La hora de la verdad

San Unamuno, por los toros hacia Dios

San Unamuno, el alma hecha contradicción, nunca fue demasiado aficionado a los toros. Decía que distraían demasiado a la gente y no la dejaban pensar en otras cosas más importantes. Los veía algo así como el pan y circo de la plebe. Pero, en realidad, yo creo que no fue taurino porque no le dio tiempo. Y eso que murió a los 72 años.

¿O no es acaso el mismo San Unamuno quien desató un terremoto con un cavernoso “muera Don Quijote”? Fue en sus primeros tiempos, aquellos de la “europeización de España”. Luego, pasada la fiebre, acabó apelando a la criatura de Cervantes como el máximo representante de la esencia española, moderna en la fidelidad a la identidad, aquella que debía de ser nuestro cuño en la cansada Europa. San Unamuno, finalmente, se rindió a Don Quijote (que no a Cervantes), hasta el punto de ver en él el alma de una religión, una moral o una filosofía puramente hispánicas. Una vuelta a lo mejor de nosotros mismos, necesaria para sobrevivir. Desgraciadamente, no fue así.

Pues yo estoy convencido de que San Unamuno, si lo hubiera reflexionado en profundidad, hubiera ensalzado la tauromaquia no ya como un arte, sino como un símbolo del acercamiento del hombre hacia Dios. ¿Qué esto es un disparate? Recapitulemos. En primer lugar, los toros son misterio y liturgia. Misterio porque resulta difícil de explicar cómo hay quien decide jugarse la vida por un sentimiento que, en vez de causar repulsión, porque no deja de ser un arte bárbaro, fascina y “engaña” a muchos. ¿O no es misterio, o engaño, el que muchos seamos capaces de abstraernos de una realidad cruel para no ver ni sentir sino placer? Hablo, claro, de las personas “normales”, de los aficionados inteligentes y cultivados, no de los sanguinarios ni los carniceros. De la liturgia no es necesario decir mucho: la tauromaquia es un rito complejo y cerrado, desde las estrictas normas de la lidia a los detalles más nimios como el ropaje o los gestos que, obligatoriamente, se repiten por todos en el albero.

La tauromaquia es oscuridad ancestral, como la religión. La tauromaquia es pasión. ¡Qué difícil misión colocarte ante un minotauro de quinientos kilos con dos cuchillos por banda! ¡Qué difícil misión es creer en Dios y en que se vive tras morir! La tauromaquia es lucha, esfuerzo, paciencia. ¡Esos torerillos que se dejan los ahorros, las lágrimas y la sangre por tener una oportunidad! ¡Esos creyentes sencillos que se escandalizan ante los pecados de los hombres de la Iglesia! La tauromaquia es desengaño, frustración, rebelión. ¡Esos mangantes empresarios, apoderados, veterinarios, presidentes, aficionados que se lucran con los inocentes y manipulan lo que ha de ser puro! ¡Esos pobres que sufren por no comprender la desgracia sufrida al no haber sido escuchados por el Omnipotente!

La tauromaquia es persecución, amenazada por censores e inquisitores. Y, frente a ella, los Franciscos que alzan la voz incluso ante el Papa. Los Franciscos de hoy son los toreros. Algunos toreros son poetas, místicos, como Morante, como José Tomás. ¿Qué hubieran dicho Santa Teresa y San Juan de la Cruz de quienes se abrazan cada día a la muerte en defensa de un elevado ideal? En este caso, el arte. De fondo, para muchos, Dios.

La tauromaquia es, en definitiva, muerte. Siempre del toro (salvo indulto) y a veces del torero. Pero es algo que ocurre inexorablemente. La muerte es la culminación, en la fe y en el coso. Pero, ¿no es acaso el necesario tránsito hacia el triunfo, la resurrección?

San Unamuno hubiera descubierto que la tauromaquia es esperanza, vida. Y contradicción, porque es esperanza y vida a partir de la muerte y el sufrimiento de un inocente. Dicen que Cristo fue cordero. San Unamuno no se hubiera escandalizado porque yo escriba aquí que también puede verse como un toro. Nadie más respetuoso que él con lo sagrado, nadie que encontrara menos barreras para adentrarse en él desde cualquier perspectiva.

Si San Unamuno hubiera vivido cien años, estoy convencido de ello, hubiera cogido la muleta y, al grito de “larga vida a Don Quijote”, habría saltado al ruedo a luchar contra los molinos de viento de su hora.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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