
Una vez que he explicado, ya de forma sosegada, mis argumentos a favor de la tauromaquia, te pido a ti, querido amigo antitaurino, que trates de ponerte en mi lugar, y en el de todos los taurinos, e intentes pensar qué es lo que sentimos en una plaza; es decir, qué nos lleva a considerar un arte aquello que, centrándose exclusivamente en lo que se ve, sin mirar más allá, no es sino el contemplar cómo se hiere y se mata públicamente a un animal.

Me consta que a varios amigos y conocidos míos no les gustó el tono excesivamente vehemente con el que critiqué, el pasado miércoles, la prohibición de las corridas de toros en Cataluña por parte de su parlamento autonómico. Admito que, aunque pienso todo lo que dije, me pudo la pasión. Por eso, y porque creo que se logra más ofreciendo argumentos razonados, paso a comentar aquí algunas de mis ideas sobre este tema:

Que lo digan muy alto, a todo el mundo, los numerosos periodistas extranjeros acreditados esta mañana en el Parlamento de Cataluña. Que expliquen allende nuestras fronteras que aquí, en España, los representantes políticos de una autonomía han prohibido (sí, prohibido) una expresión cultural seguida, o al menos respetada, por un sector muy importante de la población, en Cataluña y en el resto de España. Obvia decir que no ha habido nada ilegal en el proceso. Fueron 180.000 firmas ciudadanas las que elevaron una propuesta que ha sido aprobada mayoritariamente por unas cortes. Legal, sí... pero cercenador de las libertades, indudablemente.


Quede por delante que yo siempre me he declarado gutista. Entre lo bueno y lo malo que tenía, siempre aposté por rescatar lo que en él era único: su capacidad de hacer magia con un balón de fútbol. Sin embargo, una vez que ha coincidido en el tiempo su marcha del Real Madrid con la de Raúl, tras toda una vida de ambos en el club, y ya que ayer me declaré abatido por la salida del Gran Capitán y no dije una sola palabra del de Torrejón, quisiera explicar por qué sólo considero que el fin del ciclo de Raúl es el que veo como único que atañe a la esencia y los valores del madridismo.

Hace un par de semanas no me podía creer que fuera real el escuchar esta frase: España es campeona del mundo. Su solo susurro me producía el éxtasis, el adentrarme en un sueño que, al fin, parecía que se dejaba tocar y acariciar. Hoy, me estremezco cuando oigo estas otras palabras: Raúl ya no es jugador del Real Madrid. Parece mentira, pero no lo es: Raúl ya no es jugador del Real Madrid.

“Llevo quince días borracho; he consumido media plantación de cannabis perteneciente al alcalde de Castañal de la Suera; he robado el cepillo parroquial de los curas del humilde barrio de la Desesperanza; he deshonrado al marqués de Pimpinela cimbreándome en una orgía a su mujer, a su hija y a su séquito de limpiadoras-amantes... ¿Desea algo más, su majestad?”. El bueno de Dorian Gray, pese a estar exhausto por cometer fechorías sin la tregua de una buena siesta, se sabía vencedor. “¿Puede superarme...?”, rió, al fin, desafiante.

En días como hoy resulta muy triste entrar en algunos portales informativos y comprobar ciertas miserias, individuales y colectivas, que atañen a nuestra Iglesia. Una de ellas ha sido la salida a la luz pública de las entrañas del espacio digital ‘Germinans Germinabit’, que ofrece su particular perspectiva del catolicismo en Cataluña. Sin entrar a valorar su posicionamiento, situado en el tradicionalismo, lo peor ya no es que esté formado en gran parte por sacerdotes diocesanos cuya principal acción no es otra que criticar al cardenal Sistach, arzobispo de Barcelona. No, lo verdaderamente nocivo es que lo han estado haciendo, en todo este tiempo, desde el anonimato.


