La hora de la verdad

Al poeta Don Quijote

24.01.15 | 20:45. Archivado en Sobre el autor, Literatura, Escribas del arte

Viviste en una España decadente, donde, como hoy, triunfaban los pícaros. Mas tú te rebelaste, oh Don Quijote, y decidiste que valía la pena calzar lanza, escudo y armadura para hacer estallar el reino de la fraternidad y la justicia entre los semejantes. Grandioso testimonio de la paradoja que ensalza: mientras hacías el bien, los beneficiados se reían de tu divina locura. Incluso tu gran estímulo carnal, la musa Dulcinea, no era sino la pobre labriega Aldonza. ¿Alucinación? ¡Quiá! ¡Lo real es que tú luchabas por ella y que, por ganarte su favor, en campaña de utopías benéficas te embarcaste hasta el final!

Pero nada de eso hubiera sido posible sin el bueno de Sancho, el más fiel escudero. ¡Oh Sancho, corto de luces y emperador de la razón, aunque sea menguada! Tú mismo caíste en el embrujo y la misión imposible se adhirió a tu alma… Si la Ínsula de Barataria te la hubieran encomendado al principio de la historia, ¡anda que te hubieras tragado tan vil sapo! Pero no, a esas alturas ya te habías quijotizado. Para maravilla de los hijos de Dios, tú alzaste la espada del maestro y, poco a poco, aun sin quererlo, te hiciste caballero. Así, cuando él agonizaba, cuerdo al fin, tú le pretendías empujar del lecho mortuorio y clamabas: “¡Vayámonos a seguir recorriendo las Españas, mil aventuras nos aguardan!”. ¡Divina locura, una vez más!

Porque grande fue el milagro. Don Quijote fue derrotado al fin por el amor de su familia: el bachiller Sansón Carrasco, ora el Caballero de los espejos ora el Caballero de la Blanca Luna, logró finalmente el cometido de vencer al mito y traer de vuelta al Hombre. Don Alonso Quijano hubo de regresar a casa. Pero, como los grandes héroes, solo concebía una alternativa: derrota y lucidez, sí, pero muerte inexorable, también. ¡Viva el Romanticismo que, por supuesto, no nacería en el siglo XIX!

Y en estas, testigo fiel de los hechos, un nuevo amanecer se da: Sancho, loco al fin, absolutamente Quijote, ha dejado de ser un simple mortal y ya se siente desfacedor de entuertos. ¡Viva la utopía! ¡Viva la fraternidad! ¡Viva la auténtica poesía! ¡Viva siempre Don Quijote!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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