
Hace dos años lloraba en una Navidad en la que mi abuela, mi querida abuela, se me moría. Era duro verte rodeado de luces y alegría cuando tu corazón se resistía a prepararse para el luto irremediable e inminente. Pero así fue. Porque así es la vida. El año pasado, justo a estas horas de tarde de Nochebuena, latiendo al fin de felicidad despreocupada, escribía un relato algo “despelotado” en el que contaba cómo al Niño Dios iban a adorarle poetas, cantaores de copla y toreros, entre otros fantasmagóricos personajes. Habrá quien no lo entienda, pero así me expreso. Añadiendo mis pasiones al propio seguimiento y compromiso con la Verdad. Entonces estaba exultante. No sabía que horas después, ya en Navidad, iniciaría el calvario: esa Navidad pasaría a ser Semana Santa. La alegría de la fe se helaría y rompería en frustración, en lejanía mortificante.
También entonces me expresé como mejor puedo hacerlo: escribiendo. Y deshilaché pulsiones que brotaban a machetazos del alma. Leyéndolo ahora, me entristece saber que todo sigue igual. Desgraciadamente, hoy no escribiría sino lo que hace 365 días derramé:
Ahí está, lo veo, lo acaricio sin llegar a rozarlo... pero se aleja. Siento el calor de la fogata, pero ésta se apaga. Mis mofletes se inflaman, pero no por estar rosados, sino porque se hielan. Está ahí, inalcanzable. Es el portal de Belén. Llegan de lejos. Pastorcillos, majestades, abuelos, vagabundos, mediopensionistas sin recursos, directores de Recursos Humanos de macroempresas... Todos, todos hacen su reverencia ante la Sagrada Familia. El Niño Dios se ríe a cajas destempladas. Se le ve feliz.
Y yo estoy fuera. Fuera, alejado, sin poder avanzar. Petrificado. “Un manotazo duro, un golpe helado”, que decía llorando Miguel Hernández a Ramón Sijé. Eso es lo que me ha derribado. Es Navidad, y yo estoy más lejos que nunca. Años y años hablando de ti, suplicándote acortar el camino, luchando porque mis amigos te vieran sonreír. Y hoy soy yo el que estoy al margen, simple y llanamente, fuera del camino.
Es Navidad. Aunque yo haya empezado a congelarme.
Me apago. Si al menos me sonrieras...
Aún abotargado, el mismo día, yo, que en la vida hice versos, completé la “ofrenda”:

Justo el año que pisé Belén,
el 2009 del cumplimiento del sueño.
Se cierra el año con tristeza.
Belén: de la cercanía al oasis.
Esto no es un poema,
no hay rima, ni versos.
Testifico defunción:
muerte del alma.
Tierra Santa queda lejos.
Belén fue ensoñación.
Llegó la culminación,
y la Navidad fue crespón.
Mortaja y ataúd.
Pasión y muerte.
No es Semana Santa,
porque no hay resurrección.
Es Navidad, triste navidad.
Perdón por el día.
¿Hay esperanza ante una Misa del Gallo que no será sino Jueves Santo? Rezo por la metamorfosis a Quien está clavado en la Cruz en este Gólgota apagado por el frío.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez