
Esta mañana leía una entrevista realizada a un superviviente judío del campo de concentración de Auschwitz. Y de ella, lo que más me impresionaba, si cabe (dentro del horror que supone que el que entonces era un niño se viera inmerso en tal infierno), era esta frase: “El mayor crimen de los nazis fue eliminar para siempre el nombre de las personas”.
Decía esto el entrevistado por la costumbre de los administrativos del campo de concentración polaco, que desbordados ante el aluvión de prisioneros que les llegaban todos los días, optaron por ni siquiera apuntar el nombre de los mismos, limitándose a registrarlos con un número. ¿Qué número? El que los nazis, como si fueran ganado, grababan (para siempre) con hierro fundido en la piel de los detenidos.
La verdad es que pone los pelos de punta este testimonio. En medio del templo de las matanzas, del gaseado de cientos de miles de inocentes, de la conversión del cuerpo de los asesinados en pastillas de jabón, de los maltratos a niños y mujeres, de las humillaciones y torturas más depravadas... lo más horrible es que ni siquiera quedara el testimonio del nombre de muchos de ellos.
Los bárbaros quisieron borrar hasta la última gota de la esencia de sus odiados enemigos (no sólo judíos, sino también gitanos, católicos, comunistas, homosexuales, etc). Quisieron eliminar su olor, su imagen... y hasta su nombre. ¡Como si jamás hubieran existido!
Dios mío, ¿cuántas personas han permanecido oficialmente como desaparecidas ante la imposibilidad de certificar su muerte en un día y en un lugar concreto? ¡Malditos sean los nazis y todos los totalitarios (sean del credo autoritario que sean)! Fueron hienas inhumanas, que en su crueldad enfermiza despojaron a las víctimas hasta de su hueco en la Historia.
Valga desde aquí mi humilde homenaje a todas las víctimas anónimas.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Y esto en muchos lugares sigue pasando, es una pena que no seamos capaces de aprender del pasado.
Amigo bisoño, leí la entrevista ayer por la noche postrado en la cama antes de perder el conocimiento y dormir ocho horas. Fantástica es la anécdota del café, cuando el nazi, a punto de acabar la guerra, le da la taza al protagonista. Un saludo.
¡Qué soledad en medio de tanta muchedumbre!
Pero todas y cada una de esas personas tiene su lugar y su nombre en el registro del Libro de la Vida.
Me vas a perdonar, Ciriaco, pero no olvides que hay gente para la que creer en Dios no es más que una de las muchas formas de creer cualquier cosa. Y en lo que a barbaridades se refiere, ahí están las Cruzadas, la Guerra Santa islámica (desde Hassan as Sabah hasta bin Laden), la Inquisición, la amistad de Juan Pablo II con Videla y Pinochet, el apoyo de la iglesia vasca a ETA... No hay duda de que la religión hace mejor al bueno, pero también hace peor al malo, y con eso hay que contar. Y Chesterton, desde luego, era un autor muy ingenioso, pero el ingenio no tiene por qué ser siempre verdadero.
Decía Chesterton que, cuando el hombre deja de creer en Dios, es capaz de creer en cualquier cosa. Y, por consiguiente, de cometer cualquier barbaridad.
Los nazis, fueron unos cabrones pero más ha matado el comunismo y cierta gente de este país no lo reconoce
Jueves, 31 de mayo
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Ángel Sáez García
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín