La hora de la verdad

Carrère y los santos agnósticos como modelos de fe

20.11.15 | 19:23. Archivado en Sobre el autor, Religión, Reflexiones, Crítica, Literatura

No creo que a nadie le moleste que abra aquí una grieta de mi alma. No es una provocación o un postureo, sino una íntima verdad, mi verdad: en mi renqueante caminar de fe me interpelan mucho más agnósticos honestos como Miguel de Unamuno que santos de notable altura cuya fama les convierte en modelos intachables para todos los creyentes. ¿Por qué? Por su abajamiento, porque están más a mi nivel: dudan, se retuercen, luchan, caminan. Me horroriza hasta el extremo la muerte, me fascina la historia de Jesús de Nazaret y deposito mi esperanza en vivir tras morir en un sueño aún frío, utópico. Desde los siete años, cuando empecé a prepararme para recibir la Comunión, jamás me he separado de un camino que, pese a mil baches y pasos hacia atrás, aprecio como bueno. No sé si alguna vez alcanzaré una fe apasionada, auténtica, encarnada… Pero sí sé que jamás dejaré de intentarlo, que este es un camino al que me aferro hasta el final, a ratos alegre, a ratos desinflado, sin pulsión.

He escrito muchas veces de quien, con toda la intención, llamo San Unamuno. Hoy quiero comentar lo que me ha sugerido la lectura de El Reino, de Emmanuel Carrère. Me ha fascinado. No es una novela, ni un ensayo. No es un anecdotario, ni un diario del alma. Es todo eso y mucho más. Es respeto y es provocación, es ironía y es hondura. Es la historia de Pablo, de Lucas (sobre todo de Lucas), de Juan, de Marcos, de Pedro, de Santiago, de Nerón, de Tito, de los samaritanos, de los farisesos, de los grandes traductores de los Evangelios, de Philip K. Dick, de la mendiga que se le metió en casa y en la que no pudo dejar de ver un alma pura… Es, sobre todo, la historia de Jesús de Nazaret y Emmanuel Carrère, quien pasó del ateísmo a una fuerte experiencia de conversión, que dejó atrás hace más de veinte años, un tiempo en el que está instalado en un agnosticismo activo.

Activo, porque la esencia del cristianismo, que le repugna y le abrasa a un tiempo, le ha hecho no dejar de leer prácticamente todo lo relacionado con el tema que se ha escrito de dos mil años hacia aquí. Carrère se abre en canal en las más de quinientas páginas de El Reino: lo analiza todo desde innumerables puntos de vista, mezcla sin vergüenza erudición y mordacidad, no duda en desnudarse y en poner luz en sus contradicciones, en historias del día a día de las que no siempre sale su imagen pública bien parada. Pero, sobre todo, lo que hace único este libro es la atmósfera que crea. Realmente, nos hace acompañar a Lucas, que a su vez sigue a Pablo desde las comunidades helénicas hasta Roma, en las décadas en las que, muerto Jesús, el cristianismo lo impulsó definitivamente, y con su impronta, el llamado apóstol de los gentiles. No sin chocar con la Iglesia de Jerusalén, aferrada a su raíz judía, sostenida por Santiago, Pedro o Juan. Esa tensión (retrata cómo los patriarcas de la Ciudad Santa retratan a Pablo y a los suyos como si fueran un enemigo destructor) entre ambos grupos articula todo. Eso y el tratar de discernir quién escribió o no tal Evangelio, tal carta; o el propio perfil psicológico de los grandes protagonistas ¿Y cómo ejecuta todo esto? Lo más apasionante: desde la libertad de escribir sin el miedo a traicionar una fe y con el espíritu fresco que otorga utilizar lo que se sueña que sea, advirtiendo siempre al lector de ello. “Esto es histórico, esto quiero creer que sucedió así”, nos viene a decir.

En definitiva, se trata de una historia de historias. Es nutritiva y fecunda a creyentes y no creyentes, pues aporta infinidad de datos para el análisis, para que cada uno construya su imagen, su punto de partida o su meta. Es un nudo desatado, un bosque de noche y con niebla, una frontera que da lugar a otras diez fronteras. Es un vergel en el que perderse. Y en el que, al final, no son ajenas las personas. Tras muchas idas y venidas con las ideas, las interpretaciones, las esencias plasmadas en la escritura, lo que queda es la pureza de “personas discapacitadas” a las que ha conocido en los últimos meses; de carne y hueso, sin sostén, desahuciadas por el resto de seres humanos y, finalmente, abrazadas por quienes viven así su fe en Jesús. En ellas el autor intuye, creo, lo que puede ser el Reino.

Pero, entonces, ¿es hoy o no cristiano Emmanuel Carrère? No responde a la pregunta, pero tres palabras cierran el libro: “No lo sé”. Y yo pregunto: ¿y qué? Solo le deseo a pluma tan afilada que jamás deje a un lado el camino, su batalla. Sus rayos son luz para muchos que estamos en las penumbras, soñando con ver amanecer.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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