
No suelo estar de acuerdo cuando de alguien, sobre todo cuando el halago proviene exclusivamente de un determinado espectro ideológico, se dice que era un luchador “por el pueblo”. Es una expresión preciosa, auténtica, pero encuentro que en demasiadas ocasiones se pervierte su uso, deviniendo en un simple populismo superficial y simplificador. Y mucho más ahora en que proliferan las llamadas “princesas del pueblo”...
Sin embargo, no se me ocurre modo mejor para glosar lo que ha sido Marcelino Camacho, el histórico dirigente de Comisiones Obreras, quien murió la pasada noche a los 92 años. Ayer tuve la oportunidad histórica de estar en su capilla ardiente, en el auditorio de Comisiones que lleva su nombre, frente al Prado. Dos imágenes, ante todo, me ratificaron lo que fue y significó. Por un lado, a diferencia de la mayoría de cadáveres, no llevaba puesto un traje, ni gala parecida. Tenía un jersey rojo, de lana, recio, sencillo, pobre. Y, lo mejor de todo, es que no era pretendida humildad, guiño demagógico: era la esencia de Marcelino Camacho, un sindicalista de verdad, de los de toda la vida, coherente y comprometido hasta el fin en la defensa de la clase trabajadora. La misma que desfiló ante él, personificada por muchas personas (la mayoría ya mayores) con las canas sin teñir, despeinadas, con ropa estrenada hace muchos años, y con el puño en alto.
No me extrañó (ni me molestó) este gesto, hoy, afortunadamente, anacrónico. Reflejo de una época, evidencia la trayectoria de Camacho: trabajador, ‘currela’ de verdad (a diferencia de los actuales líderes sindicales, nacidos ya liberados para el sindicato, él fue fresador y empleado en la metalurgia, además de luchador hasta el fin, fábrica a fábrica, calle a calle, por la defensa de derechos concretos; como refleja el que la mayoría de coronas fúnebres pertenecían a gremios laborales asolados por la precariedad), comunista consecuente, luchador antifranquista (en la Guerra Civil y durante el Régimen), preso durante catorce años en cárceles y campos de concentración de la dictadura, exiliado político...

Pero lo mejor es lo que hizo por la concordia en este país muerto Franco. Y he ahí la segunda imagen que me ha quedado grabada en su capilla ardiente: al lado de su ataúd, entre la bandera comunista, la de Comisiones Obreras y, en la otra parte, la de la II República, estaban las coronas enviadas por los Reyes de España y los Príncipes de Asturias. Ya no es sólo que hayan desfilado ante su cuerpo inerte los principales representantes políticos, sin distinciones de ideologías, es que el abrazo de Don Felipe a Josefina, su viuda, ha recogido otra imagen a guardar de lo que supuso nuestra Transición a la democracia, más de tres décadas después de su consecución: el bisnieto del rey expulsado por la República, el hijo de un Jefe de Estado impuesto por un dictador (y que se ganó a pulso su condición de monarca de todos los españoles), el sucesor que algún día será Rey, honrando a un obrero de Soria al que, tras el asesinato de Carrero Blanco, el búnker pedía que acompañara en el paredón al cardenal Tarancón.
Claro que es una época pasada. Pero se hecha en falta el temple, la responsabilidad, la moderación y la búsqueda de verdaderos consensos de hombres de Estado como Santiago Carrillo, Adolfo Suárez o el propio Marcelino Camacho, líder del multitudinario sindicato comunista en los años en que cualquier error podía llevar al despeñadero de otra guerra fraticida. Cuando la matanza de los abogados de Atocha, a mando de un comando de ultraderecha, dieron un valiosísimo ejemplo los miles de militantes que, a modo de manifestación en pleno centro de Madrid, enterraron a sus muertos en la contención y no la venganza. Cuando los necesarios Pactos de la Moncloa, Comisiones y la “hermana” UGT, encabezada por Nicolás Redondo (otro auténtico hombre del pueblo), fueron los sindicatos de la comprensión y la concordia. Fue un tiempo pasado. Duro pero político, entendido en el sentido de que la política es la búsqueda del mayor bien para el pueblo. Porque era eso. Lo era.
Con Marcelino Camacho se va un patriota (más allá de sentimientos, quien entierra los sectarismos y consigue abrazar la bandera de la República y la de nuestra Monarquía Constitucional, lo es de verdad) y sí, un hombre del pueblo, un luchador por el pueblo. Ojalá que su sencillo jersey rojo fuera un símbolo a seguir en estos días. Por todos.
¡Descanse en paz, Marcelino Camacho!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
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Julián Moreno Mestre
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