La hora de la verdad

Sorpresa nostálgica en una noche de mar

02.08.10 | 23:53. Archivado en Sobre el autor, Relatos
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Cercana la medianoche, no tengo necesidad de soñar: estoy, realmente, al borde del mar. A lo largo del año madrileño, anhelo los días que paso en un pueblo de la costa valenciana. Aquí soy feliz. Y aquí estoy, rumiando el trantrán de las olas, en el silencio de una noche fresca, casi sin estrellas. Recostado en la arena, en una soledad que parece inmensa: ante mí, el agua poderosa, por inabarcable. Sobre mí, el cielo que nos manda la lluvia y el sol. En este caso, gobiernan los rayos de una luna que se declara imperial.

No puedo negar que detrás de mí no está la naturaleza salvaje, sino la ruidina de la civilización: coches que pasan, con el bakalao de los malotes a tutiplén; convenciones vecinales en los bancos del paseo; cuchicheos y arrumacos de enamorados, escondidos en la oscuridad de la arena. Todo eso ocurre, pero yo, despistado por naturaleza, sólo tengo ojos y oídos para las olas.

Hasta que es un segundo cuando todo empieza a cambiar: un sonido salido de la profundidad de una cueva lejana interpreta una canción melancólica. Canta una musa, eso es seguro, aunque desconozco su condición y su origen, así como el color de sus ojos y el tamaño de sus senos. La incipiente sorpresa se hace estruendo del alma cuando, entre las sombras, diviso con claridad una procesión en extremo triste. Anclados a correajes y cadenas, cientos, miles, millones de presos políticos son obligados a marchar hacia el exilio.

Mis propios pies quedan amarrados a la arena. No puedo moverme. Sólo me están permitidos un grito y una pregunta. Optando por la segunda, les lanzo un quién, cómo, cuándo, por qué. He incumplido la norma de una sola cuestión, por lo que soy penalizado sin obtener respuesta. Sin embargo, las miradas de varios de ellos responden en silencio: son los exiliados de todas las injusticias de todos los tiempos y lugares. Un ángel caído, a espaldas de Dios, les obliga a vagar por los mares en noches como ésta.

Sin poder reprimir las lágrimas, ejecuto mi posibilidad de grito: “¡Libertad!”.

Escrito en la medianoche de Tavernes de la Valldigna (Valencia).

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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