
Una noche de mayo, me encontraba en plena crisis de melancolía y abatimiento. En pleno ondear de banderas culés, tras el cataclismo del Triplete Maligno del “Copa, Liga Champions”, tuve que acudir al médico. Me recomendó mi droga favorita: la tauromaquia. Fue una mala tarde de San Isidro, pero me induje en la tradición ya secular y ahí me evadí de la realidad. Ayer fue el drama. La ilusión de un país a través de una ciudad se frustró con una palabra salida de la boca inmisericorde del presidente del COI, Jacques Rogge. Dijo “Río de Janeiro” en vez de “Madrid”. En pleno despertar en la frustración, hoy me he dicho: “Menos mal que tengo entradas para los toros”. Plaza de las Ventas, Madrid. Feria de Otoño. Cartelón: Aparicio, Morante y Castella. Con morlacos de Núñez del Cubillo. Si los Juegos Olímpicos equivalen a modernidad, desarrollo y “boom” de colores, la tauromaquia significa añejo, quietud y revolución de sensaciones. Madrid no tiene Juegos, pero tiene toros.
Jueves, 31 de mayo
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Ángel Sáez García
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín