

Coincidiendo con el tiempo en que nació este blog, tal vez un poco antes, comencé a escribir en la web literaria ‘Tus Relatos’. Allí he gozado mucho. También me he encontrado con muchos disgustos. Uno de los más grandes me lo ha recordado la lectura de ‘Recuerdos’, un texto de quien firma como Vice Vhön Khamy. En él dice añorar la edad de oro de la página, según él ya en decadencia.


Uno acostumbraba a conjugar el trote del potro con el arrastrar cansino del caracol. El camino de la fe es difícil, marcado por cotas de entusiasmo celestial y otras de descenso directo al inframundo. Unos ratos, sonrisas; otros, penurias. Y más cuando se es, a la vez, vehemente y apático, apasionado y distraído, radical y dubitativo, entusiasta y taciturno. Lo malo, querido amigo, es cuando no hay camino. Cuando estás fuera de la senda. Ahí llega la catarsis: la llama se apaga.

Sueño que es Madrid, que es San Isidro. Sueño que estoy en la Gran Vía. Que me acompañan la soledad, el silencio. Es de noche. Sueño, y me estremezco mientras lo hago, que a la altura de Montera, en medio del asfalto completamente cubierto por una alfombra azul, soy yo el dueño. Dueño de mi vida. Me la juego, juego con la muerte. Muleta en mano, toreo. Soy torero. Soy feliz. El morlaco que me acompaña en la danza pausada recorre con brío dulce el compás de un natural que discurre en la perfección del temple, despacio, muy despacio. Ahora, sólo ahora, suena de fondo una zarzuela: “Canta, mendigo errante, / cantos de tu niñez, / ya que nunca tu patria / volverás a ver...”. Es sólo ahora. Después, un segundo después, retoma el silencio.


Me da pena escribir esto. Soy un gran aficionado de ‘El Carrusel’, el mítico programa deportivo radiofónico de La Ser –¡ojalá se solucione lo de Paco González!–. He vibrado muchas veces con los goles del Madrid o de la Selección cantados en voz de Manolo Lama. Pero lo de éste ayer no tiene nombre. Horas antes de la final de Hamburgo de la Europa League, rodeado de hinchas del Atleti, no tuvo otra ocurrencia que dedicar, en Cuatro, su conexión en directo a humillar a un mendigo. Lama ha pedido perdón (lo que le honra), y ha aclarado que fue sin mala intención. Pero no valen las excusas. No tiene maldita la gracia promover que un conjunto de aficionados, entre risas, se dediquen a hacer como que le dan limosna a un sin techo a base de monedas, un móvil y una visa. Cosas que, al momento, concluida la “broma”, recuperan para sus bolsillos, claro.

El calor era insoportable. Después de toda una noche (ya eran las seis de la madrugada) sin parar de bailar y de beber cubatas como quien bebe agua, Sonia y Marta estaban destrozadas. Habían venido a la última disco de moda con sus respectivos novios. Pero la verdad es que ni una ni otra se encontraban ya muy a gusto con ellos. Desde hacía algún tiempo sentían que no había entre sí una verdadera complicidad. En cambio, este sentimiento por el que el alma se puede compartir, por el que se puede mirar al cielo y al fuego a través de los ojos de la otra persona, sí existía entre ellas. Al fin y al cabo eran las mejores amigas desde los doce años. Y ya tenían 23...

Madrid. Las Ventas. Clarines de fondo. Aunque este epitafio es para leerlo con ritmo de rap. Es 7 de mayo y hoy ha comenzado la Feria de San Isidro. Sí, éste es el rap sin rima ni pretensión:

Llego ahora a casa tras visitar la capilla ardiente de Fernando Fernán-Gómez. En el marco incomparable del Teatro Español, he vivido uno de los momentos que más me han impresionado en mi vida. Ante el cuerpo inerte del maestro, sentado en una butaca del teatro, no he podido hacer otra cosa que sacar mi cuaderno y plasmar lo que me pasaba por la cabeza en esos momentos. No se me ocurría mejor homenaje a su persona. Dejo aquí lo que he escrito hace unas horas:

Mientras estaban sumergidos en lo más profundo del sueño, Mohamed y Hamid fueron despertados con el estruendo de la brusca apertura de la puerta de su habitación, derrumbada de una patada. No les dio tiempo a reaccionar. Estaban desnudos, tumbados en la cama. Cuando, por instinto, hicieron un amago de incorporarse, uno de los tres barbudos que había irrumpido en la habitación les pegó sendos culatazos en la cara con su escopeta. Tras unos segundos de nublosa confusión, gritos aterrorizados y súplicas patéticas, los tres barbudos vestidos de negro obligaron a los dos jóvenes de veinte años a arrodillarse en el suelo. En ese instante, los dos amantes sabían que iban a morir. Habían cometido el gran delito de ser homosexuales y, tras ser descubiertos, iban a pagar por ello.

Es 3 de mayo de 1808. Amanece, pero no sale el sol, sino que permanece la oscuridad. Cientos de madrileños riegan con su sangre el luto que se extiende por todo el monte de Príncipe Pío. Las estrellas, horrorizadas ante las matanzas del galo invasor, también se niegan a emitir los destellos de su luz evanescente. Decenas de sentimientos se cruzan en un segundo por la mente de los que se tapan la cara ante el pelotón de fusilamiento. Horror, miedo, oración, furia, odio, paz...

Madrid, 12 de noviembre de 1811. La capital, al igual que el resto de España, se desangra en un combate desesperado, agónico y expiatorio contra las todopoderosas tropas napoleónicas. En las afueras de la ciudad, en lo más hondo de un camino perdido, Mariana permanece agachada ante un soldado gabacho. Él, con gesto de victorioso desprecio, se mofa de la fulana a la que ha pagado. Ella, como cada día, llora por dentro.

Clint Eastwood, del que no me gustaron demasiado muchas de sus películas como actor, me maravilla como director. Este fin de semana he podido disfrutar su última obra; dos películas diferentes y la vez complementarias (de hecho las rodó ambas a un tiempo) sobre la batalla de Iwo Jima, entre japoneses y americanos, ya en los estertores de la dramática Segunda Guerra Mundial. La primera, ‘Banderas de nuestros padres’, refleja la contienda desde el punto de vista de los americanos. Y la segunda, ‘Cartas desde Iwo Jima’, destaca la visión de los japoneses (algo inédito, que yo recuerde, en un director americano). En definitiva, dos puntos de vista de un mismo horror, de una misma tragedia. Me consta que el señor Eastwood se ha documentado muy bien para la realización de tamañas obras de arte. Pero también estoy seguro de que ha visto, in situ, ‘Los desastres de la guerra’, la magnífica serie de grabados de nuestro aragonés más universal, Francisco de Goya y Lucientes.
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez