
Es 3 de mayo de 1808. Amanece, pero no sale el sol, sino que permanece la oscuridad. Cientos de madrileños riegan con su sangre el luto que se extiende por todo el monte de Príncipe Pío. Las estrellas, horrorizadas ante las matanzas del galo invasor, también se niegan a emitir los destellos de su luz evanescente. Decenas de sentimientos se cruzan en un segundo por la mente de los que se tapan la cara ante el pelotón de fusilamiento. Horror, miedo, oración, furia, odio, paz...
El olor a sangre y fuego impregna el aire maligno que a todos impide respirar. La muerte se presenta cercana, inminente. El corazón se acelera, a punto ya de estallar. Gritos, lloros, ruegos, lamentos... No hay piedad. La ráfaga de balas estalla en el corazón de la masa amorfa. Muertos, con el alma ida ya, todos parecen iguales. Sólo sus madres, hijas y hermanas sabrán poner cara al horror vivido.
Llorando, pinta la escena un aragonés universal. Comparte las ideas de los que empuñan las armas, pero su corazón está con los que se les ha ido el alma tras un estallido de sangre y fuego. Con sus compatriotas. Con los españoles. Firmará el lienzo inmortal Francisco de Goya y Lucientes.
PD. Escrito el 16 de noviembre de 2007.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez