La hora de la verdad

Hemingway torea esta medianoche en París

02.07.11 | 17:17. Archivado en Sobre el autor, Relatos, Literatura, Escribas del arte

Muchos creen que moriste hace hoy cincuenta años, en otro 2 de julio, cuando te descerrajaste un tiro en la cabeza. Se equivocan. Como se confunden los que piensan que la maravillosa película de Woody Allen, Medianoche en París, es simplemente eso, el título de una aventura en la gran pantalla. No, es mucho más, es el guiño de artista a artista. Es la forma en que el alucinado y disparatado newyorkino, sin que nadie se perciba de ello (de ahí la coña), anuncia tu faena de esta medianoche bajo la iluminada Torre Eiffel. Porque la única realidad es que cuando Notre Dame dé las doce campanadas, los espíritus y las almas atentas de los vivos podrán presenciar la faena de Hemingway ante un miura.

En realidad, será un cachondo homenaje a tus amigos muertos. Aunque no sea muy conocido, esta gesta ya se produjo en el París de los años 20. Una noche de farra, en una madrugada de calor, con el alcohol corriendo a raudales y a causa de la apuesta con un pintor para ver quién impresionaba más a una odalisca hembraza, tú te agarraste el paquete y pusiste sobre la mesa tus cojones. “Hasta la empuñadura, a un miuotauro y a esta diosa”, gritaste mientras te reías a carcajadas y el sudor de tu frente se concentraba en tu bigotón moreno.

Y así fue. Minutos después, la clientela del café golfo corrió acompañándoos al pintor, a la mujerona y a ti. Sin dudarlo, al son de las doce campanadas, te pusiste de rodillas bajo las hercúleas patas metálicas de la torre que simboliza París. Cuando salió el miura, te vio y te enfiló con toda su furia. Tu respuesta fue acariciarle los pitones con el capote. Así, con dulzura, nació lo que fue un baile de hechizo, traspasado luego a la muleta, con la que te desgarraste en naturales espartanos, mezclando, ahora sí, la furia con la dulzura de tu triste rostro. Sólo volviste a sonreír, socarrón, cuando el toro aceptó la derrota y se echó sobre el lomo, a dormir la mona. No hizo falta espadazo de muerte. La musa, enloquecida, se agarró al cuello de tu camisa abierta y te proclamó como el macho que debía cabalgarla hasta el amanecer. El pintor, de vuelta al café abandonado, debió consolarse invitando a todo el mundo a rondas de chupitos de tequila.

Después os hicisteis amigos, el pintor y tú. De hecho, aunque no lo haya anunciado ningún periódico, ni en Pamplona ni el La Habana, él fue el que te dio la idea coñona de celebrar tus supuestos cincuenta años de muerto con una nueva faena en la medianoche de París. Una vez más, la musa estará allí. Si triunfas, volverás a montarla. Si no, el que te consueles a base de chupitazos serás tú. Pase lo que pase, volverás a reír, a desafiarte, a apasionarte, a vivir.

A Ernest Hemingway, cincuenta años después.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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Comentarios
  • Comentario por Patricia 02.07.11 | 21:55

    Bellísima nota de Miguel Angel. Bellísima película de Allen. Bellísima la obra de Hemingway. Homenaje total a la ciudad más bella del mundo y a los grandes del arte.

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