La hora de la verdad

La injusta mirada del asesino

15.07.08 | 20:14. Archivado en Sobre el autor, España, Relatos
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Jamás olvidaré ese maldito día. Eran las seis de la mañana y salí corriendo del portal de casa, pues llegaba tarde al trabajo. Sin embargo, cuando apenas había cruzado la esquina de la calle, retumbó el suelo y caí de bruces contra el mismo.

Según me incorporé, tras unos segundos de aturdimiento, comprendí qué había pasado. Una tremenda explosión había sembrado de terror mi particular contexto, mi barrio. ¿Y mi casa? Con los más negros presagios corrí... y lo vi. El coche de mi padre estaba destrozado y lo que quedaba de él se consumía por las llamas. En ese instante grité, lloré y creí morir. Supe que el segundo que seguiría a aquél, hasta el final de mis días, estaría ya marcado por ese maldito momento. Sin consuelo posible, clamé venganza y lloré por que los asesinos de ETA murieran en la cárcel. Todos y cada uno de ellos.

Sin embargo, nunca pude imaginar que la desgracia se haría mayor e insoportable solo unos años después. Un día, ya casado y junto a mi mujer e hijos, acudía al que siempre sería mi hogar a ver a mi madre, vestida con el luto eterno. Fue al girar la esquina, aquella malvada esquina. Subí la vista y entonces le vi. Era él. El asesino de mi padre. Poco después de su vil acto, el etarra homicida fue detenido por la policía. En mi casa quedamos satisfechos, pues creímos que jamás volvería a pisar la calle. Pero nos equivocamos. Ahora, recobrada la libertad, volvía a su casa... ¡vecina a la de mi familia! Si entonces hubiera sabido que ese mal nacido era lo que era...

Me quedé parado, helado, ante él. Sin saber qué hacer. Al instante, él me vio. Y el muy hijo de puta sonrió con gesto burlón. Me lo dijo en el más absoluto silencio, clavando sus ojos en los míos: “Mírame bien a la cara, a la carita. Yo soy el que mató a tu padre y a partir de ahora me vas a ver mucho por aquí. Ojalá que todos los días”. Sin abrir la boca, con gesto triunfal, entró en el portal y cerró la puerta. Y yo me sentí el mayor desgraciado de este mundo.

Gracias a Dios esto solo es un relato. Por suerte, mi familia está bien y jamás he tenido frente a frente a una de las alimañas de ETA. No, no he visto nunca a De Juana Chaos. Jamás he sentido el escalofrío de su mirada asesina. Pero hoy siento muy de cerca la auténtica desgracia de las cinco víctimas de ETA que tendrán que convivir a escasos metros con el maldito hijo de puta que desde ahora será su vecino en la ‘Calle Carlos I’ de San Sebastián.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA


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