La hora de la verdad

Don Juan Tenorio y San Manuel Bueno, mártir: la necesidad de creer

28.11.08 | 18:03. Archivado en Sobre el autor, Relatos, Reflexiones
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En la noche sevillana, el bar más castizo de Triana albergaba los estertores de un Don Juan Tenorio que, tirado en el suelo, echaba las tripas en un vómito infernal. Las pastillas de éxtasis habían hecho mella en su profunda melancolía. Sólo y aterrado, quería terminar con la agonía de una mala vida por la vía del suicidio. La turba veía con impavidez su muerte. En medio de la multitud, estaba sólo. ¿Sólo? “Jamás”, gritó Doña Inés, que tapaba la blancura sepulcral de su rostro bajo un manto de maquillaje azul y botas de tacón. La musa de la verdad apartó a los bulliciosos y se arrodilló ante el caído.

“Mi amor, he venido a por ti. De tu voluntad depende: creer o morir para siempre”, le espetó en un sollozo apagado. Don Juan, sentenció con acritud: “No, no puedo aceptar a un Dios que me dejó caer en el pozo de la duda. Yo quería ser libre, anhelaba volar... pero creía saber que mucho antes de la hora final ya habría de ser alumbrado por la esperanza de la certeza. Ahora es demasiado tarde. ¡No, no me subordino a un Dios en el que ni creo ni quiero creer!”. Esta última frase hundió el pulso de una Doña Inés que sintió la punzada del fracaso, mezclado su pánico con la tormenta del desamor.

Don Juan, orgulloso y sabiéndose miserable, comenzó a cerrar los ojos para encaminarse hacia el pozo en el que ya todo deja de tener color, olor y esperanza. “¡No, has de creer!”. Para asombro de todos los presentes, una voz hercúlea y sencilla, rompió la cadena irreparable. Era San Manuel Bueno, mártir, el sacerdote que no creía en la resurrección y que se callaba llegada la parte final del Credo. “Yo me consumí por hacer creer a los demás aquello de lo que conocía su inexistencia. Pero, amigo mío, sé que en algo no disimulé: hay que tener ganas de vivir, incluso después de morir. ¡Necesitamos la fe!”.

“¡¿Y para que creer, padre... en qué?!”, lloró un Don Juan con los ojos abrasados. “Porque si todos morimos del todo, ¿para qué haber vivido nadie nunca?”, respondió Don Miguel de Unamuno a través de la boca del santo ateo. “La Nochevieja en la que me sentía morir, en medio de una España que había comenzado a desangrarse cinco meses antes... comprendí que toda mi trágica lucha de agnóstico que quería creer... sólo podía tener como respuesta la necesidad: ¡Necesitamos creer! Cuando, pasadas las horas, unos hombres ensuciaban mi cuerpo muerto al enterrarme bajo unos brazos levantados al sol, yo ya era feliz porque nada de eso me importaba. Mi cuerpo estaba muerto, pero yo, al fin, no. Creí, me ofrecí a lo que necesitaba creer, pedí perdón por mis faltas... y viví. Con Él. Con el Amor. Eternamente”.

Esta última sentencia del profesor fue recogida con un soplo de agradecimiento por Don José Zorrilla, quien él sí, seguro de su propia fe, abrió la posibilidad de elegir a su criatura más díscola (y por ello más querida): “Tú tienes la palabra: mueres o vives. Rechazas o amas. Niegas o crees”. Con el “creo” solemne y convencido de Don Juan, las iglesias de toda Sevilla hicieron sonar las campanas de la felicidad.

A unos metros de la tragedia de la fe, en la puerta del bar, una anciana tocaba su organillo. Su gesto beatífico mostraba su total entrega al “sí” en la pregunta que Él le formuló hace muchos años. Sonreía. Y los niños que bailaban a su alrededor eran felices. En espera de la futura travesía del desierto de las dudas o el vacío, sólo imaginaban un futuro en el que la idea de Dios era una sonrisa que nunca se podría borrar.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por 21. Luis Enrique 01.12.08 | 02:58

    Menuda paja señor Malavia. Texto pajillero al cien por cien. No le felicito. En absoluto.

    Aprovecho la ocasión que me brinda su blog para mandarle un afectuoso saludo, que últimamente me tiene usted completamente abandonado. No le recordaré que recientemente sufrí una intervención quirúrgica, ni que estoy en el paro porque eso no le importa. Usted no tiene sentimientos.

    Larga vida a Carod-Rovira.

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