La hora de la verdad

Mi neoyorkina cita con las ánimas de 2012

Debí imaginar que algo extraño ocurría cuando un susurro interrumpió un momento mágico para mí. Estaba en la Nochevieja de 1936, acompañando a Don Miguel de Unamuno en el instante de su muerte. Junto al brasero, el sacerdote laico me contaba cómo su corazón se había partido por la locura de la España fraticida, pero, una vez más, ya se veía organizando la futura reconstrucción nacional. Me sentía tembloroso ante el altar, pero no pude sino evaporarme de mi ensoñación cuando la voz de una musa me llamó para así. Era Whitney Houston, que me cantaba al oído una balada inspirada en Federico García Lorca. Enamorado, no pude sino despedirme de Don Miguel y avenirme a la Nochevieja presente. Es decir, a mi cena con las ánimas de 2012.

Esta vez, la cita era en Times Square, el eje más vivo de Nueva York. Con la salvedad de que la tradicional Nochevieja de la masa acelerada no era sino una reunión íntima y las luces de neón del cruce con Brodway estaban encendidas sólo para nosotros. No había ni un alma. Bueno, en realidad, estábamos las ánimas y yo. Algo de lo que me apercibí cuando cesó el sensual susurro de Whitney Hosuton y me topé, al abrir los ojos, con dos de los grandes referentes del Real Madrid de las cinco Copas de Europa, Zárraga y Marquitos, cuyos punterazos (en blanco y negro, por supuesto) mandaban el cuero desde una taberna irlandesa hasta la entrada del musical de ‘El Rey León’. Dirigía la jugada, desde la banda en que se cogen los taxis amarillos, Manolo Preciado, emocionado y vehemente; genial.

Al dar un escorzo para esquivar el último balonazo, vi cómo admiraban la estatua del Padre Duffy Juan Luis Galiardo, Carlos Larrañaga y Sancho Gracia. “Los galanes”, como son conocidos allá en el cielo, reconocían el porte de este sacerdote católico que ostenta el mérito de ser el clérigo más condecorado en la historia militar de los Estados Unidos. Andaban ya pergeñando la idea de atusarle a la estatua unos patilllones a lo Curro Jiménez, para darle más realce al héroe, cuando Antoni Tàpies propuso coronarle con un sombrero napoleónico. A su lado, aplaudía la idea Antonio Mingote, que se sonreía travieso ante la imagen que él luego trasladaría a su próxima viñeta para el ABC. Yo no pude sino arquear los hombros y hacerme el despistado cuando José Luis Uribarri dijo que lo mejor era consultar la opinión y voto de los portugueses.

Tras esta panda, ataviados de sendos vinillos, Gustavo Pérez Puig y José Luis Borau discutían sobre si es el teatro o el cine el arte que más refleja los recovecos del alma humana. El debate cesó cuando Tony Leblanc y Miliki demostraron que el humor, grabado o en directo, es el único termómetro del ser andante y a veces pensante. ¿Cómo lo demostraron? Pues convenciendo a Neil Armstrong, que estaba subido junto al bolón que en las Nocheviejas normales (no ésta) antecede los besos de las parejas, para que bajara. Le prometieron un beso romántico con Sylvia Kristel, más conocida como Emmanuelle. Pero, cuando el primer pisador de la Luna estaba rendido a los pies de la mujer echa carne, al abrir los ojos, no se encontró sino con la chanza de Chavela Vargas, que le pegó un cachetazo mientras susurraba: “Que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel…”.

En este instante, todo Times Square, tomado por las ánimas de 2012, estalló en una risotada en comunión, presidiendo la ceremonia de la alegría el propio astronauta, que aprovechó la danza para besar, ahora sí, a Donna Summer. Por supuesto, el escriba Manuel Fuentes y el periodista José Luis Gutiérrez estuvieron al tanto para captar la instantánea reacción de la musa: mirar a lo alto e iniciar el canto de las nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Emocionados, los políticos, sobresalientes por valerosos frente a los actuales politicastros, dejaron las etiquetas a un lado y se unieron abrazados a la danza de las ánimas. Fue así como Oswaldo Payá, Gregorio Peces Barba, Manuel Fraga y Santiago Carrillo levantaron al cielo, por primera vez, una misma pancarta.

La misma rezaba “Viva la madre que te parió”, y servía para honrar a la musa que me separó del cerrar los ojos para siempre unamuniano. Más celestial que nunca, Whitney Houston hacía temblar la aparentemente silenciosa plaza neoyorkina (los vivos no escuchan la esencia) con una canción que se iniciaba así: “Soñé que nacía, comprobé que vivía, sufrí que moría… y di eternas gracias porque todavía vivía”.

A falta de guardaespaldas, me la llevé conmigo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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