
La imagen difundida hoy en la portada de todos los periódicos pone los pelos de punta. Pero en este caso por un estremecimiento a flor de piel, de los que conmueven las entrañas. De espaldas, caminando como dos buenos amigos, Juan Carlos I y Adolfo Suárez. El baluarte de la Transición y el patrón que condujo a buen puerto ese difícil barco. Se trata de un momento histórico, digno de quedar grabado a fuego y lino en el ajuar de la Historia de España. Al fin y al cabo, se trata del reencuentro del Rey y el primer presidente de gobierno de nuestra reciente democracia.
Sin embargo, es mucho más que eso. Por debajo del oropel, rasgando en las entrañas de la foto, vemos a dos personas. Simple y llanamente. En su tiempo fueron muy cercanos el uno al otro. Todos coinciden en que fueron algo más que eso: amigos de verdad. Sin embargo, hoy ya no lo son. De hecho, uno de ellos ni siquiera sabe quién es el otro. Al igual que no sabe quién es nadie. ¡Maldito alzheimer!
¿Qué debe de sentirse ante una persona que lo ha sido todo, que huele a Historia, y ni siquiera tiene conciencia de ser el que un día fue? ¿Qué pensaría el Rey de España ante todo un Adolfo Suárez que ya no es sino un niño? Pero un niño sin recuerdos, sin acumular los malos momentos, con una pureza inquebrantable que te impide crecer para siempre.
En la foto no se observa el rostro de ninguno de los dos. Casi mejor. Así la imaginación nos lleva a la intuición, hasta comprobar sin ver lo que sin duda fue: Un rey que no era rey, sino amigo. Un amigo que ni siquiera sabía qué significaba aquello de ser “amigos”. Pero ante todo, el gesto cariñoso, la dulzura, la ternura, la lealtad hasta el final con el que lo fue siempre contigo... Esa mano real sobre el hombro del amigo que nunca volverá hace que hoy me sienta mucho más orgulloso del rey que por la gracia de Dios y de la Democracia reina sobre todos los españoles. Gracias por dar en vida el abrazo de España a Don Adolfo Suárez. Antes de que se muera. Aunque ni él lo sepa.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Los comentarios para este post están cerrados.
Sólo hay una enfermedad aristocrática: la gota.
El azheimer es una enfermedad muy democrática, afecta a todo el mundo por igual. Desde jefes de estado, presidentes hasta al abañil o al barrendero. Todos llegado un momento podemos ir cayendo en ese fondo negro oscuro sin fin y no acordarnos ni de cuando fue la última vez que miramos el reloj hace un minuto.
Nada, a veces también el látigo se convierte en corrector. Abrazo
Perdón por la errata. Lo sabía, pero me confundí. Gracias por el aviso.
Parkinson no, Alzheimer.
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez