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El cuerpo de Don Pedro espera para ser amortajado. Ante la puerta de su habitación, en el pasillo, su único hijo, el señorito Miguel, fuma un fino habano de licor de melocotón. Nunca ha querido a su padre, pero sí, y mucho, respetado (o temido). De origen humilde, éste había aprovechado su oportunidad y acabó como el gran terrateniente de la comarca. Huraño y receloso, fue el férreo patriarca del caserón que, a modo de pequeña comunidad, englobaba a un regimiento de sirvientes, temerosos de Dios y del carácter del “amo”. Doña Ana, la señora, había muerto hacía muchos años.
Miguel dilata el momento de abrir la puerta. Piensa en si su padre, en estos momentos, ha alcanzado la gloria eterna. “Fue cabronazo, pero si alcanzó un último punto de contrición, salvó el alma”, le dice Zorrilla. “Dios... no sé si existe o no, pero hemos de actuar como si existiera..., cultivando nuestras virtudes, regaladas por el Señor, si existe..., para agradecerle la vida otorgada, si en verdad nos la ha dado Él...”, susurra Unamuno. “¡No digan tonterías! ¡Dios ha muerto!”, sentencia a voz en grito Nietzsche. Para calmar la disputa, Miguel invita a sus letrados invitados a que le acompañen a la barra bajo la cual se sitúa el mueble-bar. “Camaradas, una ronda de sol y sombra para todos. Invita la casa”. La magmanidad del señorito es celebrada por la Santa Trinidad Laica con un estruendo de ‘vivas’ a la amistad. La algarabía antecede a la borrachera que se avecina.
Media hora después, Miguel sale de la estancia apestando a anisete y porros. Saca el pañuelo y se seca la frente, perlada de gotas de sudor. También se anuda la corbata. Los lamparones de la camisa de seda ya no tienen solución. Y es que el tiempo ha jugado en su contra: el timbre de la entrada principal ha sonado con fuerza. “Es Rosita, ya está aquí”. Elegante, sofisticada, enérgica, de mirada fuerte. Rosita es su prima. También es enormemente rica. Hoy mismo va a pedir a la musa de sus sueños el inicio de relaciones formales. Y, si se deja, hasta en matrimonio. Con un enérgico grito avisa para que abra la puerta a Conchita, el ama de llaves. Al no contestar ésta, echa a correr hasta la cocina, donde se concentra el servicio. Apesta a alcohol y no quiere ser él quien abra la puerta. Además de que ha de mantenerse el protocolo. Todo tiene que salir perfecto. “Hoy es el gran día”. Muerto Don Pedro, ahora él es el señor. Dejará de ser el pasmarote y pusilánime que siempre se dejó mangonear por su padre, para ser el único dueño de su vida.
Llegado a la cocina, encuentra ésta cerrada con llave. Acercando la oreja, escucha con nitidez un estruendo festivalero. Los gemidos de Lady Gaga atronan por los altavoces. Una multitud canta con fervor. Alguno, con cierta chacota, lanza ‘mueras al dictador’. Irritado, Miguel aporrea la puerta. Conchita asoma medio cuerpo, sosteniéndole la teta derecha una mano peluda y varonil, que a su vez sostiene un peta alucinógeno. Un segundo después, la sirvienta, consciente de que quien está delante suya es el señorito, ve tornado el color de su cara en blanco sepulcro. Si hasta entonces tenía entrecerrados los ojos en plena cachondez, ahora pega un alarido. “Coño, Miguelito... Esto..., Don Miguel. Disculpe, estaban dando el parte en la radio y se ha cambiado solo el dial... ¿Le puedo servir en algo?”. El señorito, con la vista fija en la mano peluda, que no había cesado el manoseo bribón del pezón, sólo es capaz de articular una orden: “La puerta, abre la puerta”. El tono, entre irritado e incrédulo, deja un eco de carcajadas y pedorretas al otro lado de la puerta. La masa servil está borracha.
Corriendo hacia su habitación, en busca del traje de la pedida que sustituya al del luto enfangado de roña, Miguel se cruza por el camino con la doble transexual de Paris Hilton. “¿Es usted Friederich Nietzsche? Me ha llamado para un servicio especial, destinado a un trío de crápulas. Venga, ¡abajo esa bragueta!”. El señorito trata de explicarle que se trata de un error, pero no tiene tiempo de detener lo que ha comenzado. Quince minutos después, con los refajos aún al descubierto, de una vez por todas, acude en busca de Rosita. Paris Hilton, guardándose los billetacos en la cartera, le informa de que ambas han venido juntas en un taxi soviético y que ésta le ha dicho que subía directa a la habitación del difunto. Armándose de valor, Miguel con la bragueta desarmada, decide al fin abrir la puerta que le llevará, por primera vez, ante la imagen de su padre muerto.
Sin llamar, suspira, abre el pomo y se adentra en la estancia. Entre la oscuridad, lo primero que llama su atención es la blanca dentadura de Don Pedro. Sus dientes relucen. Tiene la boca abierta. Está sonriendo... “Nunca le había visto sonreír”, se dice. Desconcertado, alcanza el estupor cuando baja la mirada y se percibe de que el cadáver está más tieso de lo normal en las partes bajas. Una notable erección jalona, a modo de vergonzante y descarado saludo, su postrero adiós a la vida. Pálido, es entonces cuando se da cuenta de que Rosita, a su lado, se sube las bragas. “Pe... pe... ¡¿pero esto qué es?! Rosita, ¡si venía a pedirte en matrimonio!”, relincha como puede Miguel.
Rosita, con aire cachondo y burlón, le contesta con ripios: “¿Matrimonio, primo? Acepto, con condición que no es timo / Si calzas como calzaba el vejete, si tu sable no es de sainete, venga aquí ese anillete. / Fogosidad, priapismo quiero. Si alejas de mí ese gesto de inhabilidad, ea, pues que sí quiero”. Miguel, débil por naturaleza, se saca el anillo de las bajezas, abierta aún la bragueta, y pierde definitivamente la chaveta: “Siempre lo supe. Eres la mujer de mi vida: contigo a mi lado, clavo tras clavo, jamás volveré a ser esclavo”.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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No hay mas que leer para seguir el camino que sugiere , entendiendo ese mundo surrealista de los que saben de letras, de historia, de la historia y su semblante. Doña Rosita, don Miguel, el liguero de lady Gaga, la poca fe de Amy Winehouse, los cazabormbarderos que dibujan un Chirico en las pantallas de la TV. Metafísica pura. Un saludo, my friend.
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
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Paulino Toribio
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