La hora de la verdad

Al teatro con las ánimas de 2013

Se abre el telón y Constantino Romero, con voz tronante, anuncia el inicio del espectáculo: “Ánimas todas que abandonamos el mundo terrenal en el 2013 que hoy culmina, aquí estamos todas juntas para celebrar la vida que, desde hoy, para nosotros ya nunca se acabará. Será pura y bella. Es una jornada feliz. ¡Celebrémoslo!”.

Estremecido por poder presenciar un año más mi ya tradicional encuentro con los muertos de cada año, comento la circunstancia con Peter O’Toole, quien, ataviado como Lawrence de Arabia, ejerce su papel de enigmático hombrazo echándole los trastos a su otra vecina de butaca. Joan Fontaine, en la plenitud de su treintena y con un vestido blanco ceñidísimo, ríe cada gracieta del aventurero, que pasa absolutamente de mí. Así, me doy la vuelta y le pido un pitillo a Mariví Bilbao, quien me suelta risueña: “¡Me parto la caja! ¡Aquí lo tienes, pringao!”.

Coincide el momento en que me enciendo el cigarro cuando las luces se apagan y sale al escenario una monumental Sara Montiel. Sonriente, fresca y juvenil, interpreta, cómo no, el Fumando espero. Al imperar la oscuridad y vestir la musa de negro puro, solo se perciben los susurros y los ojazos de su sensualidad. Hasta que, abrazándola por la espalda, Pepe Sancho da por terminada la canción de un modo especial: plantando un dulce beso a Saritísima y aullando un gutural “¡gracias a la vida!”. En la grada, responden con un abrazo emocionado Marife de Triana y Amparo Rivelles. En el escenario, ahora la trama la protagonizan otras dos mujeres de esencia: Concha García Campoy y María de Villota. No hacen falta focos para ilustrar la pasión que inunda sus entrañas. Concha, sonriendo, realiza un truco de magia que cierra quitando el parche a María, quien abre su recuperado ojo, símbolo de la existencia ya plena.

Una atronadora ovación responde la salida de las dos protagonistas, a las que suceden sobre las tablas Fernando Argenta y James Gandolfini. Ambos, valiéndose de su entrañable y energética pose, presentan con un silbido al siguiente dúo: Lou Reed y Bebo Valdés. Cantan, cómo no, una nostálgica coplilla. Cuando llegan a la parte que versa sobre un carro que fue robado anoche, mientras su dueño estaba de romería, Manolo Escobar se levanta de su asiento y, atusándose el tupé, electriza a la concurrencia con un rock que sumerge a todos en el abismo. Apagado el último acorde de su guitarra española, el silencio que le sigue apenas por un segundo es interrumpido por el bramido de Doris Lessing, quien levanta su máquina de escribir y talla en el aire un “¡aúpa el arte güeno!”.

Tras ella, Elías Querejeta le comenta a Bigas Luna que este instante mágico podría ser un inicio fantástico para su próxima y loca película. Yo, que hasta ahora había permanecido paralizado ante este continuo hechizo en mi butaca, no puedo menos que levantarme y descargar adrenalina soltando un derechazo a una cajetilla abandonada. El proyectil, desgraciadamente, parece dirigirse a la jeta de Alfredo Landa, que me mira fugazmente colérico. Sin embargo, la diosa Fortuna se encarna en las botas de Antoni Ramallets, quien realiza una estirada brutal y bloca el esférico en el aire. El gran Landa se olvida de mí y canaliza todos sus esfuerzos en tratar de que el portero culé fiche por el Real Madrid. Manel Comas le plantea otra opción: “Si no, con los saltos de Tarzán que pegas, las canchas de baloncesto te estarían esperando, máquina”.

Aprovechando el desconcierto, los políticos discuten entre sí, ahora en voz alta, para canalizar posibles votos. De este modo, Margaret Tatcher y Hugo Chávez debaten sobre el sistema que mejor encarna los anhelos de los pueblos. El run-run de la batalla dialéctica empieza a hacerse molesto, hasta que cesa por el peso de una sonrisa auténtica, que ya domina todo el escenario. El autor de este último número de magia es Nelson Mandela, que no cesa de repetir la palabra “paz”. De pronto, todos los presentes se levantan y conforman un coro apasionado que entona sin parar esta maravillosa palabra: paz, paz, paz.

En estas, Constantino Romero aprovecha para cerrar al telón mientras me guiña un ojo y me dice: “Buenas noches, compañero. Y hasta el año que viene, cuando estén otros y no nosotros. Y sí, esperemos que vengas como todos los años, pero solo para hacernos de notario y escriba de todo cuanto aquí acontece y no como ánima viva. El 2014 aún no es tu año”. O sí.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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