
El bullicio expectante del respetable ensordeció cuando la terna de las letras saltó al ruedo: Luis María Anson, Alfonso Ussía y G. K. Chesterton, salieron decididos a dar la vida por el arte en la plaza del marqués de Sade. Los periodistas monárquicos hispanos salían fumando en pipa, con el gesto fingidamente sonriente, disputando sobre cuál era la tenista a la que le sentaba mejor la minifalda. El british, con la mirada mística a la par que burlona, dilucidaba el modo en el hombre que fue jueves abandonó el Consejo Mundial Anarquista para ingresar en las hordas de la conversión petrina.
Los tres, innegablemente orondos, vestían trajes de luces de estilo goyesco postmoderno; esto es, daliniano con ínfulas de Armani. Presos del temor, el trío calavera esperó a que concluyeran los acordes del himno nacional de Latrocinandia, para rogar al presidente del festejo la excepción de someterse a la vez al reto a la muerte por asta de toro. Santo Tomás Moro, benévolo en la decisión, hizo sonar el silencio de las ballonetas, que dispararon mil banderas blancas.
Así fue como los toros y los toreros vieron finalmente indultado su destino. “Pero el espectáculo no puede abortarse de un modo tan indignante”, protestó Sarah Palin, metralleta en mano. Don Pelayo, temeroso de la Dama de Hierro de la hora más actual, optó por encalar sus velludos huesos en los lomos de un Babieca que hacía tiempo que había roto relaciones con el Cid. Huyó cual rayo procaz.
En medio de tanta vil cobardía, temerosa en el fondo del único Dios, la gesta rota dio paso a la retórica como espectáculo del consuelo, en medio del los pitos del estafado público. Cuando el presidente Barack Hussein cedió desanimado el atril imperial a la verdadera estrella (“el único que puede salvar la papeleta”), Pepe Blanco, éste redujo su discurso de la poesía a la contundencia: “La culpa de todo la tiene Aznar”. La muerte asustada de todos los presentes acabó con la bronca. El político del futuro, sólo en la plaza, salió sonriente por la Puerta Grande a lomos de Rocinante, quien se había pasado al bando de un Cid abandonado por su histórico cuadrúpedo equino.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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conozco al "tio calambre" pero, ¿al tio panceta?no se quien es!
Olé!! Y lo que echaba de menos a mi Saritísima... Ay, Landete... volveremos y la liaremos!!! Que tiemble el Tio Panceta!!
despues de muchos pero que muchos dias sin pasarme por aqui, me dispongo a hacerlo y que me encuentro??que se te ha ido la olla cada vez mas¡Que va, es broma, veo que has escrito mucho y muy bueno desde que no me pasaba...pero sin duda el mejor ya sabes cual es: de farra poetica por Estambultengo ganas de irnos de farra por Landete, eso si, no poetica(y no me recuerdes ese gran poema que dice: marimar marimar, no mires al mar..)Un Beso de tu saritisima¡
NO esta mal aunque has de reconocer, que es un poco extrano.
Absolutamente ninguna.
PD. Una pregunta: ¿los relatos han de tener moraleja?
¿Qué moraleja tiene este relato?
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez