La hora de la verdad

Unamuno y Don Quijote, el alma del Partido Decente

27.12.16 | 16:50. Archivado en Sobre el autor, Rezando a San Unamuno

Unamuno fue la integridad insobornable, un motor que jamás dejó de caminar en la búsqueda de emanciparse de todo lo que era artificial en él. Convulso, siempre en guerra contra sí mismo, pagó exilio por oponerse a una dictadura militar mientras que apoyó la siguiente como único freno de mano frente a la bilis totalitaria materialista que amenazaba con engullir España y borrar todo lo que la nutría de espíritu. Su sacrificio, el de ir contra sus más hondos ideales humanistas, lo llevó a cabo afrontando con estoicismo su última pena: morir meses después en silencio, sin que le reivindicara ninguna bandera. Aunque, en el fondo, al espíritu más libre que ha dado este país no podía depararle otro destino.

Don Quijote fue la criatura utópica encarnada por un Miguel de Cervantes que tuvo más de tunante pícaro que de santo o caballero redentor. Sueño o no, fue y es la aspiración que todo ser humano con un mínimo sentido de equidad tiene como espejo final. Don Quijote, aun siendo loco, afrontó el viacrucis exigible a todo cuerdo que pueble por este mundo: no ser indiferente ante el sufrimiento ajeno, ante el triunfo ciego de los injustos. Elevó la danza de la dignidad, aunque, al derribarle en la playa del Barcelona el sentido común del Caballero de la Blanca Luna, otrora el Caballero de los Espejos, hubo de cargar la cruz y renunciar a su obra. Derrotado al tener que dejar de lado la utopía, desistió de las ganas de vivir y vio la luz de la razón. De haber sanado de su melancolía, a buen seguro que Alonso Quijano se habría abrazado igualmente a Sancho Panza y se lanzaran una vez más a desfacer entuertos.

Desde el Partido Decente reivindicamos a dos luchadores incansables que cayeron finalmente derrotados. A los ciudadanos de España, empezando por nuestra Arganda del Rey, les decimos que creemos con fe ciega en la integridad insobornable de Unamuno y en la utopía de Don Quijote. No nos resignamos al “todos son iguales” ni al “no merece la pena luchar”. Por eso, nosotros mismos cogemos esta lanza y levantamos la voz en la plaza pública. No nos hace falta prestar juramento alguno: abrimos nuestra alma y la ilustramos con nuestras dos esencias. Si la ciudadanía confía en nosotros, jamás les defraudaremos. El alma nos va en ello.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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