La hora de la verdad

Juan Carlos I ha muerto

25.12.12 | 13:16. Archivado en Sobre el autor, España, Relatos

No hace ni una hora del discurso de Nochebuena del Rey cuando, pasados dos minutos de las diez de la noche, un avance informativo interrumpe la programación navideña. Hasta este momento, la televisión ha sido un eco en la mayoría de los hogares, pero en este instante, por lo inesperado, todo el mundo presta atención a la pantalla. De pronto, un primer plano destaca los ojos azules de la habitual presentadora de informativos de fin de semana y festivos del telediario de TVE. Su rostro está descompuesto. Inhabitualmente nerviosa (siempre parece una perfecta figura de hielo), su mensaje es directo: “Hace unos minutos, tras un infarto al corazón, el Rey de España, Juan Carlos I, ha muerto”. Sigue hablando, pero ya son pocos los que la escuchan.

Frente a lo que hubiera podido parecer por el ya habitual clima de burla y crítica a Don Juan Carlos, dominante en los últimos años en muchos ámbitos, España entera se paraliza por el luto. La alegría en las celebraciones navideñas se interrumpe en gran parte de las casas: todos hablan del Rey, compungidos e impresionados. En la calle, muchos ciudadanos han cogido su coche y ondean la bandera de España, que, inmediatamente, cuelga de miles de balcones. Lo único que diferencia esta escena de cuando España ha ganado un Mundial o una Eurocopa, es que impera el silencio absoluto y las enseñas llevan un crespón negro.

Al día siguiente, las colas para honrar a Don Juan Carlos en el Palacio Real serán las más multitudinarias de la Historia de España. Muchos ciudadanos, para acompañar el tiempo en las horas de espera, han comprado varios periódicos. Todos ellos hablan, sin distinción, de “El Rey demócrata”. Los obituarios alaban su apuesta por ser “el Rey de todos los españoles”, su defensa del consenso y la alta Política, con mayúsculas, como defendió hasta su último discurso, emitido solo unos minutos antes de su muerte. También son muchos los analistas que destacan su capacidad de sacrificio y renuncia, probada en su infancia, alejada casi siempre de su familia. No menos difícil, recalcan los editoriales, fue su compleja posición entre Franco y su padre, Don Juan, siendo el joven príncipe un peón en una partida de poder en la que no tuvo palabra.

Por supuesto, serán muchos los que hablen de la imputación por corrupción de su yerno y de la tan traída caza de elefantes en Bostwana. Pero, hasta en esto, se recordará el compromiso del Rey. Por lo primero, pidió que “todos los españoles fueran iguales ante la Ley” y, por lo segundo, él mismo pidió perdón a todos los españoles. Algo que jamás hizo ninguno de sus antecesores en la Corona. Finalmente, todos los análisis coinciden en que en el balance final del Rey pesa mucho más lo positivo que lo negativo.

En definitiva, a la muerte de Juan Carlos I, una España conmocionada llora al que ha sido “el mejor Rey en la Historia de España”.

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Afortunadamente, esto es un relato y Don Juan Carlos pasa la mañana tranquilamente en La Zarzuela. Perdonen este invento subversivo juancarlista y monárquico, pero estoy convencido de que, una vez más, a la muerte del Rey, cuando llegue, comprobaremos que España es un país poco agradecido que guarda sus verdaderos sentimientos de reconocimiento cuando el homenajeado ha cerrado los ojos para siempre. Tan tarde ya. Por eso, hoy, con toda la fuerza, grito: ¡Gracias por la democracia! ¡Viva el Rey! ¡Viva España!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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