El rincón de las musas (VII): Leonor Watling
04.07.09 @ 16:23:58. Archivado en Sobre el autor, Relatos, El rincón de las musas

Son las cinco de la mañana. La traidora luz del día está a punto de iluminar la verbena del 17 de agosto de un pueblo perdido en la meseta castellana. Dicen que se llama Landete. Para Mario, el panorama es bestial tras siete copas de vodka con limón. Pese a que lo borroso es su vista, percibe al pelotón de perdidos que a su derecha botan orgásmica y desenfrenadamente. La patética banda contratada canta ‘Devil came to me’, el himno del Dover que se perdió, pero al que recordamos. Una morenaza de ojos verdes y escote ceñido se contonea con la mirada perdida frente a él. “No, esta noche no dormiré solo”, se dice para sí mismo en gesto triunfal.
“Pero antes, una meadita”, murmura mientras se abre paso a trompicones entre el beso de un pijo y un travesti. Es la noche de los disfraces. Y a veces se desparrama... Dando la vuelta a la carpa, a duras penas por la cogorza, llega hasta la puerta de la casa de la señora Vicenta. “¡Cómo me gusta mear aquí... para que mañana se lo encuentre la garrapata!”, se dice el muy cabrón. Hasta que, sin tiempo para arrepentirse o convertirse al vudú, escucha cómo una feroz y oculta mirada se posa en él. No, no es la morena del escotazo. Es una gata de forma humana. Preciosa, de mirada asesina y benéfica, con sonrisa de ángel negro y vestida con un traje de cuero. Dicen que se llama Leonor Watling.
Sin tiempo para reaccionar, la musa le rodea con sus guantes inmaculados. Y le susurra la letra de un fado portugués:
Trago fados nos sentidos
Tristezas no coração
Trago os meus sonhos perdidos
Em noite de solidão
Trago versos, trago som,
De uma grande sinfonia
Tocada em todos os tons
Da tristeza e da alegria.
Mario, hundido en la sintonía de versos que un día cantó Amália Rodrigues, la dueña de Portugal, ensimismado en la voz de la tristeza que sólo lo es para enamorar, no cae en la cuenta de lo que sucede a su alrededor: un coro de borrachos, bakalas y malotes, salidos de la verbena, bailan armónicamente el vals de la melancolía. Continúa la poesía susurrada:
Trago amarguras aos molhos
Lucidez e desatino
Trago secos os meus olhos
Que choram desde menino.

Mario no lo ve, pero la musa de cuero negro simula el porte de una muleta y da pases de pecho a los hechizados que salieron a por churros. Incluso el travesti y el pijo sucumben ante un estatuario inmortal. Él, enamorado de unos ojos, sólo escucha el rasgado de sus labios celestiales:
Trago noites de luar
Trago planícies de flores
Trago o céu e trago o mar
Trago dores ainda mayores.
Concluido con el amanecer maldito el ritual frente a la casa de la señora Vicenta, la musa, Leonor Watling, da un beso en la mejilla de su nuevo esclavo y se va. Como las diosas, esfumándose para siempre, dejando un llanto tras de sí.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA




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Por cierto, estos son los sueños que tienes... jejeje-.
¿Por qué hablas de Mario cuando todos sabemos a quien te estás refiriendo en realidad?
Cada vez que escribes por aquí con otro seudónimo es otra victoria para mí, sigue así.
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