La hora de la verdad

Y la luz se hizo con Nueva York

22.06.12 | 20:32. Archivado en Sobre el autor, Viajando voy

¡Blog moribundo, yergue la bandera y levántate otra vez cual gloria del surrealismo cañí! ¡Que te espabiles, hombre, que llevas ya tres semanas dormitando bajo el eslogan del ‘Cerrado por boda’! Habrá su momento especial para comentar ésta, pero tienes ahora el deber de abrir el espacio para la luz que lucha por salir desde su interior. Nueva York ha cautivado a tu escriba alucinado, que viene empujando borracho de ímpetu y pasión. Tu autor, ese petardo, no aguanta más sin cantar, cual Frank Sinatra, a New York…

Nueva York, la capital de una parte del mundo con sus sombras y sus luces, pero bajo la que supuestamente en nuestra Hispania nos cobijamos, no hay duda, es cosa aparte. Los dos primeros días abruma, te sientes minúsculo bajo las agujas mastodónticas que parecen amenazar al cielo. Pero pateando, pateando, superada la primera etapa del martinezsorismo, te sientes como en casa.

Blog cabronazo, ¡que no te duermas, jodío! Bueno, ya habrá varios artículos para que te explayes en varias facetas de la gran urbe. Baste ahora la pequeña enunciación: Central Park o el bosque animado en el que ama pasear o hacer deporte hasta el más vago de los mortales, pues te sientes en conexión con la naturaleza más bella. ¿Más verdores? Battery Park, marco de la alegría sosegada para el río Hudson, con la Estatua de la Libertad como reina del fondo que mira hacia el horizonte en el que dicen que amanece o anochece, según los ojos con que se mire. Mucho más, pero uno especial para reseñar: Bryant Park, un pequeño oasis de buenrrollismo en el que tumbarte en el césped o sentarte en una sillita a filosofar, rodeado de rascacielos y como antesala ideal para la locura de Times Square.

Times Square o el centro del centro del mundo del bullicio. Las luces de neón parpadeantes, la publicidad brutal, los eslóganes e imágenes gigantescas, los principales musicales del eje de Brodway, las tiendas más mastodónticas de la Quinta Avenida (tres plantas para ver juguetes, chocolatinas o cualquier cosa que se pueda agregar al cuerpo o al alma abotargada por los sentidos). Todo eso es Times Square: millones de sirenas que te llaman mientras permaneces atado al mastil. Mareado, todo este fenómeno lo preside la estatua de un cura. Así es América, amigos.

Esto se apaga… ¡Vale, vale: sólo enuncio! El personaje que esto escribe anhela someterse al intento de resumir la esencia que implica la visión nocturna e imperial de Nueva York de noche desde lo más alto del Rockefeller Center o la luz clara desde la cúspide del Empire State Building (no vimos a King Kong). Como quiere rendir culto a los grandes museos: el de Historia Natural, el MOMA, el Metropolitan, el del Holocausto… Todos ellos requieren horas y disposición al impacto.

¿Y los barrios? El vértigo ante Chinatown que se come a lo que debió de ser el mágico Litlle Italy, hoy reducido a una calle de restaurantes con mucho encanto. ¿Y el bohemio Village, marcado por el delgado Flatiron, el primer rascacielos de Gotham City, que con sus 20 plantas desafiaba el cachondeo del populacho, que apostaba sobre la fecha de su derrumbe? ¿Y el respeto ante la sede de la ONU, en la que uno se hace ilusiones sobre la validez de la diplomacia, bastando cinco minutos fuera para recobrar el escepticismo realista ante la parte más negra del ser humano.

¿Y la espiritualidad? ¿Qué Nueva York es modernamente ateo? ¡Quiá! Su famoso cosmopolitismo da cabida a todos: iglesias protestantes de todo tipo de confesiones por todos los lados (preciosas, oscuras, sencillas y gozosas, sobre todo si te regalan el ensayo de un organista que se cree en soledad), católicas capitaneadas por la bella catedral de San Patrick, sinagogas a modo de centros para el descanso, el estudio y la charla, templos budistas (el de Chinatown, silencio puro, supone contraste puro ante el cachondeo loco del exterior), sin duda, también mezquitas. Pero, ante todo, el pulmón de Harlem. Habrá capítulo aparte de ello, pero gozamos de una misa inolvidable, por la alegría de la comunidad, la fuerza del gospel y el tiempo: casi tres horas de ceremonia.

¡Y cómo no! Wall Street, la Bolsa, el Toro frente al que hace cola una legión de japoneses que se hacen fotos sin muleta… Y el nuevo World Trade Center. Impacta el orgullo useño de levantar dos torres muchísimo más grandes que las anteriores, eso sí, dejando el espacio para el homenaje a los miles de muertos del 11-S en que cambió el mundo. Un recuerdo que se vive mucho más en la vecina iglesita de San Pablo, que se mantuvo en pie hasta quedar como fotografía viva repleta de la esencia de esos días.

¡Batería baja! ¡Vaya castaña de blog! Se acabó esta introducción tan pesada… Ya hablaré de los taconazos de las mujeres, de los cafelones aguados que todo el mundo bebe corriendo a todo meter, de los taxis amarillos, del metro crapulón, de la taberna regentada por un antiguo mánager de boxeadores, de las malaviadas que hicieron de mí un discípulo fideligno de Don Paco Martínez Soria. Con Federico hubo un ‘poeta en Nueva York’. Un siglo después, hubo un alucinado lamentable en Nueva York. Eso sí, acompañado por su alucinante y espectacular musa: María José García Anderon, mi mujer.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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