La hora de la verdad

La huida

28.01.08 | 15:26. Archivado en Sobre el autor, Relatos
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A pesar de mi penosa forma física, corría desesperadamente. Cinco mihuras, con astas imponentes, estaban a punto de engancharme... sin terminar de hacerlo en ningún momento. La angustia hacía que mi corazón estuviera a punto de estallar. Jamás pensé que podría correr tanto. Tuvo que ser Rocinante, cabalgado en esta ocasión por el fiel Sancho, el que me recogiera al galope. No miré atrás, pero creo que Don Quijote, cual si fueran molinos de viento, se quedó dialogando con los toros. Espero que estos tuvieran mucho talante...

Cuando Sancho me dejó en mitad del Tíber, no tuve más remedio que seguir nadando a toda prisa. Seguía huyendo, ¿pero de quién? Ni yo mismo lo sabía en ese momento. Hasta que me di la vuelta y los vi: Napoleón y Julio César venían al frente de las Brigadas Internacionales... tras de mí. Corrí y corrí, nadé y nadé, hasta que Moisés abrió las aguas tiberinas justo a mi paso y las cerró al de mis perseguidores. Tras agradecer al profeta su ayuda, aproveché mi estancia en la ciudad eterna para visitar a Juan XXIII y a San Pedro. A continuación, decidí viajar a la India.

En la cuna de la espiritualidad pude bañarme en el Ganges. Allí pude hablar de poesía con Siddharta. La placidez dominaba sobre el momento, pero aún así yo estaba inquieto. No sabía bien la razón, pero al mirar a mi alrededor descubrí el porqué: ¡Estaba en plena batalla de Lepanto! Los dos ejércitos avanzaban al encuentro, respectivamente, del susodicho enemigo. A un lado, los troyanos, encabezados por Cassius Clay, Mortadelo y Mister Jekyll. Al otro, los cirios pintores, liderados por Mohamed Alí, Filemón y Mister Hyde. En medio del cuadrilátero, Siddharta y yo. Blanco como la mortaja de Lenin, me despedí del calvo de mirada benéfica y acudí a Valladolid.

No sabía el porqué, pero estaba en la capital castellana un 16 de marzo de 1984. Mis impulsos me llevaron hasta un hospital. De repente, ahí estabas tú, recién nacida, iluminada en los brazos de tu emocionada madre. En ese instante comprendí que no huía. Te estaba buscando. Quería presenciar el momento del nacimiento de la dueña de mi corazón. Quería ver nacer a mi Mari.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

8 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Edu J. 29.01.08 | 22:39

    Estaría interesante, ver todos esos acontecimientos y ni le cuento ver el nacimiento de su Mari.
    Pero Sr. Malavia le tengo que regañar, ya que si ha pasado por la ciudad eterna, pecato, que no se ha comido ninguna pasta, ni pizza ni helado.
    Veo, también que le gusta el buen, vino eso esta bien. En especial los caldo de su tierra.
    Sin comentarios, a lo de la Sra. Anderson

  • Comentario por Miguel Ángel Malavia [Blogger] 28.01.08 | 22:19

    Vaya, veo que Ciriaco y Adiós Ayer conocen mi punto débil: mi afición por los caldos landeteros. Algún día tengo que escribir de Landete, mi pueblo y la capital del malavismo internacional.

  • Comentario por Ciriaco de Málaga [Blogger] 28.01.08 | 21:54

    Srta. Anderson, ¿cómo va a ser algo insignificante verte nacer? ¿Qué daría yo por haber visto ese momento? No dudes que renunciaría por ello a los placeres de la vida que tanto me gustan...
    Comentario por Miguel Ángel Malavia [Blogger] 28.01.08 @ 17:29

    Se me va a desencajar la mandíbula. Y más todavía leyendo la respuesta de Adiós Ayer. Tremendas discusiones de alcoba las vividas en el blog por el Bisoño Malavia y la Señorita Anderson. VIVA LANDETE

  • Comentario por La Bandera de Adiós Ayer [Blogger] 28.01.08 | 20:23

    Los placeres de la vida que el Señor Malavia menciona no son otros que el tajarse con abundantes litros de líquidos landeteros

  • Comentario por Miguel Ángel Malavia [Blogger] 28.01.08 | 17:29

    Srta. Anderson, ¿cómo va a ser algo insignificante verte nacer? ¿Qué daría yo por haber visto ese momento? No dudes que renunciaría por ello a los placeres de la vida que tanto me gustan...

  • Comentario por srta_anderson 28.01.08 | 17:24

    Cuanta aventura para ir a ver algo tan insignificante

  • Comentario por La Bandera de Adiós Ayer [Blogger] 28.01.08 | 16:30

    El 16 de marzo de 1984, Juan Pablo II publicó la carta apostólica Ad honorandam

  • Comentario por Ciriaco de Málaga [Blogger] 28.01.08 | 15:41

    Y nacería con traje de luces, supongo, dispuesta a dar unos pases al toro que mató a Manolete.

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