
Soledad era una chica normal. Algo tímida y retraída, de ojos saltones y compactas facciones. Siempre pensó que sus principios eran sólidos e inquebrantables. Se sabía buena persona y no quería pasar por encima de nadie. Hasta que consiguió el trabajo que tanto quería... y todo cambió.
Desde el primer día vio en su compañera a la competencia a batir. Sabiéndola con más méritos y aptitudes que las suyas, pronto comprendió que tenía que jugar sucio. Y así, sin pensárselo dos veces, serpenteó cual víbora y tendió la trampa. Poco a poco, cada día, fríamente.
Finalmente llegó el gran momento. Ante el sumo sacerdote, en forma de jefe, llegó la hora de elegir: la traición o la dignidad. Optó, obviamente, por la primera: mintió, disimuló y traicionó a su compañera. Judas pasó a ser la víctima ofrecida en holocausto, mediante el vil arte de la falsedad. Por un plato de lentejas, regodeándose en su triunfo. Con cara de ángel, saldó su cuenta con los principios y ascendió al olimpo en el que sólo anidan los que perdieron el alma.
Desde allí arriba, por un segundo, dudó. “¿Me habré corrompido?”, se dijo. “¿Ha merecido la pena?”, se flageló. Fue sólo un segundo... “He vencido”, creyó creer, mientras moría para la verdad.
Dedicado a una de las personas que más quiero en este mundo y a quien fue su trepadora. Nunca olvidaré las lágrimas de la primera y la puerilidad de la segunda. ¿De verdad te mereció la pena?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez