La hora de la verdad

El torero fantasma de Atocha

26.12.09 | 18:54. Archivado en Sobre el autor, Relatos, Tauromaquia
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Hay quien jura que existe. Y ha de ser verdad. Aunque sólo para algunos, los que miran más allá de lo evidente. Se trata de algo excepcional: Madrid, estación de trenes de Atocha. De lunes a viernes, los días de tajo, a las siete en punto de la mañana. ¿Qué? ¿Quién? Un torero muerto, que cayó como un héroe, en una lejana plaza portuguesa. ¿Qué hace? Torea, claro. En las tinieblas, invisible para casi todos, torea al minotauro que lo mató.

Se trata de un espectáculo mayestático, yo lo he visto. Sólo a veces, los días que he ido triste a coger el tren. Y es así: toca el violín un rumano alto, de casi dos metros, con su cazadora roja, su sombrero y su gesto de pasión. Creo que son socios, pues el vivo visible crea el sentimiento propicio para el muerto cuyo arte es invisible. El torero, en medio del ‘hall’ al que conducen las dos bocacalles de metro que conducen al subterráneo, allí la obra.

Yo lo he visto: sólo hay muleta, nada de verónicas acapotadas, banderillas o espadas. No hay preliminares ni epitafios, tampoco sangre. Sólo muleta. Sólo naturales, sólo estatuarios, sólo pases de pecho. Ajustados, sobrios, sentidos, al compás de las notas melancólicas del violín. El gesto del torero es el de un buda. Parece un asceta, se diría que lo hace con los ojos cerrados. Tal vez lo haga para que no se le escapen las lágrimas, pues es evidente que llora. Quisiera que los transeúntes, en su mayoría gente con prisas y sin reparos, se detuvieran ante su arte. Pero nadie le mira. Y es que está muerto, y es que no existe... en lo que los vivos entienden por existir.

Pero ahí está. De lunes a viernes, siete de la mañana, Atocha, Madrid. No tiene nombre. Tal vez no fuera muy conocido este portugués. Pero es bueno. Y viste bien el traje de luces, lavada ya la sangre de aquel día por un tono de pureza pistacho. Sólo pide que le mires, la concesión de una oportunidad para que le admires. Si no crees en el arte invisible, pero aun así quieres intentar disfrutar de esta historia de amor, búscame el lunes que viene. Quedamos. A las siete, en el subterráneo de Atocha, nada más bajar del metro. Yo estaré al lado del violinista rumano. Tengo barba, ojos pequeños y estaré mirando al infinito. Sabrás quién soy. Estoy triste, por lo que seguro que lo veré. Preséntate y, si no consigues verlo, yo trataré de describirte cómo es su último pase hasta el más allá. Te emocionarás.

Nos vemos el lunes. Acuérdate, al lado del violín de notas melancólicas.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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