
No es hora de palmas alegres, sino de cante hondo, profundamente cálido, hasta quemar la garganta. El flamenco más puro y verdadero no puede ser sino melancólico. Y el de esta noche no ha de ser sino absolutamente triste. Ha muerto un cantaor. Ha muerto el cantaor. Ha muerto Enrique Morente. ¿Para siempre?
¡Que lo diga la noche de su Granada! ¡Que lo diga Lorca! Ahora, ahora mismo, siguiendo las notas que marca el compás de la luna alucinada, poeta abraza a poeta. La ceremonia de recepción transcurre en lo más alto, en las montañas dominadas por las estrellas, sólo allí, sólo allí... Sólo allí los ángeles bohemios, borrachos de la noche y las ansias de sentir, lloran escuchando los quejíos del primer concierto tras la muerte. El cantaor desnuda su sensibilidad inabarcable al ver a su Granada más bonita que nunca en esta noche que ya será eterna. Eterna, como infinito es el abrazo con Federico. “Tanto tiempo esperando, compañero...”. Palabra de poeta a poeta.
Palabra que sólo se escucha en silencio. Porque España, en esta hora, ha de guardar silencio. Es noche de luto y mortaja. Es noche de cante sin voz. Verdadero. Celestial.
Escucha, España, la voz silente y pura. Ha muerto Enrique Morente. Pero su voz, definitivamente desgarrada, nos susurra y acuna en esta noche que ya no acabará.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez