La hora de la verdad

Historia de cómo un vejete y suicida torero retiró a la Muerte del oficio

26.12.11 | 15:02. Archivado en Relatos, Sobre el blog

Con el rostro más demacrado que de costumbre, cubierto de arrugadas desgarradas y granos malsanos, Manolín se mesa la blanca cabellera mientras se le van cayendo todos los pelos. Situado ante el estanque del Retiro, ha aprovechado para colarse en el parque mientras Madrid se encuentra ante la tele tomándose las doce uvas que marcan el paso a un nuevo año de la crisis.

Con la muleta en una mano y el estoque en la otra, el plan de este torero que no llegó a pasar de maletilla consiste en regalar al mundo sus últimos naturales y, en el instante en que la alarma de su reloj digital marque la medianoche, cortarse de un tajo el cuello y arrojarse a las aguas desiertas de patos y barcas. La ceremonia comienza cuando la soledad que enmarca la ceremonia del suicidio se ve interrumpida por un eco de bullicio. Entonces, el octogenario Manolín se dice: “Ya deben estar comenzando las campanadas. ¡A la mierda, mundo hipócrita! Os regalo los últimos destellos de mi arte incomprendido. Aunque ninguno de vosotros, cacho cabrones, lo vea”.

Cuando la Muerte llega hasta él, Manolín permanece iluminado por la luna, soltando pases de pecho con una muleta ajada, al borde del estanque. De su boca sale despedido un vaho helado. La Muerte acude ante la escena de luto que requerirá prontamente de sus servicios. El vejete sólo repara en su presencia cuando se dispone a culminar su honda faena al estallido de la alarma. Rugen sordos los gritos, los petardos y hasta el mudo confeti en el momento en que levanta la espada.

Entonces, mira a la Muerte y se queda parado. La Muerte es una bella dama: con aspecto de veinteañera, sonrisa ruiseña, ojos oceánicos, rubia oxigenada y con un par de melones por pecho. Cegado por la trascendencia del fin, Manolín sólo ve ante sí un toro: “¡Cojones, vaya pitones!”. Y así, sin ni siquiera pensarlo, cita al morlaco. La Muerte, desconcertada, no sabe qué le ocurre cuando, como si fuera por arte de magia, sus tetas se sienten atraídas hacia la muleta de Manolín. Se inicia así una profunda danza caracterizada por derechazos sublimes y culminada por una tanda de estatuarios en los que el torero parece una efigie estoica. La Muerte, perdido ya el control, sin saber qué es lo que ha hechizado a su cuerpo hasta hacerlo esclavo de un trapo desgastado, empieza a sentir una calentura por todo su cuerpo. Está cachonda. Irremediablemente cachonda.

La escena siguiente transcurre así: Manolín y la Muerte hacen el amor sobre las aguas del Retiro. Una barca ha aceptado huir del frío y, por puro romanticismo, tras separarse de la manada del “puerto” que hay junto al puesto de venta de entradas, sirve de camastro de emergencia. Un pato, más por golfo que por homenaje a la ternura, no pierde ojo de la jugada. Alrededor, un grupo de jovenzuelos que se ha colado en el parque para entregarse al botellón, jalean vibrantes a tan singulares amantes.

Fue así como la Nochevieja que dio la bienvenida a 2012, además de iniciar el Año V de la Crisis, supuso un gran cambio histórico. No sólo acaeció que un octogenario torero venció a la tentación del suicidio y aceptó vivir: la Muerte, con siglos de ausencia de pasión, desheló su corazón y abandonó el oficio. Ambos, torero y musa, pasan la eternidad celebrando que ya nadie muere. ¿Cómo? Haciendo el amor sobre una barcaza de emergencia en el parque que pasó a llamarse ‘Retiro de la Vida’. Todos, jóvenes y ancianos, tiran migas de pan a un pato exhausto de ser testigo de tanta pasión.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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