La hora de la verdad

Agujetas en el alma, con los santos literatos

Hoy es uno de esos días en los que arrastro las piernas, pero ante todo porque me pesa el cerebro. O más bien la niebla que por él ronda, también a medio camino hacia un corazón amenazado por las entrañas. Sí, eso que los poetas y soñadores llaman alma.

En realidad, mi desorden se debe a que estoy en una taberna de Dublín, preguntando a los ombligueros bigotudos si por allí anda un tal San Oscar Wilde. El otro día, mientras acompañábamos a San Miguel de Unamuno en el momento de exhalar su último suspiro, ambos redactamos un poema dedicado a San Francisco de Asís. Le cuestionábamos al patrón de los pobres sobre el sentido de la existencia humana, tratando de indagar en si quien fuera la voz libertaria de España había al fin resuelto la ecuación y ya descansaba en paz, abiertos los ojos a la vida que jamás se apaga. Sin embargo, el literato que revolucionó a los carcas de Londres perdió su cuaderno. San Miguel Delibes se me apareció anoche en sueños para decirme que acudiera a cuestionar a los parroquianos de este garito dublinés. Mas todos están beodos y nadie entiende mi inglés errante.

En estas, San Albert Camus aparece tras mi cogote y me echa todo el humo de su cigarro en la barbada cara. Algo agitado, me cuestiona: “¿Preguntas sobre el sentido de la existencia humana? ¿Tan verde estás a estas alturas que no sabes que todo obedece a una absurda paradoja? Olvídate de todo, no pienses, patea tu camino y no mires demasiado a las veredas… Eso sí, sé decente y actúa con los demás como quisieras que ellos actuaran contigo”. Tras su breve y esencial homilía, el hombre crítico me arrea un cachete en los mofletes e introduce en el bolsillo de mi cazadora un sobre. Cuando se va, lo abro y descubro en él el primer escrito de San Miguel de Unamuno en la vida eterna.

Dice tal que así: “Querido compañero, he resucitado. Visteis cómo me consumía en la Nochevieja del 36, sintiéndome derrotado ante el odio de unos españoles que se arrancaban las tripas entre sí. Pero ahora estoy feliz: aquí donde estoy, no hay ‘hunos’ ni ‘hotros’. Todos bebemos de la misma copa de vino. De ahí que te anime a que te dejes de andar arrastrando los pies. Eso que los poetas y soñadores llaman alma, existe, pues existe Dios. Díselo a Camus. De Wilde ya me encargo yo; le haré llegar su bloc de notas a través de una tormenta de granizo en una taberna de Dublín donde tiene mucho predicamento. Y sé feliz, hombre. Aquí arriba te espera una buena copa de vino. Ya sabes que yo no soy muy de empinar el codo, pero es el mejor, inalcanzable para cualquier labio con vida. Un abrazo fraternal”.

En espera de que ese vino llegue, me pongo la chaqueta y me bajo al bar del barrio a echarme un chato. Camino en línea recta, con energía en las piernas y calor en las entrañas. Evidentemente, sonrío.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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