
Él era el ídolo de la afición. Un delantero a la antigua usanza: su disparo con la diestra (jamás tocó un solo balón con la zurda) era duro, brutal, demoledor, zafio, corrosivo, indigno, inmoral. La grada lo alababa sin cesar, hiciera lo que hiciera. Y él correspondía como la auténtica estrella que era: con arrogancia, engreimiento, endiosamiento.
Hasta que un día, ese mal carácter le hizo perder los nervios. Dirigiéndose a un rival que le había ridiculizado con un regate prodigioso, el ególatra respondió con un plantillazo en plenas vergüenzas. Para su sorpresa, el árbitro le sacó inmediatamente la roja. Humillado, buscó el consuelo del público mientras abandonaba el terreno de juego. Sin embargo, lo que esperaba como el habitual estruendo de ciego beneplácito de los incondicionales, se convirtió en la pitada de la justicia. De tan etéreo como se quedó su cuerpo acongojado, salió corriendo. Algunos aseguran que volaba cual pajarraco del demonio. El héroe había caído. Nunca más volvió a ser el niño mimado de la afición. Gracias a Dios.
Mientras el injusto se dirigía cabizbajo a los vestuarios, un jugador contrario, que sólo golpeaba al balón con el pie izquierdo, se rió del falsario mito derribado. En castigo a su prepotencia, el árbitro le respondió con una colleja. Risueña y candorosa, pero pescozón al fin y al cabo.
En estas, el descreído balón adoptó la pose del pesimismo centrista. Él, que quería ser el gol que entrara por el medio de la portería, burlando al portero que sólo creía en escuadras derechas e izquierdas, supo que jamás habría un killer que la metiera con la pierna del medio. La solución: desinflarse cual esperanza sin fe.
Fin del partido.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez