
En previsión a un viaje que voy a emprender próximamente a lo que un día fue Constantinopla, me pasé gran parte de la tarde de ayer husmeando entre las guías de viaje de la biblioteca de mi pueblo. Así, pude apreciar cómo cada una de ellas huele al espacio que pretende escrutar al detalle.
Y no en un sentido figurado, sino real, auténtico. De este modo, la guía de la India olía a pétalos, agua y espiritualidad. La de Lisboa emanaba los efluvios del fado y la serenidad de la desembocadura del Tajo. La de Roma olía a catacumbas e incienso. La de Barcelona reflejaba la inmensidad del Mediterráneo, aquel ente mayestático al que canta mágicamente Serrat. La de Jerusalén reflejaba fe y sandalias de pescadores de hombres. O al menos, en todos esos casos, así me lo parecía a mí...
La causa es bien sencilla. La mayor parte de las personas que cogen una guía es para leerla en casa y luego llevarla consigo a su destino de viaje, siendo ésta un instrumento imprescindible en el deambular por esos mundos desconocidos.
Sin embargo, no siempre es así. Observando las guías de Berlín, Bruselas, París y Nueva York o Sidney comprobé que todas ellas olían igual. Olían a tu casa, a mi casa. Olían a sueños, a paraísos aún por descubrir y por caminar para cada uno de nosotros. Esas guías, esperas, espero, podrán oler algún día a la esencia que no se ve en ninguna de sus páginas, pero que sí resplandece innatamente en cuanto tus manos tocan lo que sueñan tus ojos.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Los comentarios para este post están cerrados.
Vaya, Solariana a mi también me pasaba eso de pequeño cuando iba con mi padre a la gasolinera y no sabía porque. Pensaba que era raro, ahora veo que no.
Joer, como te conoce Ciriaco, Malavia. Mira que si se nos viene convertido al Islam. Que hacemos Ciriaco? Je,je,je,....Ya nos contará su viaje por tierras turcas.Que lo pases bien
Cuando cita la biblioteca de su pueblo ¿se refiere a Arganda del Rey o a Landete, cuna de aguas tintas?
No si ya verás como tenga una pasión turca. Que le conozco como si le hubiera parido y -¡ay!- le veo perderse por las callejuelas de Estambul en busca de alguna lozana mahometana.
Omar Faruk Tekbilek, unn flautista maravilloso, salido de la ruta de la seda, del puerto de Adana. Pero yo creo que al Malavia le va el sensual y al mismo tiempo espiritual tono medio exótico medio discotequero de Pinar Toprak. (y que don ciriaco no le vea el escote)
No lo conozco, amiga, pero estaría encantado de que me lo contaras. Un veso!!
Uno de los mejores artículos que he leído de Miguel Ángel Malavia.
¡Matrícula de honor!
Precioso artículo, interesante y poética apreciación. ¡Hay tantas guías que deseamos oler! Ultimamente recibo efluvios diferentes venidos de unas cuantas ciudades españolas a las que deseo volver y en las que alguien me espera. Sin embargo he de confesar mi prosáica percepción al abrir tu página y leer el título de tu nuevo post. Resulta que desde pequeña, desde que era una niña, siempre me he sentido atraída por el olor a gasolina, incomprensiblemente para muchos, para mí ha supuesto un placer ese momento del repostaje del combustible en un coche cuando su aroma se expande y penetra en mi nariz. No he podido evitar el traslado de mi mente a ese anuncio publicitario que todos conocemos de una guía que, irremediablemente huele a derivado del petróleo.
No sabes la envidia que me das, Turquía es uno de mis principales objetivos. No sé cómo huele, pero me encanta cómo suenan las notas de su música. ¡Muy buen viaje! (¿Conoces a Omar Faruk Tekbilek?)
Jueves, 31 de mayo
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Ángel Sáez García
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín