La hora de la verdad

Andrea Levy y Joan Maragall, en ‘Conversaciones con Unamuno’… Pobre Cataluña, pobre España

03.03.19 | 23:39. Archivado en Sobre el autor, Rezando a San Unamuno

Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular y diputada en el Parlamento de Cataluña: “Don Miguel, siguiendo los últimos años de auge de los nacionalistas e independentistas en Cataluña, ¿qué ideas cree que tendría su buen amigo Joan Maragall de cara a restaurar la hermandad entre españoles?”.

Respuesta de mi Miguel de Unamuno (vivo en 2019): “Querida amiga Andrea, no sabes lo feliz que me haces al evocar la figura de alguien tan querido para mí como Joan Maragall. La correspondencia que nos intercambiamos entre 1900 y 1911, con su muerte, llegó a ser recogida incluso en un libro. Si quieres imbuirte en el alma de una persona generosa, libre y auténtica, te recomiendo su lectura. Como la apasionada por la literatura que sé que eres, gozarás de lo que sin duda es una experiencia especial.

Lo mejor que se puede decir de Maragall es que fue un poeta. Y un poeta, al fin y al cabo, es un revolucionario. Un revolucionario, no de estructuras, sino de almas, alguien que busca verdaderamente encarnarse en lo esencialmente humano para que las relaciones entre las personas sean fraternas y espirituales, en el sentido de tener en el horizonte mirar más allá del instante y de la materia que no pueden escapar de la muerte.

La del poeta es una de las más elevadas condiciones que existen. Por eso, dicha misión siempre recae en almas que son un chorro. Sí, un chorro de vida en el que entran todas las preguntas y estas siempre están por delante de las respuestas. Un poeta, esencialmente, es alguien bueno. Jamás será poeta quien posea una mente estrecha, dura y negra. Se dirá así y podrá haber millones de hombres que lo festejen como tal, pero la verdad es solo una, y esa verdad es que no puede ser poeta una mala persona.

En este momento dramático en las relaciones entre Cataluña y el resto de España, se echa muchísimo de menos a alguien como Maragall. Le desgarraría íntimamente comprobar qué han hecho algunos con su amada tierra. Desgraciadamente, aunque viviera y gritara su desazón, los mismos que le escandalizarían serían los que sepultarían su voz para que los miembros de su “ejército”, los hipnotizados por la verborrea victimista, no le escucharan. Me lo imagino estupefacto ante los prebostes de un proceso cainita que se atribuyen las aspiraciones de todos los catalanes cuando en ninguna de las últimas elecciones han sacado más de la mitad de los votos…

Maragall, catalanista de pura cepa, fue capaz de gritar “visca Espanya”. Y de razonarlo así: “Porque en este ‘visca Espanya’ caben todos los que quieren a España de verdad. Los únicos que no caben son los que no quieren caber, los enemigos de la España verdadera. ¿Españoles? ¡Sí! ¡Más que vosotros! ¡Visca Espanya!”. Mi amigo, como yo, siempre detestó el falso casticismo. Tanto el de los catalanes que odian a España atribuyéndole prejuicios encorsetados como el de los españoles que solo aman un trozo de bandera y, en el fondo, detestan a millones de compatriotas que no comparten su idea minúscula de qué es y ha de ser España.

En nuestra España, en nuestra Cataluña (en la de Maragall y en la mía), el escudo, la bandera y el himno es la fraternidad. Porque en nuestros “vivas”, ¡viva España y viva Cataluña!, lo que en el fondo anhelamos es eso, que los pueblos vivan y no descansen hasta ser sociedades realmente complejas, avanzadas, dialogantes y donde se enseñe a todas las personas que forman parte de la comunidad a no dejar nunca de hacerse preguntas.

Yo supe lo que era ser nacionalista en mi adolescencia, cuando, estudiante perdido en Madrid (donde perdí hasta la fe cristiana de mi infancia), me abrazaba a la morriña de una patria vasca idealizada, amasada de fantasías. Fue una experiencia de la que me curé, no sin muchos sufrimientos e incomprensiones. Luego dediqué el resto de mi vida a soñar con una España a lo grande; primero, con una España europeizada, civilizada; luego, con una Europa españolizada, consciente de que el motor espiritual es el que debe mover a toda sociedad verdaderamente progresista.

No quiero alargarme en esto, pero sí quiero decir que en esa lucha mis grandes enemigos fueron los ortodoxos; ya fuera en las filas del nacionalismo ladrador, del patriotismo vacío, del clericalismo sin fe en Jesús de Nazaret… Los guardianes que se apoderan de una idea y la encierran bajo mil llaves, escupiendo al resto y tachándoles de “traidores”, son siempre ateos. Ateos de una creencia por la que matarían pero en la que no creen.

Con una pena inmensa, compruebo, ocho décadas después de cerrar los ojos para siempre, que los inquisidores han abierto muchas iglesias en Cataluña y en el resto de España. Maragall y yo, estoy seguro, compartimos hoy un eco común y que nos sale de las entrañas… ¡Pobre Cataluña, pobre España!”.

‘Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’, en Editorial Manuscritos.


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