La hora de la verdad

De curda con las ánimas de 2011

Esta vez estaba preparado. Como ya hiciera en 2007, en 2009 y en 2010, miraba el reloj porque sabía que hacia la medianoche alguien vendría a buscarme para participar en mi ya tradicional cena con las ánimas. En este caso, con los muertos que nos ha dejado 2011. Pero, también esta vez, hubo sorpresa. Tal vez por tratarse del Día de los Inocentes, no hubo cena, sino curda. Y no vino a buscarme un finado que se sostuviera sobre dos piernas, sino que acudió un ser peludo que atravesaba el viento sobre cuatro patas.

Sonaban las campanadas de la medianoche cuando a mi casa acudió la mona Chita. La inseparable compañera de Tarzán en lo que aún era cine en blanco y negro, había muerto cuatro días antes, a los 80 años. Coqueta ella, se pintó los labios y me ofreció un pacharán. Me plantó un beso en toda la boca, me cogió de la mano y me hizo cerrar los ojos. Diez minutos después, cuando los abrí, efectivamente, no estaba en un caserón, como de costumbre. Estaba en un botellón, para recuperar la costumbre.

Entre la turbamulta que se estaba agarrando la cogorza, Juanito Navarro, María Isbert y Florinda Chico fueron los primeros que me recibieron. Exaltaban en una animada charla las excelencias del cine de su época, destacando el carácter propio de lo español, que es capaz de reírse hasta de sí mismo aunque a la vez sea tan orgulloso que no permita la mofa de los guiris. De ahí que Jane Russell y Maria Schneider, sumisas ellas, aceptaran loar las bondades del destape typical spanish. Peter Falk, Colombo, huía de la charla actoril para centrarse en los ojos de la gran musa del gremio: Elizabeth Taylor. Ésta, definitivamente diosa, tenía la apariencia de sus 30 años. Ni su escote generoso, ni su sonrisa de hechizo, ni su pose de ingenua pícara podían desviar la mirada de sus inabarcables ojos azules.

Caracterizada ahora de Cleopatra, a la inigualable Liz solo le bastó dar un leve chasquido de dedos para que Santi Santamaría se arrodillase ante ella para ofrecerle un plato de gulas con albahaca. Ante él, de un salto, se interpuso Joe Frazer. Emulando sus míticos combates con Mohamed Ali, pegaba puñetazos al aire a cámara lenta, para que así pudieran verse mejor sus sudados músculos de Hércules. Sin embargo, quienes acabaron concentrando las miradas de la musa fueron los miembros de la cuadrilla de los poetas. Valiéndose del encanto de su aparente pasotismo, Facundo Cabral, Jorge Semprún, Gonzalo Rojas y Ernesto Sábato simulaban hilar una tertulia literaria cuando en realidad se estaban jugando a los chinos quién sería el afortunado designado para el cortejo de la faraona egipcia. Pero todo se truncó. Justo en el momento en que la Taylor empezaba a tumbarse en medio del grupo, Marco Simoncelli, en plena una frenada, raptó a la dama y se la llevó a la luna con su moto. A la desesperada, Severiano Ballesteros lanzó un swing con su palo de golf.

Errado el tiro, el bolazo rompió la pantalla del ordenador de Steve Jobs. Éste hizo amago de enfadarse, pero Amparo Muñoz, haciendo valer su condición de Miss Universo 1974, apagó su ira con un profundo beso de amor. En ese momento, en que la melopea era ya monumental a causa de que una fuente de ron no paraba de regar el misterioso lugar en que nos encontrábamos, Cesária Evora, la voz de Cabo Verde, hizo amago de cantar versos de La diva descalza. Pero fue interrumpida por Javier Pradera, quien, calladas sus columnas, empezó a bailar con ella un tango en medio del silencio.

La ausencia de sonido se interrumpió por la irrupción de unos macarras en la fiesta. Osama bin Laden y Muamar Gadafi llegaron protestando a voces porque, pese a ser ellos también ánimas nacidas en 2011, nadie les había invitado. Chita, que me seguía llevando de su mano, se acercó hasta ellos y se mostró en extremo cordial: “Tranquilícense, señores, aquí tienen unos puros y un par de vodkas. ¡Agárrense la castaña padre, y aquí paz y después gloria!”. Pero nada sirvió. Los dos señores, vestidos con pantalones vaqueros ceñidos casi a la rodilla, camisetas gigantes y sendas gorras raperas, agriaron el gesto y rechazaron los cubatas. En éstas, a su espalda apareció Kim Jong-il, el “Querido Líder”, y se echó de un trallazo, cual chupitos, los pelotazos de vodka. Aparecía riendo a carcajadas, seguido de una legión de plañideras que se retorcían de dolor por el reciente fallecimiento de quien nació en lo alto de un monte y nunca plantó un pino. Bin Laden y Gadafi se abrazaron a su amigo y le pidieron que su ejército de esclavos también llorara por ellos, para disimular la sangre producida por su asesinato. Cuando un coro de terror empezó a entonar el Lili Marleen en honor a los sátrapas, Václac Havel, el hombre que se levantó contra el totalitarismo checo, pegó un portazo y encerró al trío macabro en una caja de zapatos.

Libres al fin, los cantores coreanos lanzaron atronadores “vivas” a la libertad, a la democracia y a la dignidad. Llegado ese momento de éxtasis, al fin surgió la música. La luna, desde la que Elizabeth Taylor reinaba tras su rapto por Simoncelli, enfocó entonces a Amy Winehouse. En ese instante, todos los presentes callaron y se arrodillaron. La nueva y definitiva diosa de la fiesta vestía una túnica blanca. Sus carnosos labios sonreían, pero no se movían. Era increíble, pero cantaba con su mirada de fuego. El hechizo fue definitivo cuando su vozarrón tronó el pasodoble Suspiros de España y, de la nada, emergió Antoñete pegando hondas verónicas con su capote de terciopelo. Su danza fue hito de la sensualidad cuando, llegado ante la diva, le regaló un abrazo desde la verdad. Entonces, los carnosos labios de Amy Winehuse sonrieron de verdad y se abrieron para lanzar un “¡viva la vida!” que todas las ánimas de 2011 secundaron con las entrañas.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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