La hora de la verdad

Tenerife y La Gomera, del cielo al cielo

05.08.11 | 18:26. Archivado en Sobre el autor, Viajando voy

Dicen que de Madrid se va al cielo. ¿Y desde el Teide, que está más alto? Hace unos años, junto a buenos amigos de la Universidad, comprobé que Lanzarote era diferente. Imaginaba que las Canarias eran unas islas especiales. Ahora, que conozco a dos más, adelanto mi veredicto definitivo: la volcánica tierra de los canes es el paraíso terrenal. Y dos de sus embajadas, Tenerife y La Gomera, el cielo sobre el cielo.

Junto a Mari, la mujer que me embelesa, he soñado despierto en la última semana rodeado, a la vez, de desierto y bosque esplendoroso, montañas y océano, lagartos y delfines, cerveza, malvasía y un cafelito acarajillado que llaman Barranquito, coronado con canela fina o divina. Cada día, la inmersión en la naturaleza pura tinerfeña era antecedida por nuestra estancia en la Playa de Las Américas, o guirilandia. Un punto colonizado por masas de seres con pieles iniestizadas y coloreadas por el sol hasta hacer daño a la vista. Borrachos por la noche en bares en su idioma (no había otro), apalancados en la tumbona de sol a sol: ingleses, franceses, alemanes, dueños del Sur.

Pero el Tenerife sureño es mucho más: calas de playa negra en las que la puesta del sol marca un compás de cadenciosos brindis por la sonrisa, de arrumacos y jolgorio, de paz y amor, mucho amor. Las Américas, Los Cristianos, Costa Adeje, kilómetros de olas sobre las rocas, oasis de arena solitaria para pies sensibles. Bandas sonoras en los bares, con música en directo de todo tipo de trovadores y estilos. Hasta mariachis. Faltó Sabina. Tenerife es el contraste de dos mundos divididos justo en la mitad por un bloque de montañas, picos y volcanes, con el Teide como Rey León. La meridional es la parte en la que se mezcla la modernidad colonizada con la estampa del sol durmiendo sobre el infinito del mar, el bullicio y el silencio.

¿Y el Norte? El Tenerife esencial, puro y tradicional. Pueblos de los de toda la vida, con callejuelas abiertas, casas de colores alegres, balcones de madera y vecinos amables, marca de la casa, porque lo mejor de Canarias es su gente. Icod de los Vinos, su bella iglesia del siglo XVI y su Draco Milenario, el árbol de Guernica chicharrero que creció entre las vidas de guanches de carne y hueso que hoy recogen las leyendas. Y, claro, el vinito, el ron y el queso. La Orotava, con su plaza cubierta en cada Corpus Christi por un mantón gigante de arena (sí, de arena), diferente cada año. La Laguna, la capital que levantaron los conquistadores que bautizaron con las armas a los guanches. Sede del Obispado, de la Universidad y de las calles grandes como campos de fútbol y luminosas como los Acantilados de los Gigantes, hermanos de los de Dublín, catedrales marítimas elevadas al Dios Creador. No muy lejos coge la sucesión de cruces en el monte que recuerda el día en que una procesión a Santiago paró un volcán de tres meses. La falta de tiempo nos hizo esquiva la capital, Santa Cruz; la ciudad bonita, el Puerto de la Cruz; y el Santuario de la Candelaria, patrona del Dios del Amor. Una buena excusa para volver.

Falta el centro, el corazón de piedra. Cientos de volcanes, con el Teide y sus 3.718 metros como punta de España. Un paseo de horas por el Parque Nacional nos hizo enamorarnos de sus esculturas esculpidas por el designio, de sus contrastes de luz, de su hechizo. Encanto al que contribuyó, en plena medianoche, un vistazo al cielo en busca de constelaciones, estrellas y planetas. Las nubes quisieron arruinar nuestro intento de sentirnos dioses en un lugar idóneo para la observación celeste, pero la narración de historias mágicas nos permitió contemplar la gesta. Efectivamente, nos sentimos dioses por un día. Por una noche.

Tenerife es lava esculpida, pero también puente hacia el otro cielo. A La Gomera se llega en ferry, y no te puedes quedar a dormir en ningún hotel; porque no hay hoteles. Y apenas hay pueblos (aunque los que hay son privilegiados). Entre otras cosas porque no se permite construir allí donde una poderosa e invisible mano ya logró la perfección: la mezcla tinerfeña de montaña y vegetación se da en la tierra que fue de los gomares en un abrir y cerrar los ojos. Pasas de estar por encima de las nubes en un monte seco a permanecer rodeado de espeso y fresco bosque, de plantas y árboles únicos. Barrancos colosales que son el marco perfecto para el sonido del Silbo, el modo de comunicarse de los antiguos hombres y mujeres que sembraron las tierras del otro Edén. Hoy en peligro de extinción, pudimos disfrutar de un modo de comunicación único, por el que se habla soplando a través de los dedos. Sí, se habla. Los silbidos también pueden ser palabras. Doy fe de ello.

Hoy aquí, en un día de paréntesis en los Madriles, entre el sueño canario y la vidorra de Landete, el vergel de Cuenca que me espera en los próximos días, me permite volver a esa cosa que llaman Internet. Los guanches y los gomares no lo utilizaron y fueron felices. Me traiciono en mi huida de la Red para dejar aquí testimonio de que, como dicen mis amigos, me he vuelto a “flipar”.

Tenerife y La Gomera, del cielo al cielo.

MUGUEL ÁNGEL MALAVIA


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Comentarios
  • Comentario por Eguar 05.08.11 | 20:23

    Hombre, tampoco somos la selva profunda, en La Gomera SI hay hoteles, y apartamentos, y pensiones, y camping, y por su puesto hay pueblos, muchos pueblos y muchos barrios para las dimensiones de nuestra isla, la mas hermosa y mágica del archipiélago. Y sobre el silbo gomero, patrimonio de la Humanidad, estaba en peligro de extinción pero gracias a que se tomó medidas a tiempo, como la enseñanza en los colegios, tiene garantizada su vida durante mucho tiempo.

Sábado, 25 de mayo

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