ellas alcanzará nunca el majestuoso aire de misterio, la gozosa sensación de lejanía o el exotismo de Najwa Nimri. La cantante y actriz es ante todo la interrogación. Viéndola no sabes qué pensar. Simplemente la miras, la escuchas, y no puedes dejar de hacerlo. Te hechiza. Si cierras los ojos y escuchas el susurro de su voz, te estremeces... Y cuando a continuación abres los párpados y la ves, sencillamente, dejas de respirar.
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