La hora de la verdad

La invisible belleza que también cubrió la Sagrada Familia

13.11.10 | 01:29. Archivado en Sobre el autor, Relatos
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Para la historia quedará el 7 de noviembre en que Barcelona, derrochando lo mejor de sí misma en una ofrenda a Dios que abarca ya un camino de tres siglos, vio consagrada como casa de Dios su expiatorio templo de la Sagrada Familia. Un hombre vestido de blanco, caracterizado por la timidez de su sonrisa, habló de belleza con mayúsculas. Aunque aún más elocuentes que sus palabras, fueron las propias imágenes, repletas de vida: todo en la ceremonia fue belleza. Sin embargo, llegada por su propia invitación, hubo otra belleza añadida e invisible. Y presente. La de un mundo paralelo, sensible hasta desgastarse por sentir.

No, no se vio, pero en el mismo espacio y tiempo que indicaba sol de mañana fresca, no había sino noche. Afuera, mientras la Escolanía de Montserrat extasiaba las entrañas del alma con su ‘Virolai’ a la Virgen Negra, lo que dominaba era la noche. La multitud, agolpada ante la fachada del Nacimiento, no era sino la soledad de un cementerio. Don Juan Tenorio libraba su combate final por la salvación de su ser. A un lado, Doña Inés, blanca y pura, venía cual ángel de Dios para hacer que triunfara el amor. A otro, la arrogancia y la desesperación de quien fuera siempre villano, mataban la oportunidad abierta a la fe. Al final, por un punto de contrición, cuando ya el último grano del reloj de arena marcaba las letanías y se cernían campanas de luto, llegó el agónico y exultante “sí”. Entonces, sólo entonces, el ‘Crec en un Déu’ abrasó los corazones de todos.

Dicen que las ocho torres, flechas que miran al Infinito, serán en un futuro diez más, coronando así la ruptura de las barreras del hombre de carne y hueso. Pero, más allá de la materia, el pasado domingo estuvieron todas ellas (las dieciocho) henchidas de espíritu. Cada una estuvo copaba por el ánima de un febril escriba. Allí estaban Neruda, Cervantes, Benedetti, Miguel Hernández, Rubén Darío, San Juan de la Cruz, Unamuno, Lope de Vega, Marañón, Fray Luis de León, García Lorca, Quevedo, Ortega y Gasset, Santa Teresa de Jesús, Valle-Inclán, Antonio Machado y Pío Baroja. Puesto que la charla era en castellano (y en catalán, por respeto a la feligresía local), se había designado para ocupar el último asiento, el de moderador, a uno de los más grandes allende de las fronteras hispanas: Oscar Wilde. La animada conversación radicaba sobre los pormenores de la conversión de Zaqueo, que había protagonizado la lectura del Evangelio. La cháchara se tornó en surrealista cuando Valle-Inclán aprovechó la policromía de los reflejos de la luz de la luna que, a través de las vidrieras, se desparramaban en las columnas arboladas para dibujar, con su imaginación, la ira de los fariseos cegados por el odio. Hasta los menos versados en los recovecos de la Sagrada Escritura vieron calentado su rostro por la risa, atenuada por un realismo melancólico.

Muchos metros más abajo, ante el altar desde el que se divisaba el edén visible, compuesto por luces celestiales, geometrías futuristas y piedras repletas de vida y fantasía, el hombre vestido de blanco dibujaba una sonrisa más abierta de lo normal: diríase que hasta cómplice. Jamás se sabrá, pero algunos pensamos que era el único mortal que percibía con claridad las escenas invisibles que, en ese instante, se desarrollaban en la paralela e invisible nocturnidad: Goya, en pleno ensimismamiento de inspiración, pintaba toros en oración; Jorge Manrique delineaba el canto quejumbroso por la sequedad del actual alma humana, henchida de previsiones macroeconómicas; Joaquín Sabina (los vivos también tiene ánima, y si es juguetona, se pasea a ratos por los espacios de camposantos) buscaba a su musa fugada en el metro de Tirso de Molina; Cicerón dictaminaba el ‘delenda est’ la hipocresía...

“Luces y sombras de un espacio alternativo (aquí y ahora), que reclama su anhelo de belleza de quienes, por haber comprobado en el vivir tras morir las máximas posibilidades del ser humano, queremos estar presentes en uno de los hitos que más han reflejado, en los últimos tiempos, las máximas capacidades de las gentes condicionadas por ser carne mortal”. Esto es lo que susurraba un orgulloso Antoni Gaudí, acurrucado ante su losa eterna en la Sagrada Familia, mientras contemplaba cómo su soñada creación alcanzaba su colofón al ser transformada en una sencilla y mayestática iglesia.

Como lo será ya por siempre, cuando los ya rutinarios terremotos del órgano sigan estremeciendo a las ánimas más sensibles.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

4 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por stavros 16.11.10 | 01:19

    A mí, que vivo fuera de España, me han comentado que el día de la visita a Barcelona el Papa Bene no se levantó muy católico. ¡Pobre! Saludos

  • Comentario por Miguel Ángel Malavia [Blogger] 14.11.10 | 14:27

    Señores, sólo había 18 torres... Aunque creo que hoy la presidencia de honor debería ocuparla Barelanga... No fue escritor, pero dibujó grandísimas historias. Me sumo al grito de dos periódicos de esta mañana: ¡Viva Berlanga!

  • Comentario por Juanan 14.11.10 | 00:26

    Y don Camilo José Cela, y Góngora que me parece que tampoco aparece, ni William chespir,..vamos que en esa reunión hubo muchas bajas.

  • Comentario por Ciriaco de Málaga [Blogger] 13.11.10 | 10:09

    Falta Calderón en tu relato, aquel que supo descubrir con Segismundo "que toda la vida es sueño, y que los sueños, sueños son".

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