La hora de la verdad

Estrella Morente nos acurruca en el Real

Cinco de marzo de 2013. Esta anochecida será recordada en la Historia como un tiempo convulso: acaba de morir Hugo Chávez, a quien algunos revolucionarios de Twitter llaman “el Comandante”. Sea como sea, descanse en paz. También los hay que velan porque, “oculto al mundo” el último sucesor de un pescador que siguió hasta el final a un Rey de Reyes, la vereda queda en situación de Sede Vacante. Otros, los más gritones, se estremecen porque un legendario equipo de balompié, que viste de inmaculado, está gestando una nueva gesta en el Teatro de los Sueños de Manchester. En fin, que el circo anda revuelto.

Son unos miles de adictos al arte aparentemente reposado (pero hondamente combativo) los que, en el corazón del Madrid chulapo, se sumergen en las profundidades del Teatro Real. El Real. En esta noche fresca de cinco de marzo de 2013, aquí donde los discípulos de la ópera se manifiestan habitualmente en comunión en el considerado su templo solemne, hoy toca sesión flamenca. O coplera. O taurina. O una “cosa” esencialmente desgarrada. Es decir, auténticamente humana.

Una mujer oficia el acto revolucionario: Estrella Morente. Levanta las manos al cielo, cierra los puños y los aprieta con fuerza, apaga los ojos, enciende la mirada, sonríe, enmudece, se rasga al son de la guitarrada. Pero, sobre todo, canta. Qué digo canta: estruja las tripas del espectador. Si se puede llamar así al compinche que acude a presenciar la “cosa”. Porque, en realidad, más valdría hablar de camaradas.

El instante fugaz que culmina la asonada sensorial es aquel en el que la musa se sumerge entre su pueblo y canta a capela un chotis en el que se declara de Granada y de Madrid. Antes ha sido todo lo demás: música en estado puro, voz desnuda, ilusión retomada, emoción desbordada en un riachuelo rebelde. Y homenaje. Son varios, cierto es, pero el más punzante es ese en el que, sin citarlo, se honra al padre perdido. Perdido por la hija y por el pueblo soberano. Nos queda el recuerdo. Como nos queda aquella noche última en que nuestra Estrella Morente, fundida en el luto y en un ambiente de flores y lágrimas, emuló a Jorge Manrique y regó la última copla al padre maestro trayéndonos al latido presente a Lorca y Carlos Cano.

En este tiempo convulso, en esta noche agitada de cinco de marzo, Estrella Morente oficia un acto salvífico para las almas de todos los presentes: nos acurruca y dormimos. En paz.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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