
Mientras esperaba esta tarde en un pasillo de la universitas, libro de Sabina en mano, observaba un folleto que convocaba a un maratón de besos. Cuando de repente, una mujer que sobrepasaba holgadamente la cincuentena se acercó y me preguntó qué era aquello que miraba. Sorprendido, le dije que era simple “publicidad” (no era cuestión de contarle lo sugestiva que me parecía la foto del papel). Aún así, ella insistió en verla, por lo que se la regalé.
Sin embargo, lo que se podía haber quedado en un mero cruce de palabras, que al segundo siguiente ya habría olvidado, pasó a una sucesión de preguntas: que si tenía padres, que qué había comido hoy... Lo cierto es que por sus gestos desmesurados, su voz nerviosa y sus ojos entrecruzados, comencé a inquietarme.
Hasta que de repente, me dijo que alguien de su familia estaba “malito” en el hospital. Sin tiempo para nada, sonrió y me dijo: “tienes que querer mucho a tus papás y a tus abuelitos”. Después se dio la vuelta y dejando un rastro angelical, marchó con un entrañable y desacompasado andar a lo Charlot. No sé por qué, pero me quedé mirándola fijamente y sentí que a veces los ángeles son tan especiales que nosotros, torpes y duros de corazón, no hacemos sino retratarlos de “subnormales” o “locos”.
Cuando retomé la lectura del libro de Sabina me sentí tan triste como la propia seña de identidad del poeta ubetense, desengañado conmigo mismo por haber sentido inquietud en lugar de haberme interesado de corazón por saber el nombre de aquel ángel que me recordó tan tiernamente la receta a la que se reduce una parte esencial de la felicidad.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Ay, ay, ay, amigo Luis Enrique. Tan traidor tenías que ser que te fuiste del Madrid al Barça... Muy bien, piensa lo que quieras, pero hace un año tú y yo estuvimos en su concierto con Serrat; y sí, no me sabía todo su repertorio, pero sí vibré como pocas veces en mi vida. Pregúntale a los que de verdad me conocen y sabrás que tengo que contenerme para no meter en todos los escritos, de algún modo u otro, venga o no a cuento, al poeta que me produce emociones de verdad.
Por cierto, cuando quiero ir de progre defiendo a Rajoy. ¿No es así, Ciriaco?
Señor Malavia, cada vez entiendo menos su afán por sacar el nombre de Sabina en cada uno de sus artículos, la mayoría de las veces sin venir a cuento. Creo, sinceramente, que lo hace usted simplemente porque 'queda muy progre', sin más motivos. Es más, me atrevería a asegurar -y sabe usted que lo hago con conocimiento de causa- que no sería usted capaz de decir cinco títulos de canciones del maestro de Úbeda, ni tan siquiera de tararear medio estribillo. ¿Me equivoco? Déjese de rollos señor Malavia, déjese de actuar de cara a la galería, deje de fingir ser la persona que no es, compórtese como ese verdadero Malavia al que conozco desde hace ya bastante tiempo: hortera, depravado, apostólico, deleznable. Las caricaturas de uno mismo nunca son el buen camino. Saludos.
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez