
Recientemente, he tenido la ocasión de leer uno de los grandes libros del maestro de los periodistas, el polaco Ryszard Kapuscinski, fallecido hace un año. La obra en cuestión es ‘Un día más con vida’. Se trata de la narración de su experiencia como cronista de guerra en Angola en los meses en que se desarrollaron los enfrentamientos entre las guerrillas autóctonas, que a la vez que luchaban por la independencia de su país, se mataban entre ellas en una cruenta guerra fraticida. Kapuscinski se adentró como nadie para conocer las entrañas de un conflicto que se insertaba como uno más dentro del complejo proceso de descolonización de muchos de los llamados países ‘No Alineados’. Angola, como muchas otras naciones del Tercer Mundo, luchaba por mantener su propia identidad en un mundo que se encontraba dividido, en plena Guerra Fría, en dos grandes bloques: el comunista-soviético y el occidental-capitalista.
Con una escritura que desprende auténtica pasión por lo que hace, el periodista polaco enseña al lector los recovecos de una guerra poco convencional. Así, Kapuscinski muestra cómo se jugaba la vida cada día al recorrer sin descanso los puntos más calientes de un frente caótico, en el que no había líneas fijas ni grandes ejércitos, sino pequeñas milicias de guerrilleros sin control que deambulaban por el país con un rumbo indefinido. En esas condiciones, lo más cómodo, nos dice Kapuscinski, era “quedarse en el hotel”. Ésa es la crítica, más o menos explícita, que el gran periodista efectúa contra sus compañeros de profesión. De hecho, cuenta cómo en los días previos a la proclamación de independencia de Angola (11 de noviembre de 1975), fueron muchos los enviados especiales que cubrieron la noticia para sus respectivos medios nacionales. El autor narra cómo todos ellos escribían “cosas maravillosas, epopéyicas, pero sin salir de la habitación de su cómodo hotel”.
Eso no iba, ni mucho menos, con él. Kapuscinski era un hombre de acción, comprometido con algo que para él era mucho más que su profesión. Por eso, cuando se introducía en medio de una batalla, cuando pasaba peligrosísimos controles de las diversas guerrillas o cuando narraba cómo moría una bellísima mujer soldado que le había acompañado hasta cinco minutos antes de morir ametrallada, no era cuestión de locura o irresponsabilidad. Era, simplemente, compromiso con una información veraz y auténtica. Él mismo repetía constantemente esta frase: “¿cómo se va a informar de las víctimas de la guerra si no se vive el día a día de su experiencia con ellas, junto a ellas?”. Así, cuando en el libro cuenta cómo fueron los días en que los colonos portugueses abandonaron precipitadamente Luanda, la capital, justo antes de que hasta ella se extendiera el horror de la guerra, se percibe claramente el sentido de su visión directa de los acontecimientos. Ese sentimiento de autenticidad se refleja en entrañables anécdotas, como los miedos de donha Caetana, la dueña de su pensión, que se persignaba ante la visión de los soldados que le iban a "cortar el cuello" o las horas de la media tarde, en las que hacía tanto calor que ningún soldado tenía ganas ni de disparar.

Leyendo ‘Un día más con vida’ te sientes presente en la Angola que se desangraba en los años setenta, aumentando tu empatía por un país que siempre fue el gran surtidor de esclavos negros de Brasil.
Hoy día se echan en falta periodistas comprometidos como Kapuscinski, que siempre conocía hasta el más mínimo detalle de lo que contaba. Entre otras cosas, porque previamente a su marcha como cronista a cualquier país del mundo, se imbuía de la historia y las circunstancias propias de ses país. El gran maestro nos dejó otra frase digna a tener siempre presente: “Para cada línea que escribo, he leído antes otras mil líneas”. Ya sabemos la receta para ser un buen periodista: leer mucho, estar alerta a lo que sucede a tu alrededor y comprometerte de verdad en conocer la esencia de todo acontecimiento. Sólo falta que quienes siguen profesionalmente su estela traten de ser verdaderamente como era Ryszard Kapuscinski.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Maldita la mala suerte que tuvo Angola, como la gran mayoría de los paises africanos durante la descolonización de la postguerra mundial. Y es que tras el cambio de régimen en la metrópoli en 1974 -revolución de los claveles- la independencia de las provincias africanas portuguesas era un hecho irremediable. Portugal se desangraba económica, social y militarmente en guerras coloniales interminables y absurdas para mantener su imperio.
En 1975 Angola como todos los nuevos paises independientes de Portugal son abandonados a su suerte de la maetrópoli. Algunos de ellos se desangraron durante décadas de guerras civiles entre ejércitos tribales subvencionados por potencias europeas y multinaciones abidas por saquear los recursos naturales de estas naciones que aunque ricas se ven atropelladas, indefensas y empobrecidas.
Por cierto Miguel Angel, cambiando de tema os he dedicado a tí y al gran Ciriaco un relato mío en mi blog: http://blogs.que.es/el-galeon-de-don-juan-de-austria...
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