La hora de la verdad

Me enamoré de una vieja y hoy es Scarlett Johansson (va de madridismo)

06.06.18 | 00:12. Archivado en Sobre el autor, Madridismo en estado puro, Deporte

En 1994, fascinado ante el Mundial de EEUU, pasé a convertirme en un fanático del fútbol. A mis 12 años, algo raro en comparación con mis amigos, nunca veía partidos. En solo unas semanas, los devoraba todos. No tenía que “elegir” equipo. Como todos, o eres del de tu padre o, por pinchar, del contrario. Yo, solo rebelde en algunas cosas, fui fiel al hogar (y eso que mi padre no era muy futbolero) y, sin pensarlo, fui madridista a muerte desde el primer día.

¿Qué Real Madrid me encontré? Un hidalgo venido a menos al que todas temporadas se le preguntaba coñón eso de: “¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?”. Eran los años de plomo en los que nos daban la matraca con las orejonas “en blanco y negro”, como si ese equipo imperial comandado por los Di Stéfano, Puskas y Gento jamás fuera a tener un sucesor con nuestra camiseta. De hecho, en mayo de 1995, recuerdo perfectamente ver una final de Copa de Europa en la que si el Milán ganaba al Ajax nos igualaba en títulos de la máxima competición. Perdieron los italianos con un gol de Kluivert y, al menos por un año más, podíamos seguir presumiendo de ser “el Rey de Europa”. Una fórmula que jamás podíamos emplear si no queríamos que nos cayera encima un vendaval de risotadas.

Por si fuera poco, en España, el Barça de Cruyff, el famoso Dream Team, había ganado consecutivamente las últimas cuatro Ligas y, sí, desde 1992, ya tenían su Copa de Europa. Solo una, pero era “en color”. ¿Y el Atleti? En 1996 se llevaba su famoso Doblete con Antic y, en lo que era mi palmarés personal, culés y colchoneros me superaban (sí, la competición era contra mí, contra mi Real Madrid).

¿Cómo recuero ese tiempo? Como el más feliz y orgulloso que sentí nunca como madridista. Me enamoré de mi primer Real Madrid, el comandado por Valdano y Cappa y en el que había nombres como Laudrup, Míchel (mi primer ídolo), Butragueño, Zamorano (mi segundo ídolo), Amavisca, Martín Vázquez, Quique, Lasa, Buyo, Hierro, Alkorta, Nando, Luis Enrique (mi tercer ídolo, sí…) o un Raúl que debutaba en esa temporada 1994-1995. Recuerdo cada detalle de ese año, la expectación que tenía cuando conectaba la radio para escuchar el partido o ver los resúmenes en la noche del domingo en Fútbol es Fútbol y, ya el lunes, en El Día Después.

Siento tal cual lo que sentí la primera vez que fui al Bernabéu: ganamos 1-0 al Valladolid con gol de Chendo, quien solo metió cinco chicharros en toda su carrera, siendo ese el último. Esa tarde, mi padre y yo entramos más de una hora antes al estadio; en el calentamiento, desde el anfiteatro, grité con tanta fuerza a Laudrup que, asustado, miró a la grada. Lato con fuerza al rememorar el viaje a la carrera en el autobús para ver el partido ante el Depor en el que cantamos el alirón, ganado 2-1 con goles de Amavisca y Zamorano.

Desde entonces, desde ese Real Madrid de la 94-95, he visto de todo en casi 25 años sentidos a golpe de infarto. He sufrido mucho y he gozado mucho. He visto ganar siete Copas de Europa, ya más de las que tenía ese club legendario en blanco y negro del que me fasciné sin preguntar si era o no un grande. He superado absolutamente todas mis expectativas… De hecho, ya lo hice aquel 20 de mayo de 1998 en el que pedí al cielo con desesperación ver a mi equipo ganar una Copa de Europa, aceptando como bueno no ver ya algo así el resto de mi vida. He tenido suerte. Mucha. Me enamoré de una vieja y, de repente, me encuentro con que hoy es Scarlett Johansson.

¿Tengo que pedir perdón porque el equipo de mis arrebatos es el mejor de la Historia, por poder proclamar a los cuatro vientos que es, ya sin dudas, el Rey de Europa? No. Por la misma razón que sé que esto que he vivido lo podía haber vivido un hincha del Barça o el Atleti que hoy mira con lupa cada hito que alcanzamos. Pero no, sobre todo, porque yo soy un loco del madridismo que, al escribir este artículo, en el fondo, tiene una auténtica nostalgia por ese Real Madrid de mi infancia en el que soñaba con lo imposible. Ahora, cuando lo hemos tocado y rebasado, lo único con lo que sueño es con volver junto a mi padre a un Bernabéu mucho más destartalado del que es hoy y ver marcar a Chendo un golazo en la portería del Fondo Norte. Y gritar que vamos a derribar a todos los gigantes con forma de molinos de viento.

Sí, echo de menos a la vieja. Aunque me muera por ver ganar la Decimocuarta y que nos la dé Scarlett Johansson con un ceñido vestido rojo.

¡Hala Madrid!


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