
Al entrar en la estancia en la que el eco huele a vacío, sólo se escucha el silencio. Parece que te vas a asfixiar, hasta que ella viene a tu auxilio. Es entonces cuando la sangre retoma el surco constante de tus venas y el color rojo vuelve a tus mejillas. Es entonces cuando, de fondo, poco a poco, se empieza a abrir paso la copla desgarrada de una negra agitanada que nació en Mallorca.

Fue en Somalia. Ayer. En el siglo XXI. Asha, amordazada, entró a base de golpes, bastonazos, escupitajos e insultos al cadalso: la plaza de la portuaria Kismayu. La turba clamaba por el justo castigo a infringir a la que había pecado con el crimen del adulterio. La ley paralela, la irreligiosa de unos barbudos, es la que rige en el mundo de lo abominable. Para disfrute de los que poblaban ayer el recinto público. Para silencio y oprobio del resto del mundo. ¿Lo veremos hoy en las noticias?

En las sillas de la muerte estaban sentados los siguientes suicidas: Manuel, un fontanero arruinado que buscaba un pelotazo salvador; Sara, una pintora que sólo deseaba morir; y Gonzalo de Paula, un conde hedonista y aventurero que sólo deseaba vivir nuevas sandeces. De testigo, tratando de evitar la tragedia, Don Esteban, un sacerdote jubilado que vigilaba la salud del noble desde que era un adolescente malcriado y se lo encargó la vetusta condesa madre.

Un pueblo cualquiera en un día cualquiera. Eso sí, la estación: verano; la hora: las cinco de la madrugada. Cuando Tomás salió al descampado, cubata en mano, miró a toda prisa en busca de un rincón escondido en el que poder mear. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, y la verbena estaba hasta los topes. La mayoría eran “extranjeros”, como él, que venían de Madrid o Barcelona, a donde sus padres se marcharon poco antes de que ellos nacieran.

Un gato con la cabeza aplastada yace sobre la carretera, saltando su sangre a chorrillos depresivos y menguantes. Una anciana sale a recoger la basura, harta de estar sola, por el simple hecho de recibir la niebla de la calle. Un quinceañera está sentada en la sala de espera de una clínica abortista. Está aterrada: tiembla de frío y de miedo y de dudas y de odio, pensando en el hijoputa que la preñó y para el que hoy ya no es ayer.

Mientras esperaba esta tarde en un pasillo de la universitas, libro de Sabina en mano, observaba un folleto que convocaba a un maratón de besos. Cuando de repente, una mujer que sobrepasaba holgadamente la cincuentena se acercó y me preguntó qué era aquello que miraba. Sorprendido, le dije que era simple “publicidad” (no era cuestión de contarle lo sugestiva que me parecía la foto del papel). Aún así, ella insistió en verla, por lo que se la regalé.

‘Madrid me mata’, decía aquél. ¿Madrid cómo sinónimo de muerte? Imposible: Madrid es la vida; jodida, fría, aterradora, brutal, despiadada... pero la vida. Madrid es una mujer que se arrastra en el vagón del metro pidiendo misericordia; Madrid es la calle del Carmen, con sus surfistas, sus apologetas del cambio climático recaudando firmas, su iglesia humeante de incienso y fe, los peligrosos aseos masculinos en el Fnac, los mariachis, los violines, la voz a capella de un mañico calvo cantando jotas a la Pilarica...

Ayer por la mañana ya había oído hablar en la prensa de la constitución en Madrid de una asociación de inmigrantes africanos sin papeles, lo que me admiró de la valentía (consecuencia de la desesperación, lo sé) de unas personas que daban la cara públicamente en la defensa de sus derechos. ¿La consecuencia de ser públicos? Por desgracia, el conocimiento por parte de la policía de su situación de ilegalidad. ¿El precio? Ayer mismo, tras la rueda de prensa, uno de ellos fue arrestado.

Hoy seré muy breve. Sólo quiero dejar una reflexión acerca de la polémica frase de Rajoy según la cual definió el desfile militar de la Fiesta Nacional como un “coñazo”. Muy bien, tras la frase de marras (pillada, por cierto, en el descuido de una conversación privada), todo el mundo se ha rasgado las vestiduras criticando al “falso” del líder de la oposición. Nada que objetar.

Hoy se ha confirmado algo que muchos venían anunciado desde hace tiempo: Don Jesús Catalá abandona Alcalá de Henares y será el nuevo pastor de los malagueños. Supongo que hoy es un día muy especial para usted, pues al fin y al cabo abandona una diócesis en la que ha vivido una parte muy importante de su vocación sacerdotal. Alcalá de Henares. Mi diócesis.

Acción: Acaba de hacerse público que 50 de los banqueros y empresarios más importantes de este país cuentan en sus hogares con personas negras, traídas directamente de Angola, que emplean como esclavos en sus hogares. Privados de toda libertad y sin ningún tipo de derecho, los negros limpian, cocinan y bañan a sus hijos. En caso de que alguno de ellos no cumpla apropiadamente con algunas de sus obligaciones... latigazos hasta decir basta. O hasta morir. Su remuneración: evidentemente, cero.

Javi no sabía muy bien qué hacía allí y cómo se había dejado convencer por sus compañeros de trabajo. Ese día se había hecho tarde por el inventario y él estaba realmente cansado. Pero cuando Juan y Sebas le dijeron que se fuera con ellos a tomar una copa “y lo que se terciara después”, se animó rápidamente, pues no quería acostarse y volverse a despertar para ir nuevamente al trabajo. Necesitaba “cambiar el chip”, y para ello nada mejor que algo de marcha, de las “emociones fuertes” prometidas por sus compañeros; de los que intuía por sus cuchicheos que tramaban “alguna” a sus espaldas. Aunque no le importaba lo más mínimo, pues presentía que le iba a gustar conociendo a ese par de golfos.

Ayer comenzó en Alcalá de Henares el I Congreso sobre la Familia que celebra la diócesis en su joven historia. Tras su inauguración a cargo del obispo local, Jesús Catalá, los cerca de 400 asistentes que allí nos concentramos escuchamos una interesante conferencia del cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, que giró en torno al matrimonio.

La noche caía ceñida sobre Estambul, la puerta monumental al mundo de la sabiduría incensada. El silencio era tal que hacía daño a los oídos. Todos los de túnica y barba dormían plácidamente, en espera de la oración mahometana al albor de la primera luz. Hasta que algo rompió la paz. ¿Algo? ¿Alguien? No se puede asegurar a ciencia cierta, pero unos femeninos ojos negros envueltos en un pañuelo dirían más tarde que lo que acabó con el nirvana mágico fue una voz golfa, crápula, que se reía a carcajadas. “Todas las noches son noches de fiesta... para Chavelita y para mí”, gritaba el poeta canalla del brazo de una hembra de tez arrugada, traje apaisado y dos pistolones arraigados en la cintura. Sí, eran Joaquín Sabina y Chavela Vargas... llegados directamente desde Madrid, siempre Madrid.
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez