La hora de la verdad

Y Unamuno se encarnó en José Luis Gómez

Desde hace algo más de un año trabajo en el que es el gran sueño literario de mi vida: hacer presente a Unamuno. Al mismísimo Miguel de Unamuno. Vivo, vivo hoy, dialogando con personas significativas y representativas de nuestra sociedad. A mis 35 años, siendo la escritura mi más honda vocación, sé que en esta quijotada empleo el proyecto más alto de toda mi vida. Si consigo el imposible de conducir la barca a buen puerto y ofrecer al maestro un homenaje digno y respetuoso, tengo la convicción de que nada de lo que acometa después será tan fascinante. Nada me llenará tanto el alma. Y eso, en el fondo, me llena de nostalgia.

Valga esta introducción personal para explicar lo que sentí ayer cuando presencié en el Teatro La Abadía de Madrid la obra Unamuno: venceréis pero no convenceréis, un monólogo de una hora y diez minutos en el que José Luis Gómez consigue ese imposible con el que sueño: atrapar la esencia de Unamuno. No solo eso… José Luis Gómez es Unamuno.

A través del juego con el espejo, símbolo unamuniano por excelencia, el actor nos sitúa ante el rector de Salamanca. Vivo, vivo hoy. Aunque sea muerto. Pero de algún modo está y es, pues se muestra con la capacidad de echar la vista atrás y situarse ante las sangrientas semanas que transcurrieron desde el inicio de la Guerra Civil hasta unos días antes de su muerte, en la Nochevieja de 1936.

Nos encontramos ante un Unamuno solo, más que nunca. Pero, al contrario de lo que ha sido una constante en su vida (cuando este marido y padre de ocho hijos, una paradoja más, se sabía más poderoso en su soledad), ahora se siente en medio de una jauría inhumana y tiene miedo. Sin su Concha, ya no está la Piedad que le abrazará en el suelo y gritará: “¡Hijo mío!”. Ya no está quien es a la vez su mujer y su madre. Ya no vive el rostro más querido que le ancla a la elemental humanidad. Unamuno tiene miedo de que la Historia le juzgue como un traidor.

Y aquí, el propio José Luis Gómez ejerce de fiscal doliente: desde la veneración hacia el maestro, llora (literalmente) al no entender su apoyo al levantamiento de Franco. No le pasa por alto que quien fue voz tronante de España, fustigador de todos, permita ahora que un vulgar militarote, incapaz de toda compasión hacia el prójimo, se adueñe de su llamada a “salvar la civilización occidental cristiana”. Le acusa y ¡le grita!

Ahí nos encontramos con el Unamuno más agónico, el que se desgañita apelando a la clemencia de un Dios al que pide que cese la sangre española (toda) y unos nuevos riñones hagan fluir en nuestros ríos una sangre renacida, diferente, sin el pus del odio cainita. Pero ahí también está el Unamuno que calla cuando no puede responder.

Pese al combate, íntimo y muy doloroso (algo que solo puede conseguir el teatro cuando va más allá de una simple representación de ficción), José Luis Gómez sabe que el maestro jamás cambió de bando… Viró en muchas direcciones, pero Unamuno siempre se mantuvo en lo fundamental: en el amor por el hombre, al que deseó salvar (salvar de verdad), animándole a emprender con todas sus fuerzas un camino, el espiritual, que ni él mismo pudo culminar hasta alcanzar las respuestas esenciales.

En lo concreto, ante el trance más amargo de su vida, apoyó sin fe a la fuerza fruta por su certeza de que era el único remedio de emergencia para frenar lo que él intuía como una conquista del materialismo exacerbado que desterraría toda huella espiritual de España. Pero, al día siguiente de que concluyera la incivil Guerra Civil, se habría situado el primero en el grito contra la barbarie del régimen dictatorial y falsamente castizo, bárbaro representante de una patria en la que se veía como “extranjero” al masón o judío, sin saber ninguno de sus inquisidores qué cosas eran realmente aquellas.

Unamuno fue combate desde el principio hasta el fin, empezando por sí mismo. Esa y no otra es el alma unamuniana. Y ahora se ha encarnado, de verdad, en un José Luis Gómez que coge con todas sus fuerzas la lanza de Don Quijote para combatir, también contra sí mismo. Porque, si algo se intuye en una atmósfera única e íntima que consigue crear en el Teatro La Abadía, es que José Luis Gómez no se quiere morir. Abrazado a Unamuno, su lucha los ha hecho eternos.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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