
El día que que una mujer admirable habría cumplido 100 años, quiero recordarla con un texto que escribí en este mismo espacio, con ocasión del décimo aniversario de su muerte, el 5 de septiembre de 2007:
Hoy se cumplen diez años desde que una mujer santa dejara este mundo terrenal y obtuviera el premio celestial. Y de esto no creo que nadie dude. Simplemente la contemplación de su imagen frágil, tremendamente envejecida y con un sonrisa en la boca mientras auxiliaba a los más desfavorecidos, es fiel reflejo de una verdad incuestionable: Teresa de Calcuta disfruta ahora mismo contemplando a Dios.
Aún hoy, una década después, Madre Teresa sigue siendo, en nuestro mundo en ocasiones tan desnaturalizado, el icono de la esperanza, la entrega y el amor sin límites. Y de la fe. Por mucho que algunos se empeñen en desvirtuar su condición modélica y referencial con la sombra de sus hipotéticas dudas espirituales. Es más, si dudaba en alguna ocasión de la existencia de Dios era ni más ni menos que por su condición de ser humano. Auténtico y absolutamente humano.
No conozco a ninguna persona que jamás flaquee en su fe, que siempre mantenga incólume su vigor espiritual. Yo al menos, lo reconozco, no soy un ejemplo en este sentido. Qué más quisiera que acercarme mínimamente a la suela de los zapatos de Teresa de Calcuta y los miles de misioneros que entregan su vida por el amor a sus hermanos. Para mí, al menos, no existe la más insignificante duda de que todos ellos tienen asegurado un premio infinito y colosal, el de la grandeza de la vida eterna.
Los humanos que habitamos este mecánico planeta en el año 2007 necesitamos gente así. Personas que antepongan el Amor a Dios y a todos los hombres a la vivencia de su propia vida. ¡Pero qué fácil es decirlo, como en mi caso, sentado plácidamente en una silla delante de un ordenador...! No, yo jamás seré como Madre Teresa. Y tal vez no lo sea nunca nadie a quien conozca. Por desgracia, no abundan los superhéroes. Superman ya no vuela y Spiderman ya no trepa por las paredes. Ya no hay nadie que salve el mundo de un solo golpe. Eso sí, hay unos pocos elegidos que en vez de increíbles superpoderes utilizan un único poder, el más grande: el Amor de Dios. Y lo aplican con humildad y sencillez en los enfermos, en los pobres, en los humillados... en los grandes amados por Cristo. Santa Teresa de Calcuta fue una de las elegidas. ¿Alguien lo duda?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
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