La hora de la verdad

Nuestro relato: ‘Divagaciones alucinógenas de un grupo muy peculiar'

10.07.08 | 22:45. Archivado en Sobre el autor, Relatos
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Y como lo prometido es deuda, aquí está nuestro relato. Ha sido un juego en el que he disfrutado mucho, al igual que espero que lo hayáis hecho también vosotros. Es una historia elaborada por nueve plumas diferentes, a base de tirones y cambios de ritmo espectaculares. Es un poco (o bastante) loca, pero creo que precisamente eso es lo que, por encima del valor literario que pueda tener o no, importa de verdad. Hemos sido nueve amigos que hemos contado una misma historia, quedando ya para siempre José, Sofía y el segurata de gorrilla como personajes absolutamente nuestros. Por ahora, Ciriaco de Málaga y Joaquín Sabina escapan a nuestro poder imaginativo y son personajes de carne y hueso. ¿O no? Descifrarlo puede ser el inicio de la que podría ser, algún día, nuestra segunda historia...

Eran las seis de la mañana de un día que se presentaba crudo y áspero. Sofía, meditabunda, paseaba en la más estricta soledad por una ciudad que algunos conocen como Madrid. Su gesto triste resplandecía oscuro en mitad de la luz que ya empezaba a alumbrar...

El eco de sus tacones inundaba la calle, mientras el de sus pensamientos le aturdía. Las sombras de la noche dejaban paso a la incertidumbre, la luz del día empezaba a mostrarle su realidad reflejada en las baldosas de esa céntrica avenida. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación?

De pronto alzó la mirada y se encontró frente a frente con la Cibeles. Nunca hasta este día se había parado a mirarla con tanto detenimiento, nunca había reparado en ella de esa manera tan vívida. La miró de arriba a abajo, de izquierda a derecha, la rodeó con su mirada. Admiró su belleza y se quedó pensativa, muy pensativa... “Parece una reina”, se decía. “Sin embargo, he oído decir que era una diosa... ¿existirían las diosas realmente?”. "Pero la verdad es que parece una mujer real, la estatua de una mujer real, de carne y hueso, como yo, muy bella, pero una mujer al fin y al cabo, como yo. Sin embargo yo... mírame, mira mi aspecto, mira mis ojos, mira mi ropa, mira mi vida... Estoy en lo más bajo..., en el último escalón, bajo el nivel de la ciudad, bajo las vías del metro, en las cloacas, en el inframundo...”.

“...Y ella... ella se eleva, altiva y con elegancia, sobre el suelo de Madrid. Está sola, como yo, pero arriba, con poderío, con aire de superioridad y de seguridad... Subida en su propio vehículo, en su precioso carro... no tiene que pagar a ningún taxista, ni siquiera comprarse un billete de metro. Con sólo abrir su boca y dar una pequeña orden, es obedecida por los dos leones que tiran de su carroza. Dicen que el león es el rey de la selva y sin embargo, aquí, en la ciudad, en Madrid, es el súbdito, el chofer de la Cibeles...”.

Sorteando el tráfico del Paseo del Prado, Sofia cruza desde el Banco de España hasta el edificio de Correos, dejando atrás la hermosa postal que forma la Gran Vía. Según sube la calle de Alcalá se esfuerza en levantar la cabeza para observar la Puerta de Alcalá, donde siglos antes madrileños de todas las clases defendieron la ciudad ante el ejército imperial napoleónico; mientras, sus tacones le pesan cada vez más y le hacen tropezar. Las fuerzas le flaquean y parecen impedirle alcanzar su destino, el Parque del Buen Retiro...

Decide aminorar la marcha y caminar más despacio. Se detiene un momento a contemplar tan majestuoso monumento levantado en 1778 por el rey Carlos III, según reza en la lápida en el frontón de la puerta principal. Sofía entonces decide continuar, esta vez sin prisa, cruza el paseo de Alfonso XII y se adentra tras la gran puerta del Parque del Buen Retiro en busca de aire fresco, la sombra bajo algún árbol, preferiblemente un banco, y una botella de agua mineral para saciar su sed veraniega que la asfixia.

Sin embargo, a pesar de que su intención era beber agua, al final cae en la tentación que había tratado de evitar toda la noche. Apoyándose sobre el árbol, saca su petaca del bolsillo de la cazadora y engulle con voracidad un largo trago de vodka. Cinco minutos después, con la petaca acabada, ya empieza a sentir el sopor y el mareo. Parece que va a caerse, pero una presencia repentina la hace percatarse de que no está sola. "No puede ser", exclama con pálido rostro, "eres tú..."

"En realidad nunca me fui de tú lado", responde esa voz. A Sofía se le disipa el mareo y el cansancio. De pronto esa afirmación la devuelve de golpe y porrazo a la realidad. Suelta la petaca, abre los ojos y descubre a un hombre de mediana edad con el pelo largo gris, los ojos verdes hundidos y tristes, un bigote descuidado y con barba de muchas semanas. Sí, es él, con quién una vez compartió techo y lecho y hacía el amor cada día.

"Pero sí, sí... sí te fuiste", respondió ella. Llorando. "Jamás olvidaré el día en que llegué a casa y estaba completamente sóla. ¡Sóla! ¿Me entiendes? ¿Cómo lo vas a entender? Tú siempre miraste única y exclusivamente por ti mismo...".

José, atusándose el descuidado bigote, nervioso, sólo acertó a balbucear estas palabras:
"Tú, tú... nunca lo entenderías, Sofía, tenía que marcharme para no hacerte daño”.
”Yo te quería, habría perdonado cualquier tontería que hubieras hecho", contestó Sofía, sin creerse todavía que el que un día creyó que era el hombre de su vida, estuviera de nuevo frente a ella. "No, no lo hubieras comprendido, pero eso ahora no importa, mi amor, he venido porque tengo que contarte algo importante", dijo José mientras dirigía su triste mirada hacia el suelo.

"¿Importante?, ¿qué más puede ser tan terrible, no solo dejarme sóla, sino además con el marrón de los recibos del agua, la luz y el teléfono sin pagar?... Solo tuviste narices para dejarme una nota en la que decías que te ibas a por tabaco. Y yo ingenua te esperé, durante días, meses... pero ya me cansé de esperar. Me desesperé y decidí olvidarme de ti, de tus caricias, de tu voz, tu mirada, las noches de loca pasión desenfrenada, de tu aliento a ajo”, concluyó ella.

José no se contuvo más: "Algo importante como decirte que me cansé de huir, de vivir escapando de un callejón sin salida como es tu recuerdo, desesperado de acostarme cada noche sintiendo tu calor a mi lado. Algo tan importante como decirte que aunque me empeñe en negarlo, en el fondo no hay nada que más desee que hacer lo que me pidas".

Sofia, al oír estas palabras se acordó de los leones de Cibeles. Un largo silencio se interpuso entre los dos. José siempre había sido el rey de su casa y ahora, como esos leones, dócil y obediente, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que ella le pidiera.
Sofía dudó por unos instantes, pero enseguida pensó que debía aprovechar la situación, ese reencuentro, para solucionar aquello que tanto le estaba amargando su maldita existencia desde hacía cierto tiempo. Pero... ¿cómo decirle, cómo explicarle...? Él estaba dispuesto a hacer lo que ella le pidiera, pero...¿cualquier cosa...? y ¿a qué precio?
Sofía se quedó pensativa por un momento rumiando en su cerebro un plan para convencer a José de hacer aquello que ella tanto deseaba (para acabar con ese infierno que era su vida) pero de lo que no se consideraba capaz. La mano de José ofreciéndole un paquete de cigarrillos la hizo volver en sí.

Sofía sabe que todo llega al final. Buscando su destino, con la mirada en el vacío, enciende un cigarrillo y exhala una profunda bocanada de humo, como si con ello quisiera liberar esa insatisfacción que la mantiene vacilante ante la incapacidad afectiva de José. La imagen de los leones de la diosa se desvanece para devolverla a este escenario, donde nunca supo pisar fuerte. Sabe que ningún paso, concebido en el profundo dolor del desamor, dejará tanta huella como éste, en el ir y venir de su destino.

Con la mano temblorosa cogió el paquete de Ducados de la mano de José y tomó otro cigarro. Sacó un encendedor de su bolso y con una profunda y relajante calada aspiró el humo del tabaco negro. Su rostro cambió como aquel que siente un alivio sobrecogedor.

”José, ha cambiado mucho mi vida desde que te marchaste”. Quizás la nicotina, o quizás las ganas de contárselo, le dieron fuerzas y le dijo: “Tengo que contarte algo muy importante, pero no aquí, mejor vayamos a mi piso".

Pero en ese momento, mientras Sofía aún saboreaba su Ducados en profundas caladas, entre las volutas de humo que ascendían por delante de sus ojos, adivinó la figura de un hombre que le resultó familiar. Era un poeta, que regresaba a su casa no sin antes detenerse a respirar un poco de ese aire puro que envolvía el Parque del Buen Retiro. Era Joaquín Sabina

Cuando Joaquín Sabina, el poeta del alma, se paró ante ella, estaba totalmente ebrio. Con los ojos vidriosos y la garganta más áspera que nunca, susurró: "Sofía, tienes que olvidar lo que pasó esa noche entre José y yo. Los dos íbamos hasta arriba y se nos fue la pinza, pero ya sabes que los dos somos muy hembreros... y tú lo atestiguas mejor que nadie". Sofía, recordando el minuto de abril en que el poeta le cantó los versos de la luna bajo sus sábanas, a espaldas de José, no pudo sino besar profundamente al de Úbeda. José, enfurecido, reaccionó instantáneamente con muy malos modos.

Pero Sofía, con mucha mano izquierda y recordando a los leones (que no son tan fieros como los pintan, y si se habían vuelto tan mansos y obedientes como para tirar de la carroza a las órdenes de Cibeles, cómo no iba a ser ella capaz de dominar a José), trató de calmarle haciéndole una propuesta que a ella le pareció genial. "Pero José, mi amor" le dijo, "si a ti, reconoce que, cuando has bebido un pelín, también te gusta Sabina, y lo tenemos todo... Yo he traído mi petaca y Sabina ha venido por su propio pie. ¿No te parece que lo más indicado sería hacer un menage a trois?".

En esas estaban tan torcidos personajillos, cuando apareció la Justicia hecha carne. Látigo en mano, mirada penetrante y áspera voz: les recriminó: "Señores, está prohibido fumar porros, está prohibido beber vodka. Está prohibido todo aquí". Sus cejas inclinaban hacia Sofía: "Señorita, haga el favor de vestir decentemente". Al pseudopoeta sodomita de voz rota y vida putrefacta: "Caballero, compórtese con decencia, que ya tiene edad". Al tal José, ni siquiera le miró. El Castigador llevaba gorrilla. Se la enderezó y continuó caminando. Los tres quedaron estupefactos y conmocionados. Sabían que aquel hombre era la voz de su conciencia. Ese día decidieron ser personas decentes, abstenerse del sexo descontrolado, no fumar ni beber, y ser católicos practicantes y gente de orden.

Sofía, tan fuerte como destruible, de mirada profunda, le retaba a la pasión de un episodio erótico con el poeta de los ideales de toda una generación, cuando las ilusiones se resisten a morir. "Sofía, no te rías cuando hables de él, sabes que soy quien vive en carne propia la ambigüedad y la provisionalidad del amante en mi infierno rutinario", respondió el que fuera su novio. Ella soltó una carcajada gutural, se recostó en su hombro. "Debiste decirme que sí, ¿te das cuenta? Es mejor tender una mano al que la necesita". La mano de Sofía, ofreciéndole un trago de la petaca , concluyó: "Todos necesitamos que nos den una mano”.

En estas apareció el temible Ciriaco de Málaga, que se presentó con un sable, de esos que venden en los bazares chinos... ¿Acaso pensaría que podría asustar con eso? Y además había olvidado su famoso látigo, el que le hizo merecedor de una extraordinaria leyenda? Total, que no consiguió engañar a nadie; sin embargo, él mismo cayó en las redes tentadoras del Maligno y, mientras sus ojos se clavaban en el escote de Sofía, agarró, casi sin darse cuenta, la petaca que le ofrecía ésta alargando hacia él su mano derecha, mientras la izquierda, la pasaba con delicadeza por el cogote de Ciriaco atrayendo al mismo tiempo su cabeza hacia ella. Mientras Ciriaco, algo desprovisto de su habitual fanfarronería, se llevaba a los labios la dulce petaca con el borde del cuello manchado de carmín de Sofía, alguien, de repente, dio la voz de alarma. Un grupo de gente se amontonaba a la orilla del estanque a la vez que una barca solitaria era dejada llevar por la corriente navegando a la deriva. Un cadáver apareció flotando en las calmas aguas del Estanque del Buen Retiro.

El gentío jaleaba al justiciero, quién se acercó a las turbias aguas donde flotaba el cadáver. Él, que era toda una institución de la tronera de putrefactos que moran en el Buen Retiro, exclamó, ni más ni menos : “¡Mamoneo lo que veo¡”. En la carpa mutante del estanque, que tantas fábulas había protagonizado, flotaba un cadáver, amorfo en detritus.

Sofía cogió la petaca de manos de Ciriaco y con paso lento se acercó al gentío. Algunas personas se alejaban horrorizadas comentando: "Pobre muchacha, tan joven y hermosa". Consiguió abrirse un hueco entre la multitud, pero no alcanzaba a ver nada. Un par de embarcaciones se habían acercado para sacar a la víctima del lago, miró hacia atrás y se sorprendió al ver que sus tres fantasmagóricos acompañantes ya no estaban.

Se sentía mareada y confusa. Acercaron la barca hacia donde estaba ella y entonces lo vio. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al verse tendida sobre la embarcación con la petaca en la que hace unos segundos tentaba a Ciriaco en una mano y la carta de despedida de José en la otra. Se vio más hermosa que nunca, allí tirada sin vida. Una lágrima se resbaló por su rostro y decidió alejarse de allí con su ropa desaliñada, arrastrando tristemente unos tacones que cada vez se hacían mas pesados.

Autores: Sara, Solariana, Sergio Vanhelsing, Juanan, Nueva en esto, El contador, Ciriaco de Málaga, Mari y Miguel Ángel Malavia.

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por sergio_vanhelsing 11.07.08 | 09:53

    Clap,clap,clap (aplausos).
    Que gran historia, ni el director del 6ºsentido unido a Chicho Ibañez Serrados, con la producción de Mariano ozores, habrian sido capaces de crear tan peculiar relato.

  • Comentario por solariana 11.07.08 | 02:21

    Jajajaja, lo que me he divertido (en algunos párrafos no podía parar de reír) escribiendo y leyendo. ¡Me encanta cómo ha quedado! Creí que saldría un puro disparate y, sim embargo, es de lo más coherente, aunque tenga connotaciones de todo tipo..., es perfecta!!

  • Comentario por Juanan 10.07.08 | 23:43

    Nos ha quedado una historia bastante coherente con connotaciones surrealistas, humorísticas, algo de dramatismo con puntos cómicos atrevidos y un final trágico inesperado.
    Nos podemos felicitar nos ha salido una auténtica obra literaria bastante curiosa.

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