La hora de la verdad

De Juana Chaos y la Conciencia

17.07.08 | 18:28. Archivado en Sobre el autor, España, Relatos
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Tras su última “hazaña”, el criminal estaba realmente satisfecho. Volver con la cantinela de la huelga de hambre a dos semanas de salir en libertad era, como a él le gustaba repetir, “para tocar los cojones”. Ya era media noche y estaba francamente cansado después de un larguísimo día dedicado a pensar única y exclusivamente en cómo causar más daño a la sociedad que le rodeaba. “La puta España”, como solía refunfuñar entre dientes ajados de los que chorreaba sangre. O al menos así le gustaba a él imaginarse.

El cerdo, tumbado en la cama, se relamía de gusto pensando en los rostros de sus víctimas. De sus 25 víctimas. Ese era su alimento. A la misma hora en que otros rezaban a Dios, él se dirigía a la deidad de la Maldad. Pero poco antes de cerrarse sus párpados, una voz llamó a De Juana Chaos. “Iñaki, Iñaki, ¿pero cómo eres tan cabrón?”. La bestia, sobresaltada, respondió vorazmente: ¿Y tú quién eres, vieja chocha?”.

A pesar del insulto, la Conciencia había decidido hacerse visible ante el ente que más se había alejado de ella a lo largo de su existencia; esto es, desde que existió el primer hombre. La Conciencia, acostumbrada a batallar con personajes macabros de la talla de Pol Pot o Mussolini, se encontraba realmente aterrada ante la capacidad del mal que había en ese ser tan asquerosamente nauseabundo.

Vestida con una túnica multicolor transparente, ésta le dijo: “He clamado sin conseguir que me hicieran caso ante auténticos monstruos a lo largo de todos los tiempos. Aún así, con todos ellos, al menos, he discutido. Al menos, cada uno de estos tenía un mínimo de gris. Debes de saber que cada persona comprende en su ser un punto exacto de la gama entre el blanco y el negro. El blanco es la bondad, siendo la pureza Dios. El negro, por el contrario, es el mal más absoluto. Por mucho que digan, el Diablo no viste de rojo... Todos los hombres, en definitiva, están entre el blanco y el negro. Todos son grises, unos más claros y otros más negros. Los hay de todas las tonalidades posibles. Pero tú, tú...”. “¿Yo qué, mala bruja?”, cortó en seco el puerco.

“¡Tú eres negro, negro negrísimo!”, clamó la Conciencia. Tras unos segundos de silencio y tensión, la Conciencia creía que su misión podía culminar en éxito, al observar la perplejidad en el rostro del ser inmundo. No se lo había dicho aún, pero Dios, alarmado ante la total negrura de un alma humana, trató de hacer un acto único y, respetando el libre albedrío de todo humano, le dio la oportunidad de hacerle saber que tenía la oportunidad de arrepentirse de todos sus males. En ese caso, estaría perdonado verdaderamente.

Todo esto se lo dijo finalmente la Conciencia con la mirada. Él, con los ojos entreabiertos, mantuvo su silencio algunos segundos más. Realmente parecía meditar. Hasta que levantando el puño y la mirada colérica, rompió toda calma y gritó: “¡Y una mierda! ¿De dónde eres? ¡Seguro que eres española! ¡Pues a la mierda!”.

Así, con ese gesto de odio, despidió a la que fue su última oportunidad ante la eternidad. Él, consciente de esto, se dijo eufórico: “Con dos pelotas, ¡todo por Euskal Herría!”. Ese día, aunque aún tardaría mucho en comprenderlo, se murió por dentro definitivamente. Como muchos otros que se iban a la otra orilla con un ostentóreo “todo por la patria”, orgullosos de morir matando. Pero el, sólo él, con el “honor” de ser el único negro, negro negrísimo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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