El miércoles ya me di cuenta de que el sueño había acabado. La épica, colosal y apasionante victoria de España en el Mundial quedará para la Historia, pero la inmediata fuerza de su pulsión, desbordada de felicidad sin matices, ya entonces había acabado. Llegado de trabajar, encendía la tele y me topaba con el Debate sobre el Estado de la Nación. El ‘As’ y el ‘Marca’ ya hablaban en primera plana del nuevo Madrid de Mourinho, de pretemporadas y fichajes. Qué pereza... Temas que, en condiciones normales, me interesan más que mucho, ahora no eran sino usurpaciones que reventaban una burbuja de sonrisa ingenua, como cuando era niño. Por desgracia, de España ya sólo quedaba el gapo de un Piqué borracho de fiesta y la duda sobre si Casillas se casa o se rapa el pelo...

Era una batalla. Quienes en su día pasaran a la Historia como la Naranja Mecánica, traicionando su esencia, se habían convertido en la Charcutería Metálica. De Jong, Van Bommel, Sneijder, Van Persie,... cualquiera que llevara una camiseta holandesa tenía una misión: coser a patadas a los de rojo para que éstos acabasen desquiciados. Todo estaba en manos del trencilla inglés, un tal Webb. De él dependía frenar la carnicería. Pero optó por dedicarse a la charla en vez de a cumplir con el reglamento. Con éste en la mano, Van Bommel tenía que haber sido expulsado en la primera parte. Y De Jong, sencillamente, no debería volver a jugar más al fútbol. Su brutal agresión a Xabi Alonso merece una sanción acorde con lo que reflejaba su rostro: quería hacer lo que hizo.

Estoy roto. Física y emocionalmente. Pero, una vez gozada al máximo la gesta, necesitaba soltar el lastre de la tensión contenida y desplegarlo en una página que comienza en blanco. Son tantas cosas... ¿Por dónde empiezo? Tal vez porque tengo ganas de llorar. Porque soy muy feliz. Porque... porque... porque esto es muy grande... y no puede ser... Pero lo es: España es campeona del mundo de fútbol. Repito y me doy la cachetada en la cara: España-es-campeona-del-mundo.

Qué duda cabe que he vivido y tengo por vivir, espero, algunos de los días más importantes de mi vida. Sueño con casarme con la mujer a la que amo y tener hijos. Me muero si a alguien de mi familia le pasa algo. Por supuesto, eso es lo más importante de mi vida. Pero en lo deportivo, algo que vivo desde un apasionamiento radical,... no hay duda, hoy es el día más importante de mi vida.


Denuncio desde aquí la manipulación mediática. A los españoles nos han engañado. O, más bien, no nos han contado la causa de los hechos. Nos han contado los hechos –España se ha clasificado para la semifinal del Mundial tras ganar a Paraguay con un gol de Villa que tocó tres veces en el palo antes de entrar en la portería–, pero no su causa. La realidad es que ese balón, siguiendo el fatalismo ancestral de lo español, tras el triple toque de madera, iba a salir fuera. No iba a ser gol. Y sin embrago lo fue. ¿Por qué? Siguiendo lo indicado por mis fuentes consultadas, puedo asegurar que la realidad se encuentra en una de dos posibilidades. Ambas ocultas, invisibles.

Minuto 83. El partido agoniza. El malditismo de cuartos amenaza con desgarrarnos otra vez. Mano a mano de Pedro con el portero paraguayo. Ahora sí, vamos. Lanza escorado. El tiempo se dilata, se hace eterno, lento. Va, va, va dentro... Palo. No puede ser. No hay forma. Este partido contra Paraguay nos mata, como todos los anteriores en nuestros 80 años de Mundiales. Los fantasmas nos van a sumergir en sus sombras. Vamos a terminar llorando, como siempre.

Transcurridos tres días de escepticismo ante el poderío paraguayo por el influjo de la musa Larissa Riquelme, he vuelto a creer. Ha llegado el día. Asoman sombras de Cuartos malditos –Tassotti y las lágrimas rojas de Luis Enrique, Corea y el linier de Trinidad y Tobago–, pero no. Hoy es el día. Hoy es Historia. Este Mundial no se nos escapa. ¡Vamos, España!
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez