
Como ya anuncié aquí hace unos días, el domingo 1 de junio presencié el que ha sido, es y será el acontecimiento del siglo: la boda de Carlitos y Nuria. Aunque aún estoy recuperándome de tan inmensa aventura, hoy puedo decir que viví un fin de semana que nunca, nunca olvidaré.
La epopeya comenzó el sábado a las 9 de la mañana, hora a la que salía nuestro autobús desde la madrileña estación de Méndez Álvaro. La compañía, inmejorable: Mari, mi amor y “mi prometida” (así la presentó Carlos a todo el mundo), y Ciriaco de Málaga, mi azote. Fueron cuatro horas de viaje en las que alcancé mi grado máximo de orgullo español (estuve leyendo ‘Un día de cólera’, en el que la brillante y vitalista pluma de Arturo Pérez-Reverte narra con pasión el levantamiento del pueblo madrileño aquel tremendo 2 de mayo de 1808) y en las que mis habituales visitas al baño me jugaron una mala pasada: no le aconsejo a nadie que trate de orinar en el servicio de un autobús que atraviesa las interminables curvas de Despeñaperros, a oscuras (sólo descubrí que había luz interior cuando ya había terminado) y en un espacio que ni siquiera permite estar de pie.
Pero lo bueno estaba por llegar. Cuatro horas después, ya en Villa del Río (Córdoba), la primera sorpresa llegó cuando los amigos de Carlos vinieron a recibirnos a la parada. Lo cierto es que nosotros pensábamos que no veríamos a nadie en todo el día (de hecho sólo conocíamos allí a Carlitos y le creíamos muy ocupado, ya “en capilla”). Dejamos las maletas en el hostal y ya nos adentramos en un bar. En las siguientes 36 horas no dejaríamos de beber vino, escuchar flamenco, comer a mansalva y conocer a una gente increíble: ‘San Paquito’ (nuestro guía y ángel de la guardia), el matrimonio formado por Bartolomé (gran aficionado a los toros y al arte Barroco) y Paqui ‘Magnífica’ (un corazón a flor de piel, deslumbrante de bondad) junto a sus hijos Bartolomé y Jesús María (unos ángeles de siete y tres años y de sonrisa pícara que no paraban de decirme: “Pirata, ¿cuántos dedos tengo?”), Jose y Conchi (un matrimonio de aventureros empedernidos la mar de enrrollaos), Esther (la más loca de todas; genial), Maruja (la madre de Carlitos y que nos dio un emotivo besazo nada más vernos), Agustín (el veterinario más bondadoso del mundo), Bartolomé y Rafi (que nos obsequiaron con un cocido excepcional)... y un interminable etcétera que me sería imposible enunciar aquí.
Todos gente alucinante que nos abrieron de par en par las puertas de su casa, que nos trataron con un cariño tremendo, que nos regalaron atenciones constantes e inmerecidas (nos llevaron a visitar la ermita, con su Virgen de la Estrella, y la Casa-Museo de Manolete, del gran taurino Paco Laguna; algo que nadie debe dejar de hacer si quiere saber lo que es el alma de Villa del Río), que nos deleitaron con conversaciones que se graban a fuego en la memoria, que nos hicieron, en definitiva, ver una cosa: La gente del pueblo de Villa del Río es como Carlitos: sencilla, bondadosa, hospitalaria a más no poder, humilde e incapaz de decir “no”.
En sólo dos días he podido comprobar que Carlitos es una persona queridísima en su pueblo. Y eso tiene mucho mérito en un rincón poblado por tan buena gente y por notables personajes (allí abundan pintores, escritores, guitarristas, bailaores, flamencólogos, taurinos de pura cepa, poetas, ingenieros en auronáutica...). Fue increíble ver cómo era todo un pueblo el que se volcaba con uno de los suyos. Las caras de felicidad no desaparecieron en ningún momento, ya que todos sabíamos que estábamos presenciando el acontecimiento del siglo. “Es que hoy se nos casa Carlitos”, repetían entusiasmados.
Y por supuesto, Nuria. Con sólo verte confirmé lo que presentía: eres una muy buena persona. Espero tener muchas oportunidades para conocerte más en profundidad, pero ya sé lo esencial, lo verdaderamente importante. Tú y Carlos vais a ser muy felices. Lo sé. Seréis un matrimonio modelo y santo, de los que cada vez se ven menos. Por eso siempre podré presumir, junto a Mari y a Ciriaco, de haber participado en la eucaristía que os unió para siempre (leí una petición y firmé como testigo) ante Dios Nuestro Señor. Nunca, nunca olvidaré ese fin de semana en Villa del Río en el que presencié el acontecimiento del siglo en compañía de unas personas a las que deseo de todo corazón volver a ver algún día.
¿En el bautizo?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA



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Gracias por la parte que nos toca,ha sido un placer para nosotros conoceros y hacer de vuestra estancia en Villa del Rio, un fin de semana inolvidable.
En Septiembre son las Fiestas Patronales de la Virgen de la Estrella, ¿Os animais?
¿Como puedo enviarte unas fotos?
J. Luis y Conchy.
Dicen en mi pueblo que las gracias para los curas que lo quieren todo. El recibimiento y la acogida que se les ha propiciado a los amigos de esta sensasional pareja se ha hecho con todo el amor del mundo y por tanto solo nos cabe decir: gracias por las gracias o no hay de que. Lectura recomendada: La parábola del sembrador. Esperamos volver a vernos pronto, se os quiere en este trocito de la vega del Guadalquivir, angeles del ciberespacio. Y como ando mal de tiempo disculpar este mensaje críptico.
Leí ayer la crónica de Ciriaco...Un mismo acontecimiento narrado por dos personas diferentes. Dos perspectivas desde donde mirar ese grandioso acontecimiento con el que me dais no poca envidia.
Menos mal que ibas con Mari, tu prometida, porque menudo viaje si lo hubieras hecho solo con el azote...
Maravilloso!! Nos traes fotos y todo, pero como dice Edu J., "a destacar la de los novios" que, en efecto, tienen cara de ser estupendas personas.
Me alegro muchísimo de que lo pasárais tan bien.
Un abrazo
Les acompaño en el sentimiento.
Bonita, crónica y bonitas fotos, a destacar la de los novios.
Jaja, eres perspicaz, amigo Jardani. Alguna que otra copichuela cayó... Aunque lo mejor fue cuando nos dedicaron a Mari y a mí esta canción que dice así: "Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres, y desnudos al amanecer nos encontró la luna"... Esa melodía cantada con voz rota por el poeta Sabina, ese baile, onírico y rodeado de nuestros amigos de Villa del Río, jamás lo olvidaré.
¡Chispeante crónica!¡Enhorabuena!
Pero tanto en éste como en el relato de don Ciriaco detecto un pactado silencio en obviar lo que sucedió en la barra libre...
¡Madre del amor hermoso! que jartura
¡Volveremos!
Jueves, 31 de mayo
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez