
Eva es una proto-mujer de nuestra hora actual: soltera, independiente, gafas chic, mechas fashion victim, pintalabios hasta para dormir, escote de alucinación. Como “moderna” que es, “pasa” de su familia y de las tradiciones. Eva está ahora mismo asomada a la Gran Vía madrileña. Desde la habitación 114 de un hotel de lujo observa a niños que juegan, ancianos que ven pasar la vida y prostitutas que ejercen en Montera. “La vida sigue igual, por mucho que nos vendan la moto de que hoy es una noche de fiesta”, se dice. Ha pagado “un pastón” para darse “un homenaje” en esta noche “ñoña” en la que la muchedumbre “se deja llevar por la falsa sonrisa, por la apariencia de una felicidad que no se siente”. Va a vivir la Nochebuena sola. “Tan ricamente”, afirma con un inequívoco gesto lacónico.
Después de beberse su tercera copa de Burdeos y de fumarse su quinto canuto, se deja caer en la cama. Sin saber muy bien qué hacer en medio de su particular “fiesta”, opta por encender la tele. La primera imagen es un impacto: un anciano llora desconsoladamente. Tres minutos después, ha escuchado la historia de Pepe, un señor de 92 años, viudo y con siete hijos. Ninguno de ellos le ha llamado para ver qué tal estaba. En los últimos meses. Por supuesto, hoy cenará solo.
Eva se sorprende al comprobar cómo este testimonio le ha hecho llorar atropelladamente: “¿Por qué lloro? Al fin y al cabo, sé que estar hoy sola no está nada mal. Yo misma he pasado de historias familiares y me he lo he montado por mi cuenta...”.
Media hora después, un sonido inunda su habitación: ring, ring, ring... La llamada telefónica que le avisaba de que ya estaba listo su puré de dátiles y su faisán glaseado no recibe respuesta. A esa hora, Eva hacía un buen rato que había empleado ese mismo teléfono para llamar a la tele y pedir una dirección. A esa hora, Eva estaba comiendo una tortilla de patatas y pimientos con el bueno de Pepe. A esa hora, Eva era feliz porque, por primera vez, veía sentido a los villancicos que cantaba al son de la zambomba de un anciano feliz.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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SOPANDA.-que razon tienes...como una madre no hay naita en este mundo.-
En una época un tanto rebelde y contradictoria de mi vida, yo elegí la primera opción del artículo. Pero la vida...........ay la vida cambia el rumbo de la noche a la mañana y hoy en día no cambio estas fiestas de compañía de la familia por nada del mundo. Gracias a mis padres y en especial a mi madre por la paciencia que tuvo en aquella época y por todo el apoyo que todavía tengo en ella.
La amiga Luisa concluye así su comentario:
"A la salud de tantos hombres y mujeres que siguen caminando tras la estrella que nos recuerda que Dios está por aquí... Y a cantar... Feliz Navidad! Luisa".
FELIZ NAVIDAD!
¿Cómo puede pasarle a alguien desapercibido un milagro tan grande? ¿Cómo puede dejarse de ver a un Dios encarnado? Si hasta los peces en el río se echaban unos traguitos (de agua dulce, por supuesto) por ver al Dios nacido. Claro, ahora los focos apuntan a tantos sitios distintos que la estrella de navidad brilla poco. Y los peces se despistan... Pero la creación entera, con peces y ovejas, con mula y buey, con pueblos venidos de oriente y occidente, con todos sus seres, sigue siendo un reflejo del sueño de un Dios que tiene un proyecto para el mundo. Y la verdad, cuando se apagan las luces de mentira, sigue brillando la luz profunda de ese Dios niño que trae esperanza a los cojos, a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los tristes, a los pequeños, a los cansados, a los heridos, a todos…Por eso, estas navidades, como los peces en el río hacían entonces, echa un brindis a la salud del niño Dios, que últimamente la gente ya no se acuerda de brindarle nada. A la s...
miguel angel.-el post es maravilloso.pienso que esa historia sera una utopia.la foto es una indecencia,reirala por favor..ja ja ja
Jueves, 31 de mayo
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