La hora de la verdad

Y un cuento jerosolomitano

Eloira escrutaba el terreno poco a poco, aferrándose a una realidad que desconocía. Ciega desde los diez años, cumplía el sueño de su vida peregrinando hasta Jerusalén. Y los sueños se cumplen a la edad exacta: los 40 años. A Inés, su hermana mayor, se le encogió el alma cuando la dejó sola en la sexta estación de la Vía Dolorosa, dominada por una piedra que rinde recuerdo imperecedero a la Verónica y su paño tatuado con una sonrisa de lágrimas. Pero ése era el acuerdo: “Quiero estar tres horas sola en medio de Jerusalén. Guiándome por mi alma y nadie más. Si pasara algo, tengo el móvil. Pero hasta que me llames para recogerme, nada de nada, por favor. Tampoco me sigas. Tranquila, todo saldrá bien. Él me protegerá”.

Y allí estaba. Tras el abrazo protector y casi desesperado de Inés, Eloira respiró hondo. En esa primera impregnación, recogió el olor a especias del Bazar. Pronto se sorprendió escuchando el eco de su propio bastón sobre el suelo que un día sostuvo a un nazareno al que crucificaban por blasfemo. Por declararse Hijo del Dios del Amor. Contuvo su emoción y apretó el paso. Se guiaba por las voces que ofrecían rosarios (bazar cristiano), kipás (judío) y té (árabe). Hasta que llegó a una pequeña plaza y escuchó el nombre que anhelaba. Un guía español, calvo y con gafas, pronunció en su lengua la cita bíblica: “Jala, jala, ya podéis hacer fotos. ¡El Santo Sepulcro!”.

Con las pulsaciones a mil, Eloira se metió entre medias de los jóvenes peregrinos. Serían entre 50 y 60. Ya en el templo, le sorprendió escuchar un bullicio de rezos y cánticos que se cruzaban entre sí. Sonaban en diferentes lenguas. Su contenido también parecía ser divergente, casi como a modo de confrontación. Pese a todo, y sin saber nada de ningún tristísimo statu quo, ella notaba que todos los allí presentes estaban unidos por su común amor al que murió por todos. Siguiendo el rumor de la muchachada, con la ayuda del más musculado de todos ellos, quien además la llamó “reina”, pudo subir las escaleras que conducían al Gólgota. Coincidió el momento con el fin de una procesión de franciscanos. El incienso se metió en sus sienes. Cinco minutos después, estaba arrodillada ante un cilindro hueco por el que había que meter el brazo. Esforzándose, sostenida por una bella y sonriente musa llamada María José, logró rozar con sus dedos la piedra que culminaba el Calvario. Sus ojos secos derramaron las primeras lágrimas.

Descendiendo 25 metros a la izquierda, lo que hizo del brazo un chico de apellido italiano que interpreta en el teatro a Juan Pablo II y al Demonio, llegó hasta el Santo Sepulcro. Allí bien supo que no le hacía falta ver. La fuerza que irradiaba aquél pequeño espacio era brutal. Sentía con una absoluta claridad que ése no era un sitio de muertos, sino de vivos. Fue tal y como siempre lo imaginó. Sin ninguna imagen, un sentimiento. Era la verdad.

Tras despedirse del grupo, un terremoto pareció sacudir el suelo. Entonces, un beduino la montó de un trastazo en su borriquilla y exclamó: “¡Al Monte de los Olivos!”. Por el camino, que la llevó al otro lado de la Ciudad Santa, su salvador le contó que venía directo de Jericó y que, tras cruzar el desierto de Judá, sabía que tenía que acudir en su búsqueda. Él le habló de un ángel, pero Eloira no pudo evitar ser más pragmática y pensó en Inés. Sea como fuere, ya en la anochecida, estaba en Getsemaní. La fresca y suave brisa enrojeció sus mofletes al despedirse de Mohamed y quedar enclavada en el silencio solamente alterado por unos olivos inmóviles. A su lado, aunque ella no le viera, había un chico que apuntaba todo en su libreta. Escribía sobre el viaje de su vida, pero también estaba allí para ofrecer la crónica de una peregrina que veía con el corazón llamada Eloira. Jerusalén estaba ante los dos. En la noche. Se escuchaban minaretes y campanas de fondo, muy al fondo. Era idílico, hasta que un ring-ring fue el despertar del sueño. Ya eran las tres horas. Era Inés. Cinco minutos después, las dos hermanas se abrazaban y lloraban de alegría.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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