La hora de la verdad

María Valverde ajusticia al dictador

28.02.12 | 23:48. Archivado en Sobre el autor, Relatos, El rincón de las musas
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- Entonces, ¿te comprometes a dejar de sangrar a tu pueblo y liberar una economía por la que todos los ciudadanos son esclavos que abastecen el monopolio estatal a nombre, cómo no, de tus propias empresas privadas?

- Sí, sí, sí… Te lo prometo, pero, por favor, déjame…

Así suplica el dictador ante el castigo de la musa María Valverde. ¿El castigo? Ella, ataviada únicamente con una túnica de seda blanca, sopla haciendo círculos sobre el reseco cuello del caudillo. ¡¿Castigo?! Sí, porque el monstruo, enferma su alma, mantiene trastornado el cuerpo. Hasta el punto de que siente horror ante lo que para el común de los mortales sería placer de dioses. Siempre y cuando, claro, la sentencia sea ejecutada por una musa.

Es el caso. María Valverde, continuando el ajusticiamiento, acaricia con sus labios la nuca del sátrapa.

- ¿Vas a dejar de perseguir a los que son encarcelados por el simple hecho de pensar de un modo diferente al que tú has marcado como único?

- …

La caricia se ve acompañada por un susurro sensual. Palabras de amor y dulces versos celestiales brotan de la pícara sonrisa de la musa. El bárbaro se retuerce de dolor:

- ¡¡¡Habla!!!

- ¡Sí, se acabó la persecución! ¡Habrá libertad!

- ¿Libertad, mamarracho? ¿Qué tipo de libertad? ¿Adiós a la censura? ¿Adiós al periódico del partido, la radio única y la televisión oficial?

- …

Ante las reticencias, la musa juega duro: desaparece la túnica. Su cuerpo desnudo abraza la espalda del asesino. Su largo pelo de oro produce cosquillas en todos sus poros. Espantado, este se rinde:

- ¡No, piedad, piedad! Por favor, déjame vivir…

El abrazo de la musa alcanza el pecho y los muslos del sometido al potro de tortura. El dictador siente como si le abrieran en canal con un cortador de césped y le incrustaran un bate de béisbol por el culo.

- ¡Todo, te doy todo lo que quieras!

- ¿Todo? Firma, cabrón.

Y así es como las musas cambian la Historia. Con una simple rúbrica, el país sometido durante décadas por un enfermo criminal, se levantará mañana con la dimisión irrevocable del mismo. Se convocarán elecciones libres, de las que saldrá un Parlamento en el que todos los partidos electos establezcan una Constuitución con el conjunto de derechos humanos asegurados. Los esclavos, al fin, serán ciudadanos.

Pero eso será mañana. María Valverde, satisfecha con su trabajo, se despide como lo hacen las musas justicieras. Con un auténtico beso de amor. El horrendo blasfemo, aún con la pluma en la mano, con la tinta fresca sobre el papel, cae fulminado por un inesperado ataque al corazón. No presenciará el fresco amanecer de la libertad.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